Hay al menos dos grandes fases de escritura de una historia de la sociología o de las ciencias sociales en América Latina. En la primera fase, en los años 1940 a 1960, los autores se dedicaron a legitimar una disciplina en auge, establecer una comprensión autoritativa de qué es la disciplina en cuestión y deslegitimar otras comprensiones. Se puede encontrar esta tendencia en muchos de los fundadores de la sociología latinoamericana, como Alfredo Poviña y Gino Germani en Argentina, Roberto MacLean y Estenós en Perú, Luis Bossano en Ecuador, José Medina Echaverría en México y otros más. Ellos escriben historias de la sociología en sus países o en América Latina, enfocados en establecer un canon y su posición en él. Es justo allí dónde se puede ver conflictos sobre qué debería de ser la sociología. Destaca la famosa polémica entre Poviña y Germani. Es notorio que casi todos estos textos son en español y que esta fase de la historiografía de la sociología latinoamericana se enfoca en el continente como parte de una historia universal. Y es llamativo que es seguida por una fase de falta de reflexión a nivel disciplinario que abarca, con pocas excepciones, los años 1970 a 2000. La segunda fase es más reciente y es conectada a la necesidad de definir qué es la sociología, ahora ya no desde una perspectiva normativa, sino desde una descriptiva. Este tipo de historia de la sociología en América Latina se enfoca en cómo se desarrollaron carreras de sociología, cuáles estudios hicieron los sociólogos y las sociólogas relevantes, cómo se relacionaron entre sí.Footnote 1 Comienza a principios del siglo XXI, marcado por profundos cambios en las ciencias sociales de la región. El trabajo pionero de autores como José Joaquín Brunner, Alejandro Blanco o Diego Pereyra preparó el camino a un interés más generalizado que permitió una multiplicidad de estudios. Lo llamativo de esta segunda fase es que la mayoría de los trabajos más largos se publican en inglés, aunque los autores sean latinoamericanos.
Dos libros de la década de los años 2010 preparan un tratamiento más profundo de la sociología latinoamericana, enfocado en cuestiones de difusión de ideas y teorías sociológicas. El libro más antiguo de esta selección es posiblemente el más ambicioso. Rodríguez Medina no solamente traza la recepción de la teoría de sistemas del sociólogo alemán Niklas Luhmann en México y Chile, sino propone una serie de instrumentos conceptuales para entender la difusión de teorías científicas como tal. Su trabajo sobre las tres generaciones de académicos involucrados en esta recepción ayuda a entender la improbable aceptación de la teoría luhmanniana en contextos particulares y el impacto de la relación asimétrica entre los países. La teoría de sistemas de Niklas Luhmann fue desarrollada en Alemania y es altamente abstracta. Parte de la descripción de la sociedad como un conjunto de sistemas de comunicación que se reproducen según reglas que ellos mismos definen. Su alto nivel de abstracción ha llevado muchas veces a que es considerada una teoría inútil para el contexto latinoamericana —o, simplemente, una teoría de derecha—. La primera generación son los pioneros que estudiaron en Alemania y difundieron la teoría y crearon cursos y maestrías sobre ella. La segunda generación es de académicos que intentan aplicar la teoría luhmanniana al contexto latinoamericano, ampliándola si necesario. La tercera generación es la más actual. Se compone de investigadores que combinan la teoría de sistemas con otras teorías, produciendo un acercamiento teórico propio que va más allá de la teoría original.
Paradójicamente, la poca accesibilidad intelectual de la teoría de Luhmann favoreció su difusión en estos dos países. En el contexto de la dictadura chilena, la imposibilidad de entenderla para un público laico permitió presentar la teoría como no-ideológica y escapar de esta forma tanto a la represión del estado como de un discurso marxista ya establecido. En México, Luhmann permitió llenar un vacío que había dejado la decadencia de las teorías marxistas y postmarxistas a principios de los años 1990. En ambos casos, el hecho que la teoría luhmanniana se presenta como interdisciplinaria, científica y omniabarcadora permitió atraer considerable atención. Un factor fundamental para los luhmannianos latinoamericanos es la lectura integral de básicamente todos los textos del autor en cuestión que crea una relación fuerte entre autor y lector, y que le da a este un conocimiento altamente especializado. Rodríguez Medina introduce la idea de una complejidad situada para ampliar los estudios de recepción. El foco en el contexto de adaptación local con sus circunstancias socio-materiales permite entender mejor qué pasa con una teoría cuando viaja a otro país. La conexión entre la textualidad y las practicas académicas o entre texto y contexto no es linear. La recepción de una teoría dada depende menos de la coherencia de sus ideas principales que del trabajo de exegesis de sus proponentes principales.
El libro compilado por Morcillo Laiz y Weisz representa otro acercamiento a la difusión de un clásico de la sociología, en este caso, Max Weber. Este libro de setecientos páginas consiste en cuatro partes. Las primeras dos partes discuten la obra completa de Weber y sus partes más relevantes. Incluyen una de las primeras traducciones al español de un texto de Friedrich Tenbruck (aunque no es la primera como dice en la introducción) y una traducción de un texto de Wolfgang Schluchter, un experto en Weber mundialmente reconocido. La tercera parte reúne aplicaciones de los conceptos clave —patrimonialismo, dominación, espíritu del capitalismo— de Weber al contexto latinoamericano. La cuarta parte es la más relevante en el contexto de esta reseña; se enfoca en la difusión de Weber en América Latina.
