En las bodegas, farmacias, tiendas, pulperías latinoamericanas del siglo XIX, se podía comprar toda suerte de enseres de uso doméstico: papel tapiz, velas, juguetes, ropa, maquillaje.Footnote 1 Era fácil encontrar asimismo productos de limpieza, té, galletas, azúcar, harina o arroz. Y, curiosamente, entre todo ello, también, arsénico. Sin regulación alguna, durante gran parte del siglo XIX, el arsénico en Latinoamérica estaba disponible para todos.Footnote 2 Era de consumo frecuente en el hogar, y aparece abiertamente referido en infinidad de novelas, cuentos, poemas, avisos publicitarios, crónicas rojas y recetas médicas. Se trataba de una sustancia económica y efectiva a la que casi cualquiera podía tener acceso y que, dentro de la casa, se consideraba necesaria para, por ejemplo, controlar roedores, moscas, garrapatas e insectos, pero también para fines medicinales y cosméticos. Sin embargo, el arsénico blanco no tiene olor ni sabor, así que no es difícil imaginar cómo, una vez guardado en algún estante de la cocina, se podía confundir con el azúcar o usarse deliberadamente para envenenar al enemigo, a la pareja, a los hijos, al amante. En este sentido, como remedio y como veneno (Derrida Reference Derrida1978), la sustancia no solo atraviesa el espacio de lo cotidiano, sino que entra y sale de los discursos que traslucen y performan la experiencia social; toda vez que en ella cristalizan, al mismo tiempo, una voluntad disciplinaria (el blanqueamiento de la piel, la ortopedia cosmética de las mujeres como ideal de belleza) y una práctica delincuencial circunscrita al ámbito de lo privado (el suicidio, el crimen pasional). Tomando en cuenta el marco del biopoder foucaultiano, el arsénico se puede pensar como dispositivo de poder que administra la vida y disciplina los cuerpos. Según Gabriela Nouzeilles, la nación finisecular latinoamericana se legitima mediante relatos maestros que crean la ilusión de continuidad orgánica mientras expulsan a quienes encarnan lo extraño o lo patológico. De este modo, el arsénico, articulado simultáneamente como remedio y veneno, se inscribe en esa racionalidad narrativa: ofrece la promesa de disciplinar cuerpos “impuros” (piel, clase, deseo) y, a la vez, suministra el dispositivo punitivo que permite eliminarlos simbólicamente.Footnote 3 Si bien estas ambivalencias acompañaban también a la cultura científica y popular europea, en algunos países de América Latina, como veremos, adquirieron matices propios por la débil regulación sanitaria, la centralidad del blanqueamiento como proyecto nacional y la circulación menos controlada de mercancías tóxicas.
Si bien la toxicología existía desde mucho antes, fue hacia la segunda mitad del siglo XIX cuando se desarrolló como ciencia médica e intentó detectar niveles de arsénico en los cuerpos. Los síntomas de envenenamiento por arsénico son similares a los de las enfermedades de la época, como la cólera, la tuberculosis o simples dolores estomacales. El arsénico se encuentra en algunos alimentos, como el arroz, el vino, los mariscos y hasta en el agua; y, en la proporción adecuada, cumple una función en el organismo. Pero, además, se utilizaba en las paredes (así como años después el plomo), en la ropa de color (como pigmento), en las velas, en los cosméticos, y los doctores lo recetaban deliberadamente. Por esta razón, la mayor parte de los cuerpos presentaba niveles considerables de esta sustancia y, por lo tanto, demostrar las muertes por envenenamiento podía tornarse en una misión imposible.
