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La escenificación del cosmos: Rituales del Volador y el Juego de Pelota en Mesoamérica

Published online by Cambridge University Press:  07 January 2026

Gibránn Becerra*
Affiliation:
El Colegio de Michoacán, Zamora, Michoacán, México
Sara Ladrón de Guevara
Affiliation:
Universidad Veracruzana, Xalapa, Veracruz, México
*
Corresponding author: Gibránn Becerra; Email: gibrannb@colmich.edu.mx
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Resumen

En este texto realizamos una revisión del espacio ritual de dos celebraciones que tienen una historia profunda entre los pueblos indígenas de Mesoamérica, la ceremonia ritual de los Voladores y el Juego de Pelota. A partir de la indagación en evidencias arqueológicas, históricas y de la experiencia de la ritualidad, exponemos los principios comunes en la diversidad de estas celebraciones rituales. Consideramos la perspectiva de los practicantes contemporáneos para incluir su conocimiento sensitivo a la discusión, esto es, un punto de vista emic que complementa el abordaje etic de los principales aspectos documentados de estos rituales. Proponemos que, como opuestos complementarios, ambos rituales constituyeron un medio para que sus practicantes lograran transitar entre los niveles del cosmos. El ritual de los Voladores es metáfora y experiencia de acceder a los niveles superiores, mientras que el Juego de Pelota lo es de acceder a los niveles inferiores. Estas celebraciones requieren del sacrificio y de un estado latente de muerte que demanda de sus practicantes una rigurosa preparación y conocimiento de las normas rituales. Concluimos observando que, a pesar de las profundas trasformaciones históricas, la pervivencia de estas celebraciones expresa los esquemas organizativos de las cosmovisiones mesoamericanas, manifiestas en la experiencia de los complejos y elaborados programas rituales indígenas.

Abstract

Abstract

In this text, we examine the ritual space of two celebrations with a deep history among the Indigenous peoples of Mesoamerica: the Ritual Ceremony of the Voladores (Pole Flyers) and the Ballgame. Based on archaeological, historical evidence, and contemporary experience of ritual, we present the common principles underlying the diversity of these rituals. We consider the perspectives of contemporary practitioners and include their specialized knowledge in the discussion. This emic point of view complements the etic approach to the main documented aspects of these rituals. We propose that, as complementary opposites, both rituals constituted a means for their practitioners to travel between the levels of the cosmos. The Voladores ritual is a metaphor and experience of accessing the higher levels, while the Ballgame is a way of accessing the lower levels. These celebrations require sacrifice and a latent state of death; this demands rigorous preparation and knowledge of ritual norms from their practitioners. We conclude by observing that despite profound historical transformations, the survival of these celebrations expresses the organizational structures of the Mesoamericans worldview, manifested in the experience of complex and elaborate Indigenous ritual programs.

Information

Type
Research Article
Copyright
© The Author(s), 2026. Published by Cambridge University Press.

Introducción

La imagen del cosmos en la tradición indígena mesoamericana se concebía compuesta por rumbos en el plano terrenal, con niveles superpuestos por encima y por debajo, un centro que marca la intersección de rumbos y el posible paso entre los niveles a partir de un eje en el que transcurría el movimiento y, por lo tanto, el tiempo (López Austin Reference López Austin2009, Reference López Austin2016).

Los seres humanos ocuparíamos los niveles centrales y no seríamos capaces de trasladarnos a los niveles superiores ni inferiores, al menos no mientras estuviésemos vivos. No así para otro tipo de seres como ancestros, deidades, héroes míticos o personificaciones de las fuerzas de la naturaleza, que valiéndose de sus cualidades serían capaces de trascender los niveles del cosmos a través de un eje central; regularmente un árbol, una montaña, un templo sagrado, o, como en las representaciones de Izapa, un cocodrilo transfigurado en árbol (Estela 25 [Guernsey Reference Guernsey2006]).

En este texto sostenemos que dos rituales que han sobrevivido hasta nosotros y que tuvieron su origen en tiempos precoloniales, eran un medio para que sus practicantes lograran trascender esos niveles, para lo cual requerirían de un entrenamiento riguroso tan físico como anímico. Nos referimos a la danza ritual de los Voladores y al Juego de Pelota. Ambos rituales son restringidos a quienes han llevado a cabo una preparación sistemática, reservada a unos cuantos y transmitida de generación en generación con cierto grado de esoterismo (véase Aguilar-Moreno Reference Aguilar-Moreno2015; Stresser-Péan Reference Stresser-Péan2016). En ese sentido, quienes practicaban estos dos rituales adquirían características divinas, al menos durante el instante de su ejecución, pues eran capaces de trascender los espacios de los seres humanos.

Proponemos que estos son ritos opuestos y complementarios en el universo ritual de los pueblos mesoamericanos. La danza del Volador es metáfora y experiencia de acceder a los niveles superiores del cosmos, y el Juego de Pelota lo es de acceder a los niveles inferiores. Ambos son espacios de seres no terrenales. Eventualmente, como los dioses, los practicantes de estos rituales transitan a través del sacrificio o con el uso de elementos rituales como las cuerdas, como se halla representado en algunos códices (Códice Fernández Leal, f. 6 [Acuña Reference Acuña1991]; Códice Azcatitlán , lám. XXVII [Graulich and Barlow Reference Guernsey1995]) y pinturas murales (estructura 16 y escultura estucada de la estructura 25 de Tulum, lám. 37 y 41; Miller Reference Miller1982).