En la introducción, Morcillo Laiz y Weisz ofrecen un breve panorama de la difusión internacional de la obra de Weber, incluyendo las primeras traducciones y sus respectivos problemas. La pregunta fundamental para ellos es por qué existen importantes tradiciones weberianas e interpretaciones propias en EE.UU., con Parsons y Shils, y Alemania, con Tenbruck, pero no en América Latina. Particularmente la fortaleza de dos lecturas en la postguerra, una cientificista de inspiración estadounidense y una marxista, impidieron una mayor difusión de otras tradiciones sociológicas en el continente, como sería la weberiana. La difusión del pensamiento de Max Weber que sí hubo es explorada en el libro.
Los tres textos aquí relevantes de la cuarta parte del libro detallan las influencias weberianas que tuvieron las ciencias sociales latinoamericanas. El capítulo de Morcillo Laiz revisa el impacto de la fundación Rockefeller en las ciencias sociales latinoamericanas entre los años 1930 y 1970. Su foco es la difusión de dos interpretaciones dominantes en el estudio de las relaciones internacionales, la teoría de la modernización y la teoría realista.
Particularmente la teoría de la modernización tenía una fuerte influencia parsonsiana. Sobre todo, en Argentina y a través de la figura de Gino Germani, la lectura estructural-funcionalista estadounidense de Weber se impuso, marginalizando interpretaciones anteriores, derivadas de traducciones e interpretaciones de España. La identificación con esta teoría ayudó a una fracción de los sociólogos argentinos imponerse contra el grupo dominante hasta este momento, alrededor de Alfredo Poviña. El considerable apoyo económico por la fundación Rockefeller y otras fundaciones posibilitó una serie de investigaciones importantes que permitieron una breve hegemonía de una sociología científica con foco empírico. En México, la persona de José Medina Echavarría se ofrecía como introductor ideal de Weber en la sociología local. Refugiado de la Guerra Civil Española, Medina ya tenía una carrera de sociólogo, incluido una estancia en Alemania, y se convirtió en primer traductor de Economía y sociedad al español.Footnote 2 No obstante, a principios de los años 1940, la fundación Rockefeller no tuvo interés en apoyar a las ciencias sociales en América Latina, por considerarlas de muy bajo nivel. Prefirió apoyar a la historia en la persona de Daniel Cosío en el Colegio de México. Medina salió del país y las generaciones posteriores perdieron el interés en Weber. Paradójicamente, las traducciones de Weber hechas en América Latina llevaron a un cierto interés en este autor en España, mediado por una lectura schmittiana.
La contribución de Morales Martín se enfoca en la recepción de Weber en el Cono Sur. Durante las primeras décadas del siglo XX, hubo un considerable interés por la filosofía y sociología alemana, sobre todo, aquellos sociólogos de la entreguerra hoy día olvidados como Hans Freyer y Alfred Vierkandt. Un factor fundamental en ello fue la Revista de Occidente de José Ortega y Gasset. Pero fueron sobre todo los exiliados españoles durante la Guerra Civil que en los años 1940 llevaron a una difusión del pensamiento weberiano en el Cono Sur, articulada a la Revista Mexicana de Sociología. Particularmente el Instituto de Sociología de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires jugó el rol de nodo y punto de contacto entre académicos y llevó así a un mayor debate alrededor de Max Weber. En este contexto, hay una primera recepción del weberianismo de Talcott Parsons, pocos años después de que se publicara The Structure of Social Action en 1937.Footnote 3 Así estaba preparado el terreno para la discusión sobre Weber entre Gino Germani y Alfredo Poviña en los años 1950 y 1960.Footnote 4 Particularmente la integración de Weber en una concepción empírica y modernizante de la sociología por Germani limitó al impacto de estos tempranos debates en América Latina. Es más bien la historia de nomadismo académico de uno de los refugiados españoles, José Medina Echavarría, que lleva a la teoría weberiana en los años 1950 a Chile y a otros acercamientos de las ciencias sociales. Medina, que había vivido en México antes, influyó a sus colaboradores en la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), como Enzo Faletto y Fernando Henrique Cardoso.