James C. Whorton (Reference Whorton2010), en su estudio seminal sobre el arsénico en el siglo XIX, argumenta que su enfoque se basa en Gran Bretaña, porque los problemas asociados con el arsénico eran más pronunciados allí y el control, menos estricto. Si bien, según Whorton, la vigilancia en el resto de Europa no funcionó del mismo modo que en Gran Bretaña, creo que Latinoamérica es un caso aún más relevante, ya que, independientemente de las legislaciones, el control de la circulación del arsénico ni siquiera era parte del debate institucional y se utilizaba libremente hasta bien entrado el siglo XX. No obstante, al tiempo en que los nuevos saberes apuntalan biopolíticamente la impotencia de la ley frente al consumo de la sustancia invisible, se diseminan los discursos literarios, publicitarios, periodísticos que permiten distinguir su buen uso, de su uso desviado.Footnote 4
En este ensayo, me interesa pensar los distintos modos en que el arsénico se infiltra en la vida doméstica, para leerlo a contrapelo de nuevos debates, especialidades, disciplinas que buscan entender y moderar el uso de esta compleja y polémica sustancia en América Latina. Más precisamente, en los casos concretos de Argentina, México y Venezuela. Como expresaba Jacques Derrida (Reference Derrida1978), ya desde el mundo griego la escritura y la salud/enfermedad presentaban esta ambigüedad, que se manifestaba en la palabra phármakon, a la vez remedio y veneno. Más cerca en el tiempo y en el espacio, propongo que la flexibilidad del arsénico —considerado desde tóxico y letal, hasta mágico y curativo— nos permite adentrarnos en las contradicciones de un siglo obsesionado por controlar, legislar, vigilar los cuerpos y sus comportamientos.Footnote 5 Para explorar estas tensiones, analizaré distintos usos del arsénico en conexión con sus tecnologías de control estético, terapéutico, racial y criminológico, en diálogo con producciones literarias de la época, con la prensa y con las disciplinas científicas que intentaron investigar y comprender sus efectos. Comenzaré por presentar las apariciones del arsénico en la vida cotidiana y afectiva del fin de siglo XIX, bajo la clave del crimen del envenenamiento y de los límites de la naciente toxicología, para determinar con precisión estos (presuntos) usos desviados del veneno. A continuación, revisaré los buenos usos del arsénico en la cosmetología, sus expectativas y riesgos, así como las promesas de belleza y de blanqueamiento racial que suponían. En tercer lugar, analizaré el último reducto en el que persiste el arsénico: la medicina. Allí, nuevas promesas aparecen, no pocas veces contrapuestas (por ejemplo, es tanto un abortivo como un tónico para embarazadas). La idea del veneno que purifica termina de expresarse en la obsesión por la dosificación y en las esperanzas de salud total o de inmunidad (incluida la sanidad mental) que la propia exposición al arsénico ofrecía en la cultura finisecular latinoamericana, acostumbrada como estaba a relacionarlo tanto con la ficción melodramática (el suicidio) como con la ficción policial (el crimen).
Suicidios y asesinatos, crímenes pasionales
En 2010, durante una de sus histriónicas performances políticas, el líder populista de la llamada V República en Venezuela, Hugo Chávez, decide exhumar el cuerpo de Simón Bolívar para determinar la verdadera causa de su muerte. En el evento participaron cincuenta científicos, durante diecinueve horas. Chávez determinó que el padre de la patria no había muerto de tuberculosis, como decían los libros de historia, sino que había sido envenenado con arsénico. Hace de ello un espectáculo televisivo en cadena nacional. Si bien las estrategias y alcances eran distintos en el siglo XIX, el caso Luis Castruccio, recuperado por la historiadora Lila Caimari, provoca uno de los primeros escándalos mediáticos en Buenos Aires y, al igual que el caso Chávez-Bolívar, requiere la exhumación de un cuerpo para demostrar un envenenamiento por arsénico.
En 1888, Castruccio, inmigrante italiano, llevaba instalado varios años en la ciudad y había trabajado previamente como mucamo en dos ocasiones. Tenía un nuevo empleo como corredor inmobiliario y vivía alquilado en el cuarto de una casa en la calle Alsina, en donde luego contrata como servicio doméstico a Alberto Bouchot, un francés recién llegado a Buenos Aires, quien anunciaba sus servicios en el diario La Prensa. La llegada del Bouchot responde, probablemente, a un incentivo que en 1888 ofrecía pasajes gratuitos a jóvenes franceses interesados en migrar a Argentina (Caimari Reference Caimari2021, 100). Apenas se instala el nuevo mucamo, su patrón le compra ropa elegante (pantalones, guantes, camisas) apropiada para pasear en coche o en bote, y lo lleva de compañero a las funciones de teatro más frecuentes. Se sabe poco de la relación entre Castruccio y su mucamo francés, y explorarla queda fuera de los límites de este trabajo, pero quiero llamar la atención sobre el reporte policial en el que consta que Castruccio había contratado anteriormente los servicios de un niño de diez años, a quien obligaba a prestarle favores sexuales nocturnos. Poco después de instalarse, Castruccio lo incita a contratar un seguro de vida en el que él sea el único beneficiario, ya que no tenía familiares en el país.Footnote 6 El trámite era poco común en la época, pero las empresas empezaban a ofrecer sus servicios. Quizás por esta razón, los casos de envenenamiento se multiplicaban o, al menos, la prensa se empieza a fascinar con estos crímenes espectaculares. Como era de esperar, la salud de Bouchot se deteriora y pronto muere. Castruccio se dirige a cobrar el seguro, pero la intuición del empleado de la aseguradora lo lleva a abrir una investigación. En la casa de Castruccio, encuentran un diario-libreta que registra minuciosamente las dosis exactas de arsénico administradas a su mucamo.