En ambos rituales, la preparación anímica es acompañada de habilidades físicas y prohibiciones, en el caso de los Voladores, esenciales para desempeñarse en ceremonias en las que se arriesga la vida misma. Su éxito significa el acceso a niveles superiores y el retorno al nivel de lo humano. En cuanto a los jugadores de pelota, en periodos precolombinos incluían también la factible muerte de los participantes. Su largo entrenamiento físico debió estar acompañado de un discurso lleno de significados relativos al ingreso y regreso de los niveles inferiores. Baste aludir, por ejemplo, al conjunto de pasajes míticos del Popol Vuh (Recinos Reference Recinos2012) y el trayecto hacia el inframundo de los gemelos sagrados para jugar a la pelota con los señores de la muerte (Schele y Miller Reference Schele and Miller1986), o, en la Costa del Golfo, la constante asociación del Juego de Pelota con los rituales de decapitación (Ladrón de Guevara Reference Ladrón de Guevara, Budar, Venter and de Guevara2017). Las crónicas coloniales también refirieron el riesgo latente de muerte como una condición del Juego de Pelota, por el grado de daño físico que implicaba el golpeteo de la pelota sobre el cuerpo de los jugadores (Durán Reference Durán1995:214).

Para exponer nuestro argumento, hemos acudido a las experiencias relatadas por ejecutantes contemporáneos del ritual. Esto con la intención de examinar el tema desde dos perspectivas complementarias, la primera, desde un punto de vista emic que permite añadir conocimiento experiencial a la segunda, un punto de vista etic de carácter teórico e informativo. En el caso de la danza del Volador, el participante ritual y a la vez coautor de este texto, proporciona una mirada interna de la experiencia del ascenso y descenso ritual, esto en el marco de su pertenencia a un grupo de Koujpapataninij (del náhuatl kouj: palo o árbol y papataninij: los que vuelan, los que aletean) en la Sierra Norte de Puebla, México. En el caso del jugador, hemos recurrido a documentación publicada y entrevistas grabadas en plataformas de acceso libre de las celebraciones contemporáneas del Ulama de Sinaloa, México, procurando enfatizar la perspectiva de los participantes.

Nuestra aproximación dista de la pretensión de develar significados únicos para estas celebraciones rituales. Somos conscientes de la dificultad de equiparar las experiencias contemporáneas a contextos de otras épocas. Sin embargo, nuestro énfasis en la vivencia de la experiencia ritual tiene la finalidad de observar que los grandes esquemas organizativos de las cosmovisiones mesoamericanas, se manifiestan en la experiencia de los complejos y elaborados programas rituales indígenas. Los rituales de los Voladores y del Juego de Pelota proveen de espacios-tiempos liminares a sus ejecutantes y les permiten la transición entre los niveles del cosmos, del mundo al supramundo, el primero, y del mundo al inframundo, el segundo.

Cabe insistir en el hecho de que ambos rituales requieren del sacrificio. En el caso del Volador, un árbol es sacrificado. Ha sido elegido, talado y vuelto a sembrar con ofrendas y el sacrificio de un ave; todos estos momentos en el contexto de un ritual sagrado. De la misma manera, el ascenso y descenso de los Voladores se realiza bajo el precepto de la aceptación de la muerte, un estado latente de sacrificio. En el Juego de Pelota, el árbol es también sacrificado, en este caso, desangrado, para elaborar la pelota con su savia, el hule. Además, existe una abundante imaginería histórica y arqueológica que relata la relación de este juego con el sacrificio de decapitación y la muerte.

La experiencia del vuelo

Esta sección se elaboró a partir de la experiencia y testimonio de Gibránn Becerra, volador ritual desde 1996. Forma parte de los Cuaupatanini (Águilas en descenso), un grupo tradicional de Voladores nahuas en Cuetzalan, sierra norte de Puebla, México.

Los pasos y el zapateo alrededor del palo Volador han concluido, la música del tamborín y la flauta se han detenido, en el fondo, los cascabeles y cientos de voces permanecen en el paisaje sonoro. Se ha golpeado la tierra bajo los pies, procurando en ello aplicar todo el peso y la fuerza del cuerpo, los pasos del zapateado y la música son también una oración para la tierra. La danza se ha realizado como órbita alrededor del eje central, el árbol sembrado en el centro, el que se tiene que escalar.

Hace unos días que ese palo fue sembrado en su nuevo espacio ritual, pero hace ya tiempo que se tuvo que buscar en el monte. Fue localizado, fue cuidado, fue venerado y se pidió permiso a la tierra para sacrificar a uno de sus hijos, pero el árbol no murió, fue sembrado nuevamente para ayudar a los Koujpapataninij, los Voladores. Cuando se cortó el árbol en el bosque, se danzó y se oró para pedir perdón, se sahumó y se alimentó a los seres que viven en el monte; también hubo rezos y agua bendita. El traslado del árbol se hizo con mucha ayuda, implicó un gran trabajo de la comunidad y de los Voladores que van a danzar y volar durante todo el año. A su llegada al pueblo, el árbol fue recibido con las ofrendas que corresponde a un gran invitado: la música, el incienso, la danza, la veneración y las ofrendas se hicieron para recibirlo antes de volver a sembrarlo. Decían los caporales de antes que sembrar el árbol es darle vida al elemento más importante de la danza. En este ciclo, como en otros previos, el trasladar y sembrar el árbol de los Voladores implicó un esfuerzo de la comunidad; una sola persona, una sola familia, un solo grupo de Voladores no puede realizar esta faena. El árbol se sembró en la plaza principal, en el lugar más amplio y accesible para la gente; se erigió firme como eje del mundo, penetrando en la tierra para fertilizarla.