El capítulo de Glaucia Villas Bôas presenta un resumen de la historia de traducciones de las obras de Max Weber. Mientras que las primeras traducciones al inglés datan de los años 1930 y las primeras al español de los años 1940, es recién a partir de los años 1960 que hay traducciones de Weber al portugués. No obstante, ya desde los años 1930 tardíos existen referencias a Max Weber en publicaciones sociológicas del Brasil. En este contexto, Weber tiene una posición secundaria en relación con otros autores alemanes como Georg Simmel, Ferdinand Tönnies, Werner Sombart y Leopold von Wiese. Un rol importante en la difusión de la sociología alemana jugaba Emilio Willems, un emigrante alemán que en los años 1920 había estudiado con los sociólogos más relevantes de Alemania y en 1931 se mudó a Brasil. Fue co-fundador de la influyente revista Sociologias que bajo su dirección entre 1939 y 1952 se orientó a una sociología basada en Karl Mannheim, Simmel y Marx. En los años 1940, la sociología weberiana influye al trabajo de Florestan Fernandes y Alberto Guerreiro Ramos, dos de los sociólogos más relevantes en las siguientes décadas. Aun así, su pensamiento en este tiempo se guía más por las influencias de Mannheim y Freyer que, desde perspectivas muy diferentes, abogaban por una intervención sociológica en la sociedad. Recién a fines de los 1950, Fernandes comienza a discutir más directamente con la teoría weberiana, particularmente la función de los tipos ideales. Fue tutor de doctorado del primer trabajo propiamente weberiano de la sociología brasileña, de Maria Sylvia de Carvalho Franco, defendida en 1964.Footnote 5
Estos y otros trabajos pioneros contemporáneos prepararon el terreno para los estudios más a fondo en libros monográficos en inglés. Fundamental en ello son las series de libros Classic and Contemporary Latin American Social Theory de Routledge, editado por Adrian Scribano y Emily Briggs, que desde 2023 publica libros bio-bibliográficos sobre pensadores de la teoría social latinoamericana, y Sociology Transformed de Palgrave Macmillan, editado por John Holmwood y Stephen Turner, que desde el 2014 publica breves historias de las sociologías nacionales, con un foco en el tiempo después de la segunda guerra mundial. Esta última serie tiene libros sobre las sociologías de los países de América Latina desde 2019.
Brasil
Domingos Cordeiro y Neri ofrecen en su libro un panorama bastante completo sobre la sociología brasileña, incluyendo las personas involucradas, las instituciones creadas, las teorías aplicadas y los temas de investigación más importantes. Destacan particularidades históricas como el hecho que nunca existieron carreas de pregrado en sociología en el país. Estudiantes interesados optan por un pregrado en ciencias sociales para especializarse en el posgrado en sociología. Desde su comienzo, la sociología brasileña trabajó estrechamente con teorías del Norte Global, particularmente, de Francia y Estados Unidos, aplicadas para entender la realidad nacional. Los autores excluyen explícitamente los debates que definen al Brasil de fines de siglo XIX y comienzos del siglo XX sobre el positivismo de Auguste Comte, Herbert Spencer, Cesare Lombroso y Ernst Haeckel por carecer de base empírica, aunque destacan su importancia política. Era más bien un grupo de jóvenes intelectuales que durante estos años pusieron los fundamentos de lo que iba a convertirse en la sociología brasileña. Usaron referencias a Spencer o Jean-Baptiste Lamarck para entender la realidad local de forma crítica. Algunos de ellos estaban articulados a las escuelas de derecho de las universidades del país, pero su estilo narrativo les dio una difusión mucho más amplia. Fue solo con Gilberto Freyre a partir de los años 1920 que esta tendencia comenzó a usar teorías más actuales e incluir datos empíricos más sistemáticos. Su libro Casa-grande & senzala, publicado en 1933, marcó la idea de una democracia racial en Brasil.
A partir de los años 1920 hay debates más coherentes sobre la sociología en cuanto disciplina académica, llevando a la creación de la revista Sociologia y la publicación de los primeros libros sociológicos en los años 1930. En esta década surgen los primeros institutos y escuelas que incluyen cursos de sociología en São Paulo y Rio de Janeiro. La importante presencia de académicos extranjeros, particularmente de Francia, facilitó este desarrollo. Donald Pierson de la Universidad de Chicago fue un primer pionero que intentó profesionalizar la sociología en el país. Él introdujo los estudios de comunidad típicos de la Escuela de Chicago. La Escuela Libre de Sociología y Ciencias Políticas (ESP), enfocada en la investigación y apoyada por la Fundación Rockefeller, y la Facultad de Filosofía, Ciencias y Lenguas de la Universidad de São Paulo (USP), con foco en desarrollo académico, buscaron remediar los problemas de organización interna de esta ciudad que se hizo aparente en la revolución brasileña de 1930, en la cual São Paulo perdió. En los años 1940, la importancia se movió de la ESP a la USP, donde las dos cátedras de sociología estaban ocupadas al comienzo por académicos franceses. Fernando de Azevedo se convirtió en el primer sociólogo profesional brasileño cuando ocupó una de estas dos cátedras desde fines de los años 1930. En conjunto con el otro catedrático de sociología, Roger Bastide, Emílio Willems, catedrático de antropología y algunos otros, formaron en los años 1940 lo que se conoce como Escuela de Sociología de São Paulo. En 1954, Florestan Fernandes asume la cátedra de Bastide y forma un equipo de investigación fuerte que incluye, entre otros, Fernando Henrique Cardoso y Octavio Ianni. Con ello, primero se establece una sociología que sigue a Mannheim y su sociología del conocimiento en São Paulo y pocos años después, una sociología marxista. Este equipo ya estaba colaborando en un proyecto financiado por UNESCO entre 1949 y 1951 que demostró que la teoría de Freyre de una democracia racial no explicaba la realidad social.