En el fin de siglo XIX, los crímenes por envenenamiento generaban pánico en la población, ya que eran casi imposibles de probar. En este caso, las evidencias eran muchas y además sus propias anotaciones lo corroboraban. La mayoría de los casos de envenenamiento, sin embargo, permanecieron irresueltos, a lo que se le une el problema de que los asesinos no siempre conseguían sus objetivos. De hecho, los estudios de la época indicaban que algo más de la mitad de las víctimas sobrevivían y muchos de ellos debían soportar secuelas terribles durante el resto de su vida (Bertomeu Sánchez Reference Bertomeu Sánchez2019). Con el tiempo, exhumaron el cuerpo de Bouchot y, junto a todas las pruebas, se declaró oficialmente víctima de un asesinato con premeditación y alevosía. En un reportaje sobre otro envenenamiento parecido, pero a causa de un triángulo amoroso, se hace referencia al caso Castruccio y se incluyen imágenes de “los tarros que contienen las vísceras sometidas al análisis químico” (“Envenenamiento del teniente Barouille” 1902, 35). Me interesan esas imágenes porque muestran la fascinación con las nuevas tecnologías que se usaban en la toxicología.
El español Mathieu Joseph Bonaventure Orfila (1787–1853), conocido como el padre de la toxicología moderna científica-legal, se dedicó a hacer experimentos de laboratorio, juntar datos clínicos y exámenes post mortem para detectar sustancias venenosas en el cuerpo humano. Ocupó gran parte de su vida a estudiar el arsénico y, aunque sus descubrimientos tuvieron gran acogida, nuevos experimentos, hechos por él mismo, lo que demostraron fue que su técnica estaba lejos de ser perfecta: no distinguía la presencia y cantidad de arsénico en un envenenamiento, ni podía diferenciarlo de la porción que cualquier persona podía haber ingerido en alimentos o medicinas recetadas. Un artículo de opinión venezolano, titulado “Un gas mortífero en la sangre” (1906, 707), implora estar alerta ante las dificultades que atravesaban los nuevos avances de toxicología que intentan determinar, a través de una autopsia, si el arsénico entra en el organismo “por conducto de una mano criminal”, o “naturalmente, en virtud de un fenómeno fisiológico que no tiene nada de excepcional ni sospechoso”.
Mientras los escandalosos asesinatos a causa de arsénico estaban a la orden del día, surge un nuevo tipo de empresa que trasladaba el velorio de la casa a la funeraria.Footnote 7 En 1899, se publica en Buenos Aires un cuento en que se recrea una conversación (¿ficcional?) entre un famoso empresario dueño de una exitosa nueva casa fúnebre, Marcel Mirás, a quien el autor del texto, firmado por el seudónimo Ramiro, lo acusa de ser un “diablo de comerciante” que pretende hacer “risueña y agradable la idea de morir”. Ramiro le reclama sus altas tarifas y le comenta que a su negocio solo le falta un departamento de suicidios que garantice una muerte inmediata acompañada de los servicios funerarios correspondientes. Para ello, Ramiro le sugiere cobrar una gran suma de dinero y utilizar un cuchillo, una ametralladora, o mejor, una cantidad considerable de arsénico bien administrado (Ramiro 1899, 22). La misma revista publicita frecuentemente los servicios de M. Mirás. Algunos avisos se enfocan en el alquiler de coches de lujo y otros hacen alarde de sus tarifas (al principio dan a entender que el lujo cuesta y, con el tiempo, van adaptando sus tarifas al competitivo mercado). Las publicidades siempre mencionan el nombre M. Mirás, pero no que se trata de una casa funeraria, por lo que asumo que el público asociaba su nombre con su negocio. No sé si Mirás y Castruccio se conocieron, pero la casa funeraria que con el tiempo se vuelve multiservicios, e incluye cochería, sastrería, caballería y peluquería, quedaba bastante cerca de la casa de Castruccio (ambas en la calle Alsina).Footnote 8 No es de extrañar que lujosos almacenes como este hayan disparado la envidia y ambición de Castruccio.