El ascenso es el inicio del ritual del vuelo y cada Volador elige las palabras para encomendarse, porque se sabe que el primer escalón es el inicio hacia un lugar donde no se está vivo, pero tampoco se está muerto. Las pequeñas tablas clavadas sobre el palo figuran una gran espina dorsal sobre la que apenas es posible posar el pie en cada escalada. Un peldaño tras otro, al escalar se es consciente de que un paso en falso y la caída es al vacío, no hay protección, ni red, ni cuerda atada que salve de un error. El ritual arriesga la vida en cada ocasión. El ascenso es largo y cansado, con cada paso hacia arriba el ruido de la plaza comienza a desaparecer y pronto sólo se oye la respiración, los latidos del corazón y el crujido ocasional del palo resistiéndose al viento.

A medida que se asciende, el ruido de la multitud que permanece a ras de tierra disminuye. Todo comienza a observarse en el abismo, lejano, silencioso. La concentración es absoluta, el miedo y la emoción circulan juntos en las venas, no hay lugar para renunciar. Hay dos posibilidades, escalar y descender los niveles superiores hacia la tierra o ganar la entrada al inframundo si se resbala, si se cae, si se pierde el equilibrio, si se rompen las cuerdas.

En la cima, sentados sobre el cuadro de madera anudado alrededor del tecomate, sólo se escuchan la respiración y los latidos de los compañeros. El palo ondula ligeramente con cada corriente de viento. Es crucial atarse la cintura con el nudo aprendido durante la iniciación al rito, en ese amarre yace la vida misma; como cordón umbilical, la vida se sostiene de la cuerda torcida. El caporal da indicaciones y agradece el ascenso, ligeramente se yergue, no está atado, sus pies se posan sobre el tecomate y se incorpora sobre esta pequeña base de poco más de 30 cm, a 20 m sobre el piso. Reinicia la música en las alturas.

La atención de los cuatro Voladores sentados alrededor del caporal podría librarle de una caída al vacío en caso de un paso en falso, por ello, la tranquilidad y respeto se consideran una manera de cuidado. El caporal comienza a danzar, con sus manos, emulando alas, saluda al sol, al cielo y a los cuatro rumbos del mundo. Se detiene un momento, su danza se convierte en un salto que cae sobre el tecomate. Sus pies golpean con tanta fuerza que, distinto al sonido que producía el zapateado sobre el suelo, allá en la cima, la danza estremece la manzana y el palo retumba. El zapateado del caporal desata el sonido del trueno, el retumbo se escucha recorrer el palo y se sumerge en la tierra. Esta peligrosa danza también se hace hacia los cuatro rumbos; cada Volador tiene ocasión de presenciar el poderoso golpeteo de los pies sobre el tecomate.

Finalizada la danza en la cima, el caporal se sienta nuevamente y prepara a todos para el descenso. Atora sus pies sobre las cuerdas del cuadro e indica el tiempo para que todos se lancen de espaldas al vuelo, la música se hace nuevamente, pero esta vez para indicar el descenso de los cuatro Voladores. El vuelo es custodiado por el caporal, quien queda a cargo de vigilar la tensión y encausar las cuerdas cuando éstas estén en peligro de atorarse. En el descenso, el caporal nuevamente extiende su cuerpo, sosteniéndose de las cuerdas tensas del cuadro con las extremidades extendidas mientras ocurre el descenso de los cuatro Voladores. Su torso, queda sostenido por el tecomate, más alto que sus extremidades y cuando su cuello voltea la cabeza hacia atrás, el mundo parece descomponerse y confundir el arriba con el abajo: se entrega al sol y al movimiento en un sitio que sólo existe en este vuelo. El descenso en espiral de los cuatro Voladores continúa haciendo girar su cuerpo unido al tecomate. Después de unos instantes y anticipándose a la llegada de los Voladores a tierra, el caporal se incorpora y se inclina sobre una de las cuerdas tensas, se sostiene de ella para descender con gran peligro.

Durante el vuelo, la percepción del arriba y del abajo se entrecruzan. Si uno se fija un punto sobre el horizonte de descenso, en el movimiento constante, este nunca se mira de la misma forma ni desde la misma posición. Poco a poco, mientras uno se acerca al nivel de la tierra, el sonido comienza a aparecer, los ruidos de las otras danzas y las voces de la gente se escuchan cada vez más fuerte y el mundo comienza a parecer cotidiano nuevamente. La alegría invade a los participantes y, mientras se desatan, el caporal va recogiendo las cuerdas para asegurarlas en los escalones del palo, así, se previene y se prepara el espacio ritual para el siguiente vuelo.

El palo de los Voladores

La ceremonia ritual de los Voladores tiene una profunda historia entre los pueblos indígenas de México. Aunque es mayormente conocido como un ritual totonaco, las evidencias arqueológicas e históricas permiten saber que su celebración ha ocurrido por más de dos milenios entre pueblos con diferentes idiomas, organización política y región geográfica (Glockner Reference Glockner2021; Jáuregui Reference Jáuregui2013; Nájera Reference Nájera2008; Stresser-Péan Reference Stresser-Péan2016). Actualmente esta celebración se mantiene vigente entre pueblos otomíes, nahuas, totonacos y teneks en la Sierra Norte de Puebla, en el Totonacapan y en la Huasteca. En Guatemala, también se celebra entre comunidades mayenses. Desde 2009, la ceremonia ritual de los Voladores está inscrita en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO.