El golpe militar de 1964 cambió el panorama. Al principio, la dictadura permitió relativa libertad, incluyendo una reforma para superar al sistema de cátedras y crear posiciones permanentes para todos los profesores. Eso cambió en 1968, llevando a la jubilación forzada de Fernandes y Cardoso y a una movida de los sociólogos hacia instituciones privadas de investigación. Al mismo tiempo, muchos sociólogos se integraron a CEPAL, llevando a una expansión de la teoría de dependencia. Las limitaciones temáticas relacionadas y el fin de lo atractivo del marxismo con el fracaso de la Unión Soviética fueron un factor para que la sociología perdiera su protagonismo en favor de las ciencias políticas. Desde fines de los 1990, la sociología brasileña se diversificó considerablemente.
El libro tiene la fortaleza de combinar una historia de las instituciones y personas con profundas revisiones de los trabajos más importantes. Demuestra que la sociología brasileña tiene una fuerte tradición de usar las teorías globales para explicar fenómenos locales, en lugar de procurar una ortodoxia teórica. De la amplia diversidad de temas de estudio, destaca el foco en violencia y desviación social, donde Brasil se encuentra en la vanguardia a nivel internacional.
Esta historia se puede complementar con el libro de Merkel que indaga en el rol de jóvenes académicos franceses que entre los años 1930 y los años 1950 tuvieron un fuerte impacto en el desarrollo de las ciencias sociales en Brasil. Particularmente la Universidad de São Paulo, creada como la primera universidad completa del país en 1934, reclutó sistemáticamente a académicos extranjeros. Entre 1934 y 1945, un total de treinta y siete profesores franceses estuvieron activos en esta universidad. Eso fue facilitado por el hecho que francés fue la lengua de instrucción en este momento. Por lo tanto, la mayoría de ellos pudo dar sus cursos en francés. Recién con el golpe de estado de 1964, se da un cambio fundamental que lleva a una pérdida de la influencia francesa en favor de una estadounidense. La estrecha conexión entre la academia brasileña y la francesa se basó no solamente en la colaboración entre agencias estatales de estos dos países, sino también en el rol de pioneros como el psicólogo George Dumas que ya desde 1912 introduce a la teoría social francesa en Brasil y después se encarga del reclutamiento de jóvenes académicos franceses para el país. Los académicos franceses, aún no establecidos en la universidad de su país, aprovecharon su estancia para introducir nuevas teorías y metodologías y experimentar con ellas. Este acercamiento interdisciplinario entre geografía, sociología o antropología cultural e historia pretendió romper con la hegemonía de la escuela durkheimiana. Para ello, la idea de la coexistencia de diferentes tiempos históricos fue fundamental. Personas influyentes de este grupo fueron Claude Lévi-Strauss y Fernand Braudel. Mientras que estos dos volvieron a Francia después de poco tiempo, otros, como Pierre Monbeig y Roger Bastide se quedaron hasta los años 1940 tardíos. Particularmente este último tuvo un fuerte impacto en las ciencias sociales brasileñas: tuvo cercanía intelectual con Gilberto Freyre y fue profesor y después jefe de Florestan Fernandes. Los profesores franceses formaron a sus propios sucesores y, en el caso de Bastide con el proyecto de la UNESCO sobre la democracia racial en Brasil, llevaron a una sociología empírica con perspectiva crítica. El libro de Merkel ayuda a entender la primera fase de las ciencias sociales en Brasil y el intercambio de ideas, métodos y teorías con Francia que definió su desarrollo posterior. Pero su enfoque es más sobre los impactos que este intercambio tuvo en las ciencias sociales francesas, algo que está fuera del interés de esta reseña.
El libro de Costa y Soares revisa el rol particular de uno de los sociólogos más influyentes del Brasil, Florestan Fernandes. Basado en un amplio material de archivo, incluyendo textos no editados, trazan el “estilo lumpen de pensamiento” (3) y la “sociología crítica y militante” (4), característicos de Fernandes. Esta perspectiva particular se nutre del origen social proletario de Fernandes, en este momento único y hasta hoy excepcional entre los académicos brasileños. Desde los años 1940 tempranos fue primero estudiante y asistente de Bastide y Fernando de Azevedo y desde 1954 catedrático de sociología en la Universidad de São Paulo. De Bastide heredó su interés por la etnicidad y la situación de vida de la población afrobrasileña. Su posgrado en la Escuela Libre le dio acceso a la tradición sociológica norteamericana, más allá de la francesa dominante en la USP. Esta diversidad de influencias teóricas, combinada con su interés por la realidad local y cómo los actores hacen sentido de ella, lo convirtió en un central traductor de ideas entre Brasil y el resto del mundo. La persecución a académicos críticos durante la dictadura lo alejó de la academia de Brasil y le llevó a una estancia en Canadá. Mientras que ello no terminó con la producción sociológica de Fernandes, movió a la sociología brasileña a otra dirección, menos crítica y políticamente comprometida. Una fortaleza de este libro es que resalta el activismo político de Fernandes dentro y fuera de la universidad y cómo se relaciona con su trabajo académico. Pero tiene la debilidad de muchos trabajos biográficos: presenta a Fernandes de forma acrítica como un ídolo a seguir sin contextualizarlo o representar los debates de la época adecuadamente. Eso incluye especulaciones sin suficiente apoyo empírico. Capítulos completos del libro, como el capítulo 8, son poco más que resúmenes de los trabajos de Fernandes. No obstante, el amplio material que nutre a este libro lo hacen una fuente importante para cualquiera que se interese en la sociología brasileña.