En fin, los suicidios y asesinatos con arsénico en la época, ficcionales o reales, generan un interés epidémico. Los periódicos narran diariamente casos locales y extranjeros. El tóxico tentaba a mujeres cansadas de sus labores domésticas, parejas celosas, asesinos en serie, etc. En la ficción, Emma Bovary ingiere una cantidad letal de arsénico en polvo. José Asunción Silva (Reference Silva and Ayacucho1985, 36) cuenta la historia en “Día de difuntos” (fecha desconocida) de un viudo acompañado por una bella mujer que ingiere arsénico para terminar con su agónica vida. José Asunción Silva, sin embargo, se suicida unos años más tarde con un tiro en la cabeza. Rodolfo, el protagonista de “Aguas del Aqueronte”, un cuento de Herrera y Reissig (Reference Whorton1902, 356), mientras intenta despedirse de sus amigos prepara cuidadosamente su lecho de muerte cubierto de flores y con una copa de alguna bebida mezclada con arsénico. “La tísica” (Herrera y Reissig Reference Herrera y Reissig1903, 1978) del uruguayo Javier de Viana (Reference De Viana1920, 18) cuenta un romance platónico entre un doctor y una paciente de tisis que trabaja en una hacienda. El doctor afirma que el miedo al contagio hace que todos le teman, pero un día se entera, por un anuncio en el periódico, de que en esa estancia todos han muerto envenenados con pasteles de arsénico, “excepto una peona conocida con el sobrenombre de la Tísica”.
Los cosméticos
Los rituales de belleza, como dispositivos de disciplinamiento y control político del cuerpo de las mujeres también promovían el uso y abuso del arsénico y otros tóxicos.Footnote 9 Los jabones, lociones y productos para el cutis y las manos promocionados por su habilidad para blanquear la piel estaban casi siempre compuestos de sustancias tóxicas como bórax, bismuto o arsénico. A finales del siglo XIX y principios del XX, sin embargo, los productos de belleza se dividen entre quienes se enorgullecen de no contener tóxicos y quienes se aferran a su eficacia e insisten en mantenerlos. La importada “crême email” o crema esmalte para blanquear, por ejemplo, una de las más publicitadas en la ciudad de Buenos Aires, se presenta en Caras y caretas como una crema “sin rival para blanquear y hermosear el cutis” e “indispensable para paseos soirée, bailes, teatros, recepciones” (“Crême email del Dr. Autrán (París)” 1906, 78); se aclara que no tiene “óxidos ni substancias que queman y dañan el cutis” (“Crême email” 1906, 73). Se advierte, también, tener especial cuidado con las imitaciones que adulteran la fórmula, por lo que se implora comprar la original en la tienda San Juan, ubicada en la frecuentada calle Alsina. Una tienda que, como muchas en la época, además de cosméticos, vendía vestidos, alfombras, peluquines, peinetones, cremas con o sin arsénico y, posiblemente, arsénico blanco en polvo. En Venezuela, la crema Frous era uno de los productos para blanquear la piel; sus anuncios reproducían casi palabra por palabra las promesas de la “crême email”: pureza, elegancia y un cutis sin manchas, pero sin mencionar los riesgos asociados a sus componentes tóxicos.Footnote 10 En este punto conviene recordar la noción de ficciones somáticas desarrollada por Nouzeilles: narrativas que patologizan la diferencia racial y sexual para sostener el ideal de una ciudadanía homogénea.Footnote 11 Las cremas blanqueadoras con arsénico trasladan al tocador doméstico la misma lógica médico-racial que buscaba mejorar la raza en el espacio público; convertir el rostro en lienzo puro era una forma cotidiana de practicar la higienización nacional. Si como recuerda Vanesa Miseres: en el siglo XIX la mujer que salía del espacio doméstico —ya fuera a viajar o simplemente a “exhibirse” en la vía pública— era percibida como cuerpo fuera de lugar, sujeto a la sospecha y al correctivo moral, las promesas cosméticas de blancura y pulcritud (el cutis “perfecto” y “puro”) funcionan como pasaporte visual que vuelve aceptable su presencia en la modernidad urbana.Footnote 12 De este modo, la blancura funciona simultáneamente como ideal estético y tecnología de distinción racial y de clase; esta doble operación explica la rápida difusión de cremas con arsénico en los circuitos urbanos de Buenos Aires, Ciudad de México y Caracas.