Los antecedentes más antiguos de los Voladores pueden reconocerse en las evidencias arqueológicas de Occidente de México. Maquetas cerámicas que proceden de contextos del Preclásico Medio (300 a.C. – 200 d.C.) han sido consideradas representaciones de la versión más temprana del ritual del Volador (Urcid Reference Urcid2006). Estas maquetas modeladas muestran un ritual celebrado en una plaza pública con edificios y un poste central en cuya cúspide está un personaje emulando un vuelo. Las representaciones aluden a una tradición de rituales cuyo concepto básico es un personaje en vuelo capaz de ascender o descender a través de un poste que une al supramundo con el nivel del suelo. Otro principio básico compartido en las maquetas de la tradición tumbas de tiro es la reiteración del carácter colectivo de la celebración; el Volador nunca aparece aislado.

La semejanza de las maquetas con algunos patrones arquitectónicos ha llevado a algunos especialistas a interpretar los conjuntos de Guachimontones como posibles espacios de la celebración del ritual del vuelo (Weigand Reference Weigand1996). Beekman (Reference Beekman2003) ha señalado que las representaciones en maquetas que incluyen un poste y un personaje en la cúspide se relacionan a rituales de la fertilidad y de los ciclos agrícolas. En conjunto, las evidencias arqueológicas muestran que las celebraciones públicas que incluyen un poste o palo para permitir el ascenso y descenso de un personaje han estado vigentes desde hace 2500 años entre los pueblos mesoamericanos.

En otras regiones de Mesoamérica las evidencias arqueológicas relacionadas a los rituales del ascenso y descenso a través de un poste son pocas y difusas. En Tikal, una serie de grafitis documentados en la Estructura 5D-2 (Kampen Reference Kampen1978; Webster Reference Webster1963) con personajes ataviados como aves y con cuerdas unidas a la cintura han sido considerados también una representación precolombina del ritual del vuelo y sacrificio (Urcid Reference Urcid2006). Otra serie de evidencias proviene de contextos arquitectónicos, como el sitio de Peralta, Guanajuato, donde se documentó la huella material de un poste erigido en mitad de una plaza circular; Cárdenas y su equipo (Reference Cárdenas García2015) interpretaron este conjunto como escenario para el ritual del Volador.

Por las crónicas coloniales sabemos que existieron festividades que incluyeron la celebración de los Voladores en diferentes partes de la Nueva España. En 1528, Gonzalo Fernández de Oviedo (Reference Fernández and Valdés1851) realizó en Nicaragua el que quizá constituye el primer registro de tradición occidental de esta celebración. El cronista hispano documentó el momento festivo y los preparativos para los rituales del vuelo y las comidas colectivas asociadas a esta celebración entre los nicaraos. Asimismo, registró esta celebración como un acontecimiento que ocupó el espacio arquitectónico central del asentamiento indígena de Teçoatega (Tezoatega, Teswatega). Los registros de la Nueva España muestran que la celebración de los Voladores continuó realizándose en diferentes partes del altiplano mexicano. También, algunos grafitis del siglo XVI en el exconvento de Tepeapulco, Hidalgo, representan la centralidad de la celebración del vuelo de los Voladores en las fiestas patronales de los pueblos otomíes y nahuas de esta región (Rodríguez y Tinoco Reference Rodríguez Vázquez and Pascual2006).

Durante el periodo novohispano, el ritual de los Voladores sufrió grandes trasformaciones cerca de los centros de dominio colonial. Su celebración se adaptó a las restricciones religiosas y políticas, “rectificándose” como una atracción o “juego de indios” despojada de su sentido cosmogónico y ritual. Sin embargo, la preocupación de las autoridades eclesiásticas por este ritual muestra que, después de la conquista, muchos atributos religiosos de tradición indígena permanecían en la celebración de los Voladores. Baste mencionar la asociación calendárica que Fray Juan de Torquemada (1615) evidenció al aludir al conteo de trece vueltas que cada uno de los cuatro Voladores realizaba sobre el palo eje, concluyendo que esto “era una recordación de los cincuenta y dos años que contaban de su siglo” (Torquemada Reference Torquemada1975:cap. XXXVIII, p. 436). Otros cronistas del periodo colonial refirieron a los Voladores como un divertimento para engrandecer las fiestas, sin aludir necesariamente a los rituales indígenas o sus asociaciones con la antigua religión indígena (Clavijero Reference Clavijero1884; Durán Reference Durán1995), lo que podría mostrar el dinamismo y la adaptabilidad de las celebraciones indígenas para eludir las restricciones religiosas. Pese a ello, en las regiones más alejadas del dominio colonial, como las sierras de Puebla y Veracruz, la celebración tradicional de los Voladores pervivió con gran fluidez.

Desde la segunda mitad del siglo XIX y a lo largo del siglo XX, la danza de los Voladores ha llamado la atención de los exploradores y viajeros que han recorrido los territorios de México y Centroamérica. Grabados, paisajes y descripciones de las acrobacias, las indumentarias y el descenso de los Voladores han formado el imaginario sobre este ritual. Sin embargo, el que quizá constituye el estudio más amplio sobre los Voladores fue iniciado por Guy Stresser-Péan (Reference Stresser-Péan2016), a fines de los años treinta en la huasteca potosina y ampliado durante diferentes episodios a lo largo de las décadas siguientes. Sin duda, el extenso registro que el autor realizó sobre esta danza es imprescindible para la historia de los Voladores y para la comprensión de la cosmovisión de los pueblos mesoamericanos.