Estos tres libros, en conjunto con un libro actual sobre el antropólogo Darcy RibeiroFootnote 6 y textos más cortos, convierten a las ciencias sociales brasileñas en las más estudiadas en los últimos años.
México
La historia de las ciencias sociales mexicanas es bastante estudiada; también está presente en los libros de Morcillo Laiz y Weisz y Rodríguez Medina. De hecho, una de las autoras del libro sobre Max Weber en Iberoamérica, Gina Zabludovsky, también ofrece una historia condensada de la sociología en México. Como Brasil, México fue hasta comienzos del siglo XX fuertemente marcado por un pensamiento positivista en las líneas de primero Comte y después Spencer. Es particularmente este último que influyó en la primera sociología mexicana y la llevó a producir una serie de textos que presentaron una interpretación organicista de la historia del país.
En el contexto de la Revolución Mexicana de 1910, integrantes del Ateneo de la Juventud Mexicana como Antonio Caso introdujeron una sociología anti-positivista que intentaba romper con la tradición comtiana y spenceriana. Aun así, la sociología mexicana estaba marginalizada por la antropología, con importantes investigadores como Manuel Gamio y mayores recursos. Esta situación cambia con el apoyo del gobierno de México a la España republicana en la Guerra Civil y la llegada de académicos españoles refugiados después de la victoria del fascismo en 1939. Ello conllevó la creación o el fortalecimiento de institutos como el Colegio de México y la editorial Fondo de Cultura Económica (FCE). Particularmente José Medina Echavarría introdujo nuevas influencias como Durkheim, Simmel, Tönnies y Weber. Pero no pudo imponer su proyecto de profundizar la teoría sociológica contra el secretario general del Colegio de México, Daniel Cosío Villegas, interesado en investigaciones más aplicadas, y el sociólogo Lucio Mendieta y Núñez de la Universidad Nacional Autónoma de México. También fracasó el primer intento, liderado por él, de instalar un posgrado en sociología por falta de estudiantes. Mendieta, en cambio, logró avanzar la institucionalización de la sociología mexicana con la Revista Mexicana de Sociología en 1939 y, en los años 1950, la creación de la Asociación Mexicana de Sociología. De esta manera, pudo definir el camino de la sociología mexicana durante varias décadas. También pudo implementar una escuela de ciencias sociales en la UNAM donde trabajó Pablo González Casanova, quien iba a marcar la historia de la sociología mexicana desde los años 1960.Footnote 7 Durante el mismo tiempo se establece Rodolfo Stavenhagen como otro referente fundamental en las ciencias sociales mexicanas.
En los años 1970, la academia mexicana pudo beneficiarse de los refugiados de los países autoritarios de la región. Así llegan en 1972, Agustín Cueva de Ecuador y René Zavaleta de Bolivia. Zavaleta se convirtió en el primer director de FLACSO México, después de que FLACSO tuvo que salir de la Chile de Pinochet. En esta década, carreras de sociología comienzan en muchas universidades del país. Como en otros países de la región, fue solo con la caída del muro de Berlín que la hegemonía marxista, instalada desde fines de los años 1960, termina y da lugar a una diversidad de acercamientos teóricos.
Zabludovsky ofrece una revisión bastante completa de la sociología en México que carece de una perspectiva clara. No trata ni de la construcción de escuelas de pensamiento (o de enseñanza) ni de los grandes hombres y mujeres de la sociología. El resultado es un pastiche fascinante de caminos no tomados, pioneros olvidados y aspectos destacados de lo que se convertiría en la sociología dominante en México. El libro tiene una mezcla entre textos relevantes de investigadores mexicanos y una selección aleatoria de textos de extranjeros sobre México, definida por un enfoque en revistas académicas y editoriales. Lamentablemente, la repetida mala ortografía de los nombres de autores relevantes (René König, Ralf Dahrendorf, etcétera) es —más que una molestia— una señal de que la autora desconoce las referencias utilizadas por los sociólogos que estudia. Ello no impide que de una idea de las tendencias globales y regionales, por ejemplo, el flujo de sociólogos exiliados a México o el papel regional de las revistas académicas mexicanas.
Chile
Las ciencias sociales chilenas se caracterizan por un alto grado de autorreflexión que se expresa en una serie considerable de artículos y capítulos a lo largo de las últimas décadas. Una parte de esta autorreflexión ya fue discutida en la revisión de los libros de Morcillo Laiz y Weisz y Rodríguez Medina. También en este caso, uno de los autores del libro sobre la sociología en Chile, Juan Jesús Morales Martín, ya participó en el libro sobre Max Weber en Iberoamérica.
El libro que escribe junto a Gómez de Benito ofrece una revisión bastante completa y conceptualmente avanzada de la sociología en Chile. Trazan la introducción de ideas sociológicas en las universidades a partir de fines del siglo XIX, aún en forma abstracta y sin levantamiento de datos empíricos, en la forma de una “sociología de sillón” de estilo ensayista. La depresión económica de los años 1930 y la presidencia de Pedro Aguirre Cerda llevó a una modernización del estado y la necesidad de un conocimiento social empírico y de expertas que lo puedan producir. Ello llevó a la creación del Instituto de Investigación Sociológica en la Universidad de Chile, en 1946 y, poco más tarde, al desarrollo de la sociología científica alrededor de la persona de Eduardo Hamuy. Fue en esta época que el instituto mandó a jóvenes investigadores a estudiar sociología en el Norte Global y formó personas tan influyentes como Osvaldo Sepúlveda o Enzo Faletto.