En las revistas ilustradas de distintos países de América Latina abundan páginas con consejos para todo. Bajo las secciones de “Arte de hermosear el rostro”, “Secretos del tocador”, “Recetas útiles”, “Consejos para todos”, se habla de cómo cuidar plantas, ordenar un cuarto, eliminar olores, matar insectos, aliviar dolores y malestares, etc. En cuanto a los productos de belleza, las recomendaciones ofrecían recetas caseras para preparar cremas blanqueadoras, colonias, pastas de dientes, lociones antisudoríficas para evitar mal olor en las axilas, barros en la cara, etc. En “Recetas y procedimientos útiles”, el doctor Zeltius (1907, 95) recomienda bismuto contra el sudor, y bórax y éter contra los granos en la cara. En una sección similar a El Cojo Ilustrado, el doctor Ariendi (Reference Ariendi1889, 776) propone el arsénico para el cuidado del cutis.
En “La supresión de las arrugas” (1901, 60) se usa la imagen de la icónica Sarah Bernhardt como una mujer que accede fácilmente a los mejores doctores y tecnologías cosméticas: “Según el médico de Sarah Bernhardt, la culpa de que una mujer tenga arrugas estáen la nerviosidad de esta: mientras más nerviosa es una mujer, más arrugas tiene”. No hacen falta, por eso, productos neoyorquinos sofisticados, ni recurrir a consultorios que cuenten con instrumentos eléctricos o con rayos X, sino más bien “sencillas” cremas caseras mencionadas al final del artículo, muchas de ellas con tóxicos como el bórax. Muy similares son los consejos de Rosemary Cottage (Reference Cottage1884, 21) en la revista mexicana La Moda Elegante, quien sugiere mezclar “sesquisulfuro de arsénico” con “cal viva” y “almidón”.
En el marco de los procesos modernizadores en América Latina, desiguales y asimétricos, pero expandidos entre las jóvenes naciones del continente, proliferan los dispositivos de disciplinamiento y ortopedia de los cuerpos. Las mujeres son significadas a partir de un ideal de feminidad que pasa por el consumo de una amplia gama de productos orientados a producir mujeres blancas, puras y pulcras. El arsénico se inscribe en prácticas de acicalamiento cosmético al interior del hogar, donde se traman los semblantes que acompañarán el florecimiento de una sociedad cónsona con los tiempos. En su artículo indispensable, “Política de la pose” (Reference Molloy2012), Sylvia Molloy (Reference Molloy2012, 43) describe magistralmente la preeminencia de lo visual en la definición misma de las identidades sociales:
En el siglo XIX las culturas se leen como cuerpos […]. A su vez, los cuerpos se leen (y se presentan para ser leídos) como declaraciones culturales […].
La exhibición, como forma cultural, es el género preferido del siglo XIX, la escopofilia, la pasión que la anima. Todo apela a la vista y todo se especulariza: se exhiben nacionalidades en las exposiciones universales, se exhiben nacionalismos en los grandes desfiles militares (cuando no en las guerras mismas concebidas como espectáculos), se exhiben enfermedades en los grandes hospitales, se exhibe el arte en los museos, se exhibe el sexo artístico en los «cuadros vivos» o tableaux vivants, se exhiben mercaderías en los grandes almacenes, se exhiben vestidos en los salones de modas, se exhiben tanto lo cotidiano como lo exótico en fotografías, dioramas, panoramas. Hay exhibición y también hay exhibicionismo. La clasificación de la patología («obsesión morbosa que lleva a ciertos sujetos a exhibir sus órganos genitales») data de 1866; la creación de la categoría individual, exhibicionista ―categoría que marca el paso del acto al individuo―, de 1880.
Y añade: “Exhibir no solo es mostrar, es mostrar de tal manera que aquello que se muestra se vuelva más visible, se reconozca. Así, por ejemplo, los fotógrafos de ciertas patologías retocaban a sus sujetos para visibilizar la enfermedad: como muestran los archivos médicos de la ciudad de París, a las histéricas se les pintaban ojeras, se las demacraba, a efectos de representar una enfermedad que carecía de rasgos definitorios. Me interesa esa visibilidad acrecentada en la medida en que es indispensable para la pose finisecular” (44).