El aspecto más llamativo de los Voladores siempre ha sido el vuelo: su ejecución ha congregado la atención y expectación de los transeúntes de todas las épocas. El proceso ritual de los Voladores es complejo y diverso. Se rige por ciclos con diferentes episodios y distintas ceremonias, con normativas sobre los ritos de iniciación, de paso, de consagración, de renovación y todas ellas se articulan a un sistema de organización comunitaria en constante tensión y transformación (González Reference González Álvarez2017). En nuestra aproximación, tratamos de proveer una mirada interna de la experiencia del vuelo en el marco del proceso ritual de los Voladores de la Sierra Norte de Puebla. Consideramos que esta perspectiva complementa y amplía la información sobre la danza, ceremonia, ritual y celebración de los Voladores.

Por otro lado, insistimos, dentro de esta complejidad y diversidad, que, en todas sus variantes, la ceremonia del Volador incluirá un eje representado por el palo, procedente de un árbol sacrificado, habitualmente instalado en el centro de la comunidad, pueblo o asentamiento. Así mismo, en todas sus variantes, los Voladores ascenderán por el palo desde el plano de los seres humanos hasta los niveles superiores y descenderán sujetos de cuerdas en una trayectoria de espiral concéntrica. Cabe subrayar que la idea acerca de la forma de la bóveda celeste en Mesoamérica es circular y que la trayectoria de los Voladores alrededor del eje describirá precisamente círculos.

La experiencia del juego

Esta sección fue elaborada a partir del testimonio de jugadores tradicionales de Ulama, en Sinaloa, México. Recurrimos a entrevistas grabadas disponibles en plataformas de acceso libre y priorizamos la documentación audiovisual publicada por los propios jugadores y promotores del Ulama tradicional para elaborar una perspectiva conjunta de la práctica contemporánea de jugar a la pelota (Ulama México 2023, 2024, 2025a, 2025b, 2025c, 2025d).

Los jugadores saben que el Ulama es distinto a los demás deportes. Saben que es herencia de los viejos, que es tradición y patrimonio. Advierten que su práctica debe hacerse con respeto. Si no es así pueden lesionarse gravemente, porque la pelota de hule pesa hasta 4 kilos y un golpe en el hígado o el estómago puede lastimarles gravemente. Por eso le dicen el juego de la vida y la muerte.

Los jugadores viejos dicen que la pelota es sagrada y recuerdan que cuando eran niños tenían que prestarse o rentarla para jugar, porque no había. Era difícil y costoso tener hule y elaborarla. En el Ulama, también se sacrifica un árbol para dar forma a la pelota que habrá de protagonizar el movimiento, un árbol es desangrado y su savia – líquido vital, su sangre – es el material que da forma a la esfera. Sólo a partir de un sacrificio se puede llevar a cabo el movimiento. La pelota cobra vida, se mueve, rebota y sigue direcciones que el jugador puede predecir, porque ha aprendido, ha entrenado intensamente, sabe cómo mantenerla en movimiento y devolverla del embate del jugador contrario. Conoce las reglas y las cumple, sigue el ritual que sabe milenario aunque desconozca símbolos y significados de antaño, experimenta los nuevos sentidos que se han otorgado a la práctica.

Los niños son observadores del juego de los adultos y eventualmente podrán jugar con ellos. Poco a poco los jugadores viejos enseñan, con golpes cada vez más fuertes de la pelota al cuerpo. Llegado el nivel considerado suficiente, podrán tener un fajado protector y crecerán entrenándose hasta que ya adultos se integren a un equipo. En celebraciones de fiestas patronales los equipos son invitados a participar. El juego no es sólo el reto de lograr un puntaje ganador, se trata también del orgullo de resistir el juego de los contrincantes. Hay encuentros que pueden durar días. Cuentan los viejos que hubo ocasión en que uno duró seis días, aunque con descansos convenidos.

Los jugadores saben que la práctica es en sí un sacrificio, uno constante que implica entrenamientos rigurosos, golpes y heridas, resistencia y acondicionamiento físico, dedicación, tiempo y disciplina. Quien juega es consiente que requiere más que la fortaleza de su cuerpo, precisa de un ánimo distinto, uno que otorgue al dolor un sentido de orgullo. Los moretones, las heridas o el simple envaramiento resultado del duro ejercicio, le distinguen de quien no es jugador de Ulama. Hay muchos que intentan, pero desisten por las inclemencias, por falta de determinación, disciplina o por los dolores de los golpes en el entrenamiento. Sólo los fuertes de cuerpo y espíritu habrán de lograrlo.

El cuerpo se lastima mucho si la pelota no se golpea con habilidad, con la cadera, con técnica. Hay que practicar mucho para lograr las habilidades de estar en el lugar correcto, en el preciso instante, con la fuerza necesaria, para que el balón al ser golpeado logre la velocidad esperada, la dirección prevista, la anotación del triunfo. Después de décadas de práctica, los jugadores resienten el desgaste de su cuerpo y aunque sigan deseando jugar han de cuidarse. No se trata tampoco de morir en la cancha a la que llaman taste.

El taste también debe ser objeto de cuidados. Se heredó de los antepasados y habrá que heredarla a los sucesores. Debe estar lista para cada juego y los jugadores han de procurarlo. La cancha se humedece con agua, se aplana, se limpia, se compacta la tierra para que la pelota bote bien. Se tiene que preparar para el juego.

En ocasión del juego no sólo habrán de reunirse los jugadores, sino también sus familiares y demás espectadores, habrá música y comida para la celebración y es entonces que disfrutarán el orgullo de ser admirados, festejados, reconocidos. Forma parte de la fiesta, es la expresión de la fiesta misma. Es entonces que los asistentes disfrutarán del espectáculo. Aclamarán los puntos, echarán porras, animarán al equipo de su preferencia y abuchearán al contrario. Por su parte, también los jugadores disfrutarán entonces de la larga inversión de tiempo y esfuerzo de haber cumplido el entrenamiento. Disfrutarán del orgullo de sus logros y de la admiración del público. Es entonces que se verán como héroes en ese momento, en el sitio mismo del taste que está y permanecerá para que la ceremonia, juego y ritual se replique; es el espacio del instante y de la hazaña.