Al mismo tiempo, se creó la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe) con sede en Santiago de Chile. Bajo la dirección de Raúl Prebisch se convirtió en un núcleo de debates de ciencias sociales que pusieron en contacto intelectuales extranjeros como Celso Furtado con intelectuales chilenos como Osvaldo Sunkel y Aníbal Pinto. Para la sociología fue de particular relevancia la figura de José Medina Echavarría quien, después de un tiempo en México y Costa Rica y traduciendo algunos de los clásicos sociológicos, entró en 1952 en la CEPAL donde creó la división de estudios sociales. La fundación de la FLACSO (Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales) por la UNESCO en 1957 fortaleció este camino, creando uno de los primeros postgrados en ciencias sociales en América Latina. También fortaleció los intercambios internacionales, particularmente con Francia.
En 1958, las primeras carreras de pregrado en sociología fueron creadas en la Universidad de Chile, alrededor de Hamuy, y la Universidad Católica de Chile, alrededor del jesuita belga Roger Vekemans. Ambas carreras recibieron apoyo de profesores de CEPAL y FLACSO. Particularmente la última carrera estaba enfocada en la cuestión social desde la perspectiva de la iglesia católica. La creación de ILPES (Instituto Latinoamericano y del Caribe de Planificación Económica y Social) como parte de CEPAL en 1962 complementa un panorama vivo de ciencias sociales condensado en Santiago de Chile que atrajo intelectuales como Fernando H. Cardoso, Edelberto Torres Ribas, Aníbal Quijano,Footnote 8 Aldo Solari, André Gunder Frank y otros más. En este entorno, se dio un fructífero debate sobre las particularidades del desarrollo en América Latina, llevando a la teoría de dependencia.Footnote 9 La posición de la sociología marxista fue fortalecida por el escándalo alrededor del programa Camelot en 1965, llevando a una profunda desconfianza hacia los Estados Unidos y sus organizaciones.
Ello cambió radicalmente con el golpe de estado de Pinochet en 1973. Las ciencias sociales fueron perseguidas, tener lo que el régimen consideró literatura marxista se convirtió en un crimen y muchos científicos sociales tuvieron que huir del país (más de 600 solo en el primer año) – o terminaron asesinados. México recibió a muchos de los refugiados y se convirtió en el nuevo centro de las ciencias sociales en América Latina. La debilitada sociología cambió su identidad, dejando atrás al marxismo y la teoría de la dependencia en favor de un perfil más claramente profesional, en constante búsqueda de fondos y enfocada en publicar artículos en revistas de prestigio. Eso incluye una movida a institutos privados de investigación con fondos internacionales y un auge de las encuestas masivas. FLACSO, debilitada y temporalmente cerrada, se convirtió en un factor de estabilidad en estos cambios drásticos, ofreciendo una relativa libertad para profesores y clases adicionales para los estudiantes de las universidades en Santiago de Chile. Con el retorno a la democracia a partir de 1990, los científicos sociales volvieron a las universidades, llevando a una crisis de los institutos privados. También ocuparon posiciones importantes en el primer gobierno democrático. Los temas de investigación se diversificaron y otros referentes teóricos, como Pierre Bourdieu, Anthony Giddens o Luhmann, fueron adaptados.
El libro ofrece un buen panorama sobre las ciencias sociales chilenas. Eso es particularmente valioso porque incluye a muchos de los grandes nombres de las respectivas disciplinas. Aun así, y especialmente en los capítulos más contemporáneos, opta por largas listas de publicaciones sin adecuada contextualización.
Argentina
Las ciencias sociales argentinas cuentan entre las más estudiados. Más allá de las menciones de ellas en los libros aquí revisados, particularmente el sobre Weber en Iberoamérica, existen muchos trabajos más cortos. El libro de Blois sobre la sociología en Argentina es una culminación de este largo debate, y figura entre los mejores libros en esta reseña. Como en los otros países, el desarrollo de la sociología argentina está marcado por interrupciones e intervenciones de actores externos, particularmente, del estado. Basándose en Bourdieu, Blois hace un análisis del campo sociológico y de los factores exógenos que influyen en él, cercano a la propuesta de Rodríguez Medina. Su foco es la carrera de sociología en la Universidad de Buenos Aires (UBA), creada en 1957; la más grande del país.