En este orden de ideas, aparecer blanca era casi más imperioso que serlo. Otro tanto ocurría con el vello. Una de las mayores obsesiones entre los tratamientos de belleza del fin del siglo (una que quizás nos sigue persiguiendo) es la depilación y sus distintas técnicas para hacer del cuerpo de las mujeres una superficie pueril y sin mácula. Caras y caretas (1907) publicita un producto que, además de ser el “único y solo en este mundo que extirpa el vello”, ofrece un dos por uno, depilar y blanquear (Figura 6). El ingrediente predilecto en las técnicas depilatorias fue, sin duda, el arsénico, que, cuando no quemaba la piel, se afirmaba como el más eficaz. En algunas imágenes se plasma el antes y el después de usar la crema recomendada. La revista Elegancias (1913, xxvi) reproduce la imagen paródica de una mujer con bigotes e invita a disolver “los pelos desgraciados” en un “Hospital depilatorio” (Figura 7). Salvador Manero (Reference Manero1879, 16) en “Secretos de tocador” recomienda la depilación casera con arsénico, aunque advierte tener mucho cuidado con la cantidad que se usa ya que puede producir llagas dolorosas.
Tapa del diario personal de Luis Castruccio.

Tarros de vísceras del teniente Barouille, sometidas a pericia sobre posible envenenamiento.

Publicidad de la crême email (crema esmalte) en Caras y caretas.

Recetas y procedimientos útiles del Dr. Zeltius, en Caras y caretas.

“El arte de hermosear el rostro—La supresión de las arrugas”, con el testimonio de Sarah Bernhardt, en Caras y caretas.

Publicidad del procedimiento Costafort, de tipo depilatorio, en Caras y caretas, 1907, no. 460.

Anuncio del Depilatorio Hospitalario en la revista Elegancias, 1914.

A medida que avanza el siglo XX, el arsénico como arma de envenenamiento va perdiendo popularidad; ya no es tan fácil comprarlo y las autoridades están alerta. Ese viraje discursivo tuvo, por supuesto, un correlato legal, aunque no siempre fue aplicado. Entre 1902 y 1912, muchos países latinoamericanos promulgaron normas que intentaron, no siempre con éxito, resignificar al arsénico como veneno de venta restringida.Footnote 13 De hecho, hoy en día, el principal riesgo de envenenamiento por arsénico proviene de los niveles naturales de esta sustancia presentes en el agua de países como Argentina y Venezuela, pero ya no de su acceso público. En la cosmetología, desde temprano se reconocen los peligros de los productos tóxicos y su incidencia en el medio ambiente, por lo que, al menos, el arsénico-cosmético va cediendo su protagonismo hasta desaparecer. María Pilar Sinues, ya en 1890, escribía columnas de moda en La voz de México explicando que productos como el arsénico tienen un efecto inmediato en blanquear y suavizar el rostro; no obstante, a largo plazo el tinte amarillento y las arrugas se potencian a consecuencia de haberlos usado. En la medicina, como veremos en el próximo apartado, renunciar al arsénico se torna imposible.
La bala mágica
“¿Te pica?, ¡Lugolina!” es el eslogan del doctor Eduardo Franca para recomendar una solución que “no es pomada, ni ungüento; es líquida, sin grasas, sin mal olor, no ensucia el cuerpo, ni las ropas” y extermina la picazón, así como decenas de otras molestias en la piel. Las pomadas con arsénico se recomendaban para problemas cutáneos (pecas, eccema, manchas, sudor, escaldaduras en las entrepiernas). Solían usar fórmulas con arsénico. En el artículo titulado “Cáncer del estómago”, el doctor B. Monin (Reference Monin1926) recomienda el licor Fowler como solución ideal para vencer el cáncer. Esta solución de arsénico fue creada en 1786 por el médico y farmacéutico británico, Thomas Fowler (1736–1801), con la finalidad inicial de tratar la malaria y la sífilis (Ho y Lowenstein Reference Ho and Lowenstein2016). Luego bautizado como solución o gotas de Fowler, una vez introducido en Londres en 1809, se distribuye con gran éxito en Europa y en América y se le van adjudicando nuevos beneficios para curar otras enfermedades.