El Juego de Pelota

El Juego de Pelota ha sido ampliamente abordado en diferentes facetas, como ritual, espacio sagrado, mito e institución. Su abundante simbolismo ha permeado interpretaciones que vinculan su sentido regenerativo y ordenador con la política y la religiosidad de las sociedades indígenas en el pasado. Su importancia es tal que el Juego de Pelota fue considerado uno de los indicadores culturales en la definición de “lo mesoamericano” (Kirchoff Reference Kirchoff2000 [1943]).

El consenso general reconoce que la antigüedad del Juego de Pelota data de al menos 3500 años, con un origen probable en las tierras bajas del Golfo o la Costa sur del Pacífico (Blomster y Salazar Chávez Reference Blomster and Víctor2020; Daneels Reference Daneels2016). Los espacios más antiguos documentados para el Juego de Pelota, una cancha con edificios alargados paralelos, proceden de la Costa de Chiapas, en Paso de la Amada (1650 a.C.) (Hill y Clark Reference Hill and Clark2001). También, el sitio Formativo de Etlatongo, en el altiplano oaxaqueño, proporciona un ejemplo temprano de espacios arquitectónicos para el Juego de Pelota (1374 a.C.) (Blomster y Salazar Chávez Reference Blomster and Víctor2020). En la Costa del Golfo, resultan excepcionales una serie de pelotas de hule que datan al 1600 a.C., depositadas como ofrendas en manantiales al pie del Cerro Sagrado de El Manatí (Ortiz et al. Reference Ortiz, Delgado Alfredo, María Teresa and Uriarte2015), al sur de la capital olmeca de San Lorenzo.

A pesar de las evidencias tempranas de la celebración del Juego de Pelota entre las poblaciones del Formativo, su popularidad sobrevino durante el Periodo Clásico. Particularmente en la Costa del Golfo, el Juego de Pelota se asoció al conjunto escultórico denominado yugo, hacha y palma, y a la iconografía de volutas entrelazadas y representaciones de decapitación (Daneels Reference Clavijero2008; Koontz Reference Koontz2009; Ladrón de Guevara Reference Ladrón de Guevara2006). De esta manera, gran parte de los sitios principales del Clásico en la Costa del Golfo y particularmente en el Centro de Veracruz integraron la arquitectura del Juego de Pelota en sus diseños urbanos (Daneels Reference Daneels2016; Stark y Stoner Reference Stark and Stoner2017).

Entre este amplio cuerpo de datos relacionado al Juego de Pelota, Daneels (Reference Daneels2016, Reference Daneels, Daneels, Donner and Arana2019) ha distinguido dos variantes importantes. La más antigua corresponde al juego en canchas sin aros: esta variante estuvo asociada a rituales de fertilidad vegetativa, decapitación y la parafernalia de yugos y hachas. La más tardía a fines del Clásico, el Juego de Pelota adquirió una connotación astral con la implementación de aros de meta, probablemente una innovación alóctona a la tradición centro veracruzana del Juego de Pelota. Sin embargo, el Juego de Pelota con aros de anotación permaneció hasta el periodo de conquistas coloniales en la mayor parte de Mesoamérica. Abundante documentación histórica nos permite una visión general del simbolismo y celebración del Juego de Pelota del Posclásico Tardío.

De esta manera, la imaginería y representaciones de tradición indígena y la documentación del periodo de conquistas nos permiten reconocer aspectos comunes y compartidos del Juego de Pelota de la Costa del Golfo con otras regiones. Por ejemplo, la imbricación de símbolos sagrados en el espacio ritual de la cancha para el Juego de Pelota, elaborado y edificado para representar o aludir a cronotopos específicos de la memoria y de los mitos asociados al ritual. El aspecto predominante del movimiento es sintetizado en la pelota: un astro sol que transita sobre la bóveda celeste y se interna cada atardecer en el inframundo para regresar cada alba, o bien, la yuxtaposición simbólica de la cabeza de un decapitado con la pelota y, por ello, como cráneo es representada en diversos murales y bajorrelieves, lo mismo en Chichen Itzá, El Tajín o Las Higueras (Koontz Reference Koontz2009; Ladrón de Guevara Reference Ladrón de Guevara, Budar, Venter and de Guevara2017).

Finalmente, considerando las referencias en el mito del Popol Vuh, en el que se enfrentan los héroes míticos con los señores del inframundo (Schele y Miller Reference Schele and Miller1986), resulta claro que esta ceremonia constituye un ritual de entrada al inframundo desde el nivel de lo humano. A menudo las decoraciones de las canchas hacen alusión al tránsito entre espacios y al sacrificio más que al juego mismo. Por ejemplo, en los relieves de El Tajín (tablero noreste del Juego de Pelota Sur), las representaciones dinámicas de entidades que transitan entre niveles y espacios son predominantes, ocurren con el momento sacrificial del ritual de decapitación en el recinto central del Juego de Pelota (Ladrón de Guevara Reference Ladrón de Guevara2010). De la misma manera, suelen presentarse en las esquinas de las canchas (como en El Tajín) o en las representaciones en códices (Códice Magliabechiano, 80 [Reference Millerca. 1550–1600] ), cráneos descarnados aludiendo de nuevo a la muerte que se ha de hallar en la práctica de este ritual. Así, la cancha es una puerta al inframundo para quienes realizan el ritual sagrado de jugar a la pelota.