La primera cátedra de sociología en Argentina se crea en la UBA en 1897. Pero fue recién en los años 1920 con Ricardo Levene que la sociología comenzó a profesionalizarse con la fundación de un instituto de investigación y una revista académica, Boletín del Instituto de Sociología. Gino Germani fue su asistente (sin paga, como se acostumbra en la universidad argentina) y se dejó inspirar por los contactos con la sociología norteamericana que Levene tenía, más que por las preferencias de este por la sociología francesa.Footnote 10 Pero fue recién con la caída del peronismo en 1955 que se supera la teoría social conservadora en favor de una sociología empírica. Es a partir de este momento que Germani se convierte en pionero de una sociología que intenta explicar la realidad social, conectándose con tendencias simultáneas en otros países. Su estrategia era de presentar a la sociología como ciencia que permite una intervención social, el enfoque central fue, por lo tanto, el desarrollo. Este proceso fue apoyado por fundaciones internacionales, pero no trajo al éxito esperado. Eso llevó a un mayor peso de una sociología más teórica de los sociólogos de cátedra alrededor de Alfredo Poviña. Al mismo tiempo, se dieron cambios políticos que llevaron a los estudiantes a rechazar a la propuesta de Germani. Los sociólogos científicos se movieron a institutos fuera de la universidad, como el Torcuato Di Tella. En 1966, Germani salió del país y comenzó a trabajar en la Universidad de Harvard.
El golpe de estado del mismo año llevó a un cambio fundamental que paradójicamente resultó en la instalación de las cátedras nacionales, sociólogos con fuerte interés político que se identificaron con las teorías revolucionarias de la época. Su poca formación académica formal y su clara alineación con un peronismo de izquierda se tradujeron en problemas en establecerse en la academia y, después de la muerte de Perón en 1974, en una abierta persecución. Se desarrolló una tercera opción, la sociología marxista que intentaba combinar el compromiso político con la investigación empírica. Un representante de esta tendencia fue José Nun que se dio a conocer con un proyecto sobre la marginalidad en 1968.Footnote 11
El golpe militar de 1976 terminó con la sociología políticamente comprometida y redujo considerablemente el número de estudiantes en esta materia. Paradójicamente, la persecución llevó a que la investigación sociológica en Argentina reciba más fondos internacionales. Aun así, el interés se había movido desde la sociología hacia las ciencias políticas. Los problemas económicos del primer gobierno democrático en los años 1980 complicaron la situación general de las universidades en el país. Fue recién en los años 1990 que se estabilizó el programa de sociología en la UBA, en el contexto de una convivencia entre las tres tendencias sociológicas. Se constituyó una fuerte investigación sobre la transición democrática, liderada por Nun, que se nutrió de los debates del momento, integrando ideas de Jürgen Habermas, Luhmann, Alain Touraine o Norberto Bobbio. La relativa estabilización económica en los años 2000 dio lugar a una institucionalización de la investigación sociológica.
Colombia
La sociología colombiana es una de las más antiguas en América Latina. El libro de Aldana Cedeño hace una revisión de ella. Y, de hecho, ya en los años 1880 aparece la primera cátedra de sociología “de la nación” a cargo de Salvador Camacho Roldán. Igualmente, la sociología colombiana es relativamente temprana en profesionalizarse con la Escuela Normal Superior, fundada en 1935, y el Instituto Etnológico Nacional, fundado en 1941, en conjunto con otras instituciones. Fue allá donde futuros pioneros como Orlando Fals Borda estudiaron. Una serie de misiones con fondos extranjeros difundieron la sociología como disciplina académica, particularmente durante los años 1950.
En 1959 aparecen las primeras carreras de sociología, en tres universidades de Bogotá y Medellín. Se basaron tanto en sociólogos de otros países como en colombianos que habían estudiado sociología fuera del país. La predominancia de los Estados Unidos en estos intercambios llevó a que la sociología colombiana de esta época sea fuertemente influenciada por la sociología estadounidense y el estructural-funcionalismo. La concepción de la sociología fue la de un conocimiento experto para especialistas en políticas públicas. Se concentró en sociología urbana y rural, inspirada en la búsqueda por una transformación social. El punto de culminación de esta primera sociología profesional puede haber sido el séptimo congreso de la Asociación Latinoamericana de Sociología (ALAS) en Bogotá, en 1964, organizado por Fals Borda y Camilo Torres y con participación de sociólogos tan conocidos como Pablo González Casanova, Quijano, Aldo Solari, François Houtart y Talcott Parsons. Ya en este momento, se muestra una particularidad de la sociología colombiana: la fuerte importancia de la Iglesia católica que la impregna de un interés por la reforma social y el alivio de la pobreza. En el mismo año comienza el primer posgrado en sociología, el Programa Latinoamericano de Estudios para el Desarrollo en la Universidad Nacional de Colombia. También se publican investigaciones claves por la sociología colombiana como La familia en Colombia de Virginia Gutiérrez de Pineda (1963) y La violencia en Colombia de Orlando Fals Borda, Germán Guzmán Campos y Eduardo Umaña Luna.
La segunda mitad de los años 1960 es marcada por un acercamiento más macrosociológico y la apertura de otros programas de sociología. Particularmente la UNC se mueve más hacia una sociología políticamente comprometida con una fuerte influencia marxista. En los años 1980, el rol de las ONGs se vuelve más importante y los intereses de investigación se diversifican, aunque se mantiene un foco importante sobre la violencia política en Colombia.
Mientras que este libro es fascinante y resalta una historia de la sociología importante, la amplia explicación de la historia política y económica no siempre aporta a una comprensión de la misma. Lleva más bien a una tendencia de quedarse en hechos generales superficiales, en lugar de profundizar en las diferentes tradiciones sociológicas.