A través de la revista mexicana La Reforma Médica se intuye que a las mujeres embarazadas se les podía prescribir arsénico si fuese necesario. De hecho, el doctor Gourbeyre (Reference Gourbeyre1878, 42) propone usar veinte gotas Fowler la primera vez e ir disminuyendo la cantidad cada quince minutos, para detener contracciones y hemorragias; así como también asegura que en dosis altas provoca abortos. Según Whorton (Reference Whorton2010, 258), en su maravilloso estudio sobre el arsénico en la época victoriana británica, existía la noción popular de que las preparaciones con arsénico podían funcionar como método abortivo. Algunas mujeres lo usaban en consulta médica y otras compraban arsénico blanco y lo usaban oral o vaginalmente.
A lo largo del siglo XIX, la solución Fowler se usaba para tratar decenas de patologías (Ros-Vivancos et al. Reference Ros-Vivancos, María González-Hernández, Sánchez-Payá, González-Torga and Portilla-Sogorb2018) y, en Latinoamérica, se vendía en casi todos los países como licor Fowler y se siguió usando hasta bien entrado el siglo XX. En 1910, el Nobel de Medicina y bacteriólogo alemán Paul Ehrlich, inspirado en el licor Fowler, crea lo que se conoce como el principio de la quimioterapia moderna, a base de un compuesto del arsénico que, en el momento, denominó como la “bala mágica” (Parascandola Reference Parascandola and Higby1997). El compuesto en cuestión, la arsefenamina, fue comercializado bajo el nombre de salvarsán (arsénico que salva). Se mostró efectivo contra el tratamiento de la sífilis y fue así utilizado hasta la introducción de antibióticos como la penicilina. Irónicamente, como hemos visto, también se discutían los riesgos de la exposición a los tóxicos como un factor que puede potenciar el cáncer.
A mediados del siglo XIX, comenzó a difundirse la idea de que, en la región de Estiria, en Austria, los habitantes consumían arsénico regularmente en pequeñas dosis para mejorar su condición y apariencia física. Muchos comentan sobre este hallazgo en los periódicos americanos. Algunos dudaban de su veracidad, como el artículo “Arsénico” (1919) de El Mundo Argentino, que desautoriza el estudio y, al explicar cómo los habitantes exageran la dosis, concluye jocosamente que hasta “los ratones austríacos tienen también el privilegio de no morir al impulso de este veneno”. El artículo “Comedores de arsénico”, que reseña este mismo evento mucho más tarde (1930) y también en Argentina, enumera los beneficios del arsénico, como la corpulencia, la suavidad, el brillo, la belleza y la frescura de la piel y del organismo. Este último explica que el consumo constante del tóxico “te hace inmune ante los terribles efectos del envenenamiento por este químico” (“Comedores de arsénico” 1920, 25). El caso específico de los austríacos dio pie a un debate que duró muchos años y que surgió, según Whorton (Reference Whorton2010, 271–272), por la publicación de un texto de Johann von Tschudi en el que declaró que, tras adoptar la arsenicofagia, una mujer había logrado un rostro con una tonalidad perfecta. Sin embargo, una vez que dejó la supervisión médica, ella fue aumentando la dosis y se volvió una víctima de vanidad. Como se observa en los ejemplos, la dosis se convierte en un tema clave en las discusiones sobre el tóxico. El filósofo contemporáneo Paul B. Preciado (Reference Preciado2008, 108) sintetiza y generaliza esta idea: “Todas las sustancias son venenos. La única diferencia entre un veneno y un medicamento es la dosis”.
Volviendo a la época y territorio de análisis, Rufino Blanco Fombona (Reference Blanco Fombona1915, 107), el polémico y pasional escritor venezolano, en el libro de crónicas La lámpara de Aladino, hace un apartado sobre el escritor francés Marcel Prevost en el que apela a la moderación, algo que él no solía practicar en su propia vida: “Las civilizaciones sin algo de barbarie parecen corromperse. La barbarie es la sal de las razas. Una dosis mínima de barbarie, como una dosis mínima de arsénico pueden dar salud y vigor, aunque el arsénico sea destructor para el organismo y la barbarie para las sociedades”.Footnote 14
Estamos de nuevo, como en el caso del cosmético, ante el debate de cómo dosificar el producto. Es posible trazar una serie de ofrecimientos comerciales que se jactan de no contener arsénico y que se posicionan, en ocasiones, como la respuesta a una demanda de los consumidores. En México, los periódicos se enorgullecen anunciando y reseñando las pastillas nacionales “contra la calentura, para adultos, sin arsénico” (El Tiempo, 1910). Los testimonios de lectores de la época dan cuenta de que los medicamentos homeopáticos ofrecen curas eficaces para quienes no quieren tomar arsénico (Guerrero Reference Guerrero1880, 4). A continuación, revisaré la posición contraria frente a la sustancia y el tratamiento, esta es, la de la administración del producto y, particularmente, de forma continua.