De esta manera, sostenemos aquí que el Juego de Pelota constituye un ritual que hace alusión a los niveles del inframundo. Los jugadores traspasarán los niveles de lo humano después de recrear los preceptos míticos de la pelota y del movimiento, propiciando el tránsito entre niveles al sucumbir en un sacrificio por decapitación. La cancha cuya planta suele describir una “I” o una “T” tiene, en todo caso, una forma rectangular cuatripartita y tal era la idea del orden de la superficie terrestre. En la arquitectura del Juego de Pelota, se han encontrado también marcadores en el centro de las canchas, comúnmente un elemento pétreo circular, lo que puede aludir también a la intención de generar un centro, un eje, un “punto de encuentro del cosmograma mesoamericano, de enfrentamiento entre los mundos humano, celestial e infraterrenal” (Taladoire Reference Taladoire2015a:175). Cabe añadir, la discursividad indígena plasmada en códices muestra también la intención reiterada de señalar las direcciones o los ejes y el centro de la cancha, indicada con cráneos (por ejemplo, en el Códice Tudela, 67; Códice Magliabechiano, 80) o con la pelota misma, como en el Lienzo de Tlapiltepec (f. 1 [Brownstone Reference Brownstone2015]) o el Códice Tolteca-Chichimeca (lám. 16v [Kirchhoff et al. Reference Kirchhoff, Odena Güemes and Reyes García1976]) (Taladoire Reference Taladoire2015b).

El Juego de Pelota constituyó la representación simbólica de la interacción entre el centro y los niveles inferiores y la posibilidad de, para quienes vivenciaron el ritual sagrado, transitar entre ellos. Esta transicionalidad fue remarcada también en la arquitectura del Juego de Pelota. Por ejemplo, fue habitual que las canchas se ubicaran bajo el nivel de las plazas, calzadas o patios colindantes, lo que remarcó el sentido de descenso de los participantes, o que éstas ocuparan las partes bajas de la topografía del paisaje de los antiguos asentamientos, como en Toniná o Uxmal (Aguilar Reference Aguilar2004).

En El Tajín, los datos registrados durante los trabajos de restauración de la arquitectura del Juego de Pelota muestran que las canchas tendían a anegarse con las lluvias. En el Juego de Pelota Sur, el agua alcanzó hasta 30 cm sobre los muros de los tableros (García et al. Reference García, Cortés, Ortega and Brüggemann1991:208). La coautora del texto atestiguó otros juegos de pelota que también se anegaban en el sitio. El uso del agua para escenificar portales entre niveles del cosmos en los rituales quedó plasmado en varios relieves de El Tajín, como el tablero del Juego de Pelota norte (Ladrón de Guevara Reference Ladrón de Guevara2020:67) o el Altar del Edificio 4 (Ladrón de Guevara Reference Ladrón de Guevara2020:219, 236) que muestran la relevancia de los espacios acuáticos para propiciar el tránsito y la interacción entre seres terrestres y entidades del inframundo y el supramundo. En estas representaciones, los personajes realizan su acción ritual al borde del agua o con los pies sumergidos en ella.

Uno de los ejemplos más fastuosos del uso arquitectónico del agua para la ritualidad fue develado en el complejo arquitectónico de la Ciudadela de Teotihuacán (Gazzola Reference Gazzola and Matthew2017; Gómez Reference Gómez and Matthew2017; Gómez y Gazzola Reference Gómez, Gazzola and Uriarte2015a). Los trabajos en este conjunto y en el túnel bajo el Templo de la Serpiente Emplumada mostraron que la plaza principal de la ciudadela se mantenía inundada periódicamente, lo suficiente para formar un espejo de agua que recreaba el paisaje mítico del mar primordial. El templo de la serpiente emplumada, la montaña sagrada, emergía de esta plaza inundada (Gazzola Reference Gazzola and Matthew2017:45; Gómez y Gazzola Reference Gómez, Gazzola and Uriarte2015a:132–133). Igual de relevante es la existencia de restos arquitectónicos bajo el nivel de esta plaza que han sido identificados como una posible cancha del Juego de Pelota, que fue contemporánea al túnel bajo el Templo de la Serpiente Emplumada. Esta escenificación arquitectónica reiteraba el Juego de Pelota como entrada al inframundo, un espacio acuático que permitía el acceso y la transición entre diferentes niveles del cosmos. La cancha correspondía una etapa constructiva anterior y fue obliterada para construir el altar central del complejo (Gómez y Gazzola Reference Gómez and Gazzola2015b).

No sorprende entonces que, durante el Posclásico, el pasillo central de los conjuntos arquitectónicos del Juego de Pelota – la parte central y baja de la cancha – fuese denominada Analco, una palabra que en náhuatl clásico alude a un locativo traducible como “del otro lado del agua”. En el náhuatl de San Miguel Tzinacapan, de la Sierra Norte de Puebla, Analco también tiene un sentido para definir algo que está o pertenece al lado opuesto. En conjunto, es posible argumentar que la cancha del Juego de Pelota, concebida como un espacio acuático, es un portal al inframundo, un acceso a lo que está al otro lado de lo terrestre. El juego enfrenta a dos equipos opuestos y la resolución de la oposición habrá de darse en el movimiento de la pelota que se logra con el encuentro de los contrarios, como fundamente filosófico de las tradiciones mesoamericanas. Es necesario el opuesto, para completar a uno. No hay vida sin muerte, ni noche sin día, como no habrá movimiento si el opositor no regresa el balón con un golpe de su cuerpo. Como contraparte, el ritual del Volador posibilita el tránsito entre el centro y los niveles superiores.