Bolivia
El libro sobre la sociología en Bolivia es producto de un seminario llevado a cabo en abril de 2018. Consiste de transcripciones de las diferentes participaciones y los debates posteriores. Estas circunstancias hacen que las contribuciones sean poco sistemáticas y más enfocadas en la situación actual que la historia de la sociología boliviana. Roberto Vargas Gámez, de Santa Cruz, destaca la importancia de la investigación aplicada, particularmente por los fondos disponibles desde el estado. George Komadina Rimassa presenta reflexiones más profundas. Según él, se movió el interés de la sociología boliviana desde los movimientos sociales hacia reflexiones sobre el estado y sus particularidades en Bolivia a partir de 2005. Este enfoque es complementado por estudios sobre temas como la violencia, los cambios en la estructura de clase, el género y el feminismo y la urbanización. Ello corresponde a una creciente fragmentación y especialización de la sociología con una base metodológica casi exclusivamente cualitativa. Confirma la importancia del estado -y la perdida de relevancia de las ONGs-, pero resalta la cooptación inherente en ello que llega hasta la aceptación acrítica de conceptos. Ello se vuelve problemático cuando la posición ideológica del investigador o de la investigadora no es hecho transparente en su trabajo. La contribución de Silvia Rivera Cusicanqui se nutre de su experiencia de treinta y cinco años como docente titular. Combina interesantes elementos del desarrollo de la sociología boliviana con su trayectoria personal. Recuenta la fundación de la sociología en la Universidad de San Marcos en 1970 y el rol de Mauricio Lefebvre en ella, así como la influencia teórica de Charles Wright Mills, Robert K. Merton y Mannheim en el desarrollo de una disciplina comprometida con los barrios pobres. Hace un llamado a volver a entrar en un diálogo con los supuestos objetos de estudio, entendiéndoles como sujetos de conocimiento. Eso permitiría superar la separación entre lo empírico y lo abstracto. En el posterior debate, ella llama la atención sobre los problemas de una aceptación de conceptos teóricos ajenos sin adecuada reflexión sobre la realidad a la que se refieren. Adicionalmente, hay que entender que los sujetos de estudio producen su propia teoría que debe entrar en diálogo con las teorías sociológicas reconocidas. El texto de Máximo Quisbert ofrece un panorama sobre los institutos más relevantes y sus investigaciones en la Bolivia actual. Destaca el vivo debate sobre los jóvenes en sus diversos aspectos y las investigaciones sobre plurinacionalidad e interculturalidad. A diferencia de los otros textos, cuenta con una extensa bibliografía que permite orientarse en la producción sociológica boliviana. La contribución de Farit Rojas Tudela recuenta la historia de la sociología boliviana a través de sus publicaciones más notables.
Otros países del continente, como Perú o Ecuador, están lentamente integrándose en este amplio debate sobre la historia de las ciencias sociales.Footnote 12
¿Hacia una nueva fase de autorreflexión sociológica en América Latina?
Esta revisión de publicaciones actuales sobre la historia de las ciencias sociales en América Latina confirma una serie de experiencias comunes, y detalla las diferencias. En todos los países, la sociología temprana estuvo en manos de personas sin formación disciplinaria, generalmente, abogados. Esta primera sociología se dedicó a una reflexión sobre su sociedad siguiendo a los teóricos de la época como Comte, Spencer o Gabriel Tarde y basándose en datos históricos más bien generales. Por lo tanto, no fueron tan diferentes de los fundadores de la sociología europea, sobre todo, los alemanes. Un rol particular en ello juegan los inmigrantes: los refugiados españoles en México, Germani como refugiado italiano en Argentina, o las misiones francesas en Brasil, llevando a un salto de modernización a partir de los años 1930 y un empuje hacia una sociología con fundamento empírico más claro y unas influencias teóricas más actualizadas.
Los años 1950 y 1960 son marcadas por una profesionalización de la sociología en todo el continente. Los primeros profesores con formación disciplinar asumen sus cátedras, las primeras carreras son creadas. Esto se apoyó en soporte financiero y técnico de Estados Unidos, particularmente la Fundación Ford y la Alianza para el Progreso. La creciente politización durante los años 1960 en conjunto con el escándalo del proyecto Camelot causó una movida hacia una sociología crítica de inspiración marxista.
Con las dictaduras del Cono Sur en los años 1970, la sociología crítica fue perseguida y se mudó a México y —en menor medida— a otros países de la región. Durante esta época se profesionalizaron las ciencias sociales según el modelo estadounidense: posgrados y doctorados se convirtieron en requisitos para ser docente, la publicación de artículos en revistas de alto prestigio comenzó a ser exigencia, los temas de investigación se fueron especializando y fragmentando y se abrieron campos de trabajo fuera de la universidad.
Los libros revisados en esta reseña, en conjunto a otros libros que están saliendo en el momento, permiten profundizar esta escueta historia, revisar las interconexiones e indagar en particularidades nacionales. Puede que indiquen el comienzo de una sociología reflexiva en América Latina. Aun así, esta nueva sociología reflexiva sigue fragmentada. Es llamativo que apenas hay intentos de una revisión holística de las ciencias sociales en América Latina —casi todos los trabajos se dedican a una persona, una teoría o un país en particular—. Lo que falta para completar el esfuerzo de los últimos años y —posiblemente— llevarlo a un nuevo nivel es un estudio que trace las líneas de conexión en el continente.