En Peregrinaciones de un alma triste de Manuela Gorriti (Reference Gorriti and Berg2006, 4), novela de 1876 dedicada a las damas de Buenos Aires, la protagonista, Laura, una joven de clase acomodada, sufre de tuberculosis. Ella acepta el diagnóstico, pero desconfía de la recomendación médica (nada dosificada) que sugería tomar “arsénico por la mañana, arsénico en la tarde, arsénico en la noche”. Berta, sin embargo, la protagonista del cuento de 1887 “El palacio del sol”, de Rubén Darío (Reference Darío1992, 109), no sufría necesariamente de tuberculosis, pero, en su paso de niña a mujer, padeció un mal con características parecidas y el doctor le receta “glóbulos de arseniato”, “hierro” y “duchas”. Al final, el narrador se pregunta retóricamente si la curó la madurez o el arsénico: “¡Madres de las muchachas anémicas! Os felicito por la victoria de los arseniatos e hipofosfitos del señor doctor. Pero, en verdad os digo: es preciso, en provecho de las lindas mejillas virginales, abrir la puerta de su jaula a vuestras avecitas encantadoras” (112).
El hierro y el arsénico se recetaban comúnmente juntos bajo la premisa de que mínimas cantidades de arsénico potenciaban la efectividad del hierro. Las pastillas depurativas de hierro mezcladas con arsénico, por ejemplo, aseguraban aliviar la anemia, tuberculosis, diabetes (Caras y caretas 1919, 74). La publicidad de la arsenoferratosa, una mezcla parecida a la anterior, llega al punto de comparar esta combinación con la llegada de Jesús al lecho del enfermo (El informador 1924, 5). La solución Fowler, junto con el hierro, prometía devolver el vigor, el apetito, curar problemas estomacales, así como también combatir la tuberculosis, la malaria o la sífilis. De hecho, en la novela venezolana “El hombre de hierro” (1907, 232), el doctor Tortícolis le prescribe a María diez gramos de licor de Fowler. En este caso, contraintuitivamente, la receta no es para Crispín, el marido impotente, a quien evidentemente le falta vigor y hierro, sino para su mujer adúltera deprimida y condenada a cuidar sola a un hijo hidrocefálico. Es decir, el arsénico también podría ser capaz tanto de aliviar las enfermedades mentales, expandiendo sus usos clínicos, como también operar como tecnología de control y disciplinamiento de las mujeres.
En este trabajo he recorrido algunos usos, esperanzas y peligros del arsénico en la vida cotidiana, la investigación científica, la prensa y la literatura a fines del siglo XIX y principios del siguiente en América Latina. Su flexibilidad resulta útil para explorar las contradicciones de una época signada por la necesidad de controlar, vigilar, blanquear y embellecer los cuerpos. El arsénico aparece como una sustancia omnipresente y paradojal: compone desde los cosméticos de la dama, bajo lemas de belleza y blancura, hasta el vehículo de un crimen por envenenamiento. Aparece también como una bala mágica, algo que puede dañar (como lo es una munición) y que a la vez promete la cura de lo que se consideraba incurable (e incluso la inmunidad absoluta). Entre la vida cotidiana, la naciente toxicología, a diferencia del optimismo cosmético y farmacológico, se mostraba insuficiente para determinar la cantidad, la presencia, los efectos y los riesgos de la sustancia.
Finalmente, el arsénico, como bala mágica, expone el problema de la dosificación, mientras su alcance parece extenderse, al menos en la literatura, hasta la posibilidad de usos psiquiátricos unidos a tecnologías de control sobre las mujeres, que hasta entonces solo eran cosméticos. Las expectativas sobre el arsénico, soportadas por su gran versatilidad, corren en paralelo con sus riesgos: la indeterminación de las dosis letales, sus posibles móviles y sus efectos. Estas promesas —compartidas con la Europa fin de siècle— adoptaron en América Latina una textura singular: el arsénico devino ingrediente de un proyecto de blanqueamiento nacional y un remedio-veneno omnipresente en una economía menos regulada, donde la frontera entre medicina, cosmética y crimen se difuminó aún más.