Conclusiones

En este texto realizamos una revisión del espacio ritual de dos celebraciones de larga data en Mesoamérica, el Juego de Pelota y la ceremonia ritual de los Voladores. Analizamos las disposiciones espaciales de la ritualidad de estas celebraciones a partir de registros históricos, evidencias arqueológicas, iconografía, etnografía y la experiencia del rito para exponer los principios comunes en la diversidad de estos rituales. Proponemos que en el universo ritual de los pueblos mesoamericanos, estos dos, son ritos opuestos complementarios que enfatizan el tránsito entre los niveles del cosmos.

El vuelo de los Voladores y el Juego de Pelota forman parte, cada uno en sus contextos, de procesos rituales duraderos y complejos que integran experiencias locales, promueven el trabajo colectivo y refuerzan la memoria y los vínculos comunitarios. Con espacios especialmente destinados a su celebración, estos rituales se enfocan en trascender el horizonte terrestre habitado por lo humano, estableciendo a través de ellos un tránsito entre el inframundo y el supramundo. Los episodios rituales del vuelo y del movimiento de la pelota requieren de la personificación de habilidades extraordinarias para trascender los espacios del mundo, que, según la cosmovisión mesoamericana, se ordenan en niveles superpuestos y secciones cuatripartitas que gravitan alrededor de un eje central. Dicho eje está enfatizado en ambos rituales. El palo de los Voladores resulta en el axis mundi que atraviesa los niveles superpuestos desde el inframundo donde es enterrado, hasta su cima en el supramundo desde donde danzará el caporal y descenderán los Voladores. En el Juego de Pelota, es el balón mismo que iniciará su vida-movimiento en el centro de la cancha. Será capaz, gracias a la habilidad de los jugadores, de reproducir la elíptica solar que no sólo transcurre de este a oeste por el firmamento, sino que desciende cada ocaso al inframundo para aparecer de nuevo al alba.

Como hemos indicado, el vuelo en el ritual de los Voladores describe una órbita circular, mientras que en la cancha del Juego de Pelota se enfatizan las cuatro esquinas. Así, reconocemos un ritual que evoca la forma de la bóveda celeste, circular en la cosmovisión mesoamericana, y el otro que alude a la superficie terrestre, que es cuadrangular y está marcada por los puntos solsticiales en el firmamento.

Exploramos los escenarios de los rituales tradicionales de los Voladores y del Juego de Pelota como espacios propiciatorios para esta transición entre niveles cósmicos. Enfatizamos los elementos que convergen en las experiencias rituales y las posibilidades significantes de sus elementos básicos, como su disposición espacial, el tránsito entre el arriba y el abajo y la organización de los episodios constitutivos de estos rituales.

En ocasiones los espacios sacralizados son efímeros, ocupan sitios multifuncionales que lo mismo sirven para la reunión de multitudes en eventos profanos, que para celebrar los rituales más importantes de la comunidad. Estos espacios de acceso a otras dimensiones del cosmos son restrictos, construidos a partir de procesos cuya discursividad enfatiza la sacralidad de cada elemento incluido en las celebraciones; su experiencia requiere una larga formación y conocimiento intergeneracional sobre la ritualidad. Así mismo, es importante reconocer que cada rito alude a un discurso mítico. Nos parece clara la reproducción de la conformación del cosmos en niveles superpuestos y la capacidad supra humana para trascenderlos, que sólo se logra a partir de un riguroso entrenamiento corporal y espiritual.

Aunque ambos rituales tienen una historia profunda entre los pueblos indígenas de Mesoamérica, su continuidad ha tenido trayectorias diferentes. El ritual de los Voladores mantuvo su carácter espiritual y profunda imbricación en la religiosidad de los pueblos indígenas que aún lo celebran. El otro ritual, el del Juego de Pelota, sufrió una severa prohibición durante el periodo novohispano, causando su erradicación de la historia y de las celebraciones rituales de los pueblos nativos. Su pervivencia contemporánea sucede en el noroeste de México, donde todavía algunas comunidades realizan encuentros tradicionales y lúdicos de Ulama. Los jugadores más longevos mantienen y resguardan los saberes del juego, de la pelota de hule y de la importancia espiritual e identitaria de este ritual milenario.

La formación de los participantes a lo largo de múltiples ciclos y el gradual acceso al conocimiento de los principios que rigen la acción ritual son esenciales para propiciar el tránsito entre los niveles del cosmos. Las habilidades logradas mediante un riguroso entrenamiento y la preparación física para resistir el ascenso y el vértigo del vuelo, o el golpeteo constante de la pelota sobre el cuerpo durante largas jornadas, así como la tolerancia al riesgo latente de muerte en el rito, convierten a los ejecutantes de estos rituales en especialistas que moldean la euforia para transformarla, por un breve tiempo, en una capacidad singular para transitar entre los niveles del cosmos.

Disponibilidad de datos.

Todos los datos utilizados han sido debidamente referenciados. El conocimiento tradicional sobre los Voladores es referido en el marco de la pertenencia del primer autor al pueblo Nahua/Masewal y en apego a su experiencia como Volador ritual.

Agradecimientos

Expresamos nuestra gratitud a quien amablemente compartió sus comentarios y recomendaciones para mejorar el texto.

Declaración de financiación.

Gibránn Becerra se benefició del Programa de Becas Nacionales para estudios de Posgrado de la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación de México (SECIHTI, antes CONAHCYT) para la recopilación de información.

Conflictos de interés.

Los autores declaran no tener ninguno.

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