Hostname: page-component-699b5d5946-24ph4 Total loading time: 0 Render date: 2026-03-06T10:55:55.789Z Has data issue: false hasContentIssue false

Historizar las clases medias en América Latina: Claves interseccionales

Published online by Cambridge University Press:  06 March 2026

Ricardo López-Pedreros*
Affiliation:
Western Washington University, Bellingham, Washington, USA
Mara Viveros-Vigoya
Affiliation:
Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, Colombia
*
Corresponding author: Ricardo López-Pedreros; Email: lopeza6@wwu.edu
Rights & Permissions [Opens in a new window]

Resumen

Esta conversación surge de una frustración compartida por una antropóloga y un historiador a propósito de la reacción de muchos científicos sociales ante su interés por estudiar las clases medias en América Latina. En ella proponemos explorar cómo el estudio de las clases medias y el uso de esta categoría como constructo histórico proporciona una perspectiva enriquecedora para comprender las múltiples y diversas formas de poder y dominación en la región, desafiando ciertas interpretaciones hegemónicas. Se proponen, además, tres ejes temáticos de discusión: lo político y coyuntural, lo historiográfico-metodológico y lo histórico político. Estos ejes permiten anudar puntos cruciales de conexión entre el estudio histórico de las clases medias y un análisis crítico interdisciplinario e interseccional sobre procesos históricos más amplios.

Abstract

Abstract

This conversation emerged from a frustration shared by an anthropologist and a historian regarding the naturalized reflex that many social scientists reveal when discussing the middle classes in Latin America as a research topic. In this conversa, we propose exploring how the study of the middle classes and the use of this category as a historical construct provides a fruitful perspective for understanding the multiple and diverse forms of power and domination, challenging certain hegemonic interpretations. We elaborate three main problematizations for discussion: the personal as a political conjuncture, to see why the middle classes became a research interest for us; a historiographical-methodological approach as a possibility for rethinking the binary understanding of power in the region; and the historical-political as a way to include intersectional, relational, and interdisciplinary methodologies to understand the formation of the middle classes as part of larger historical processes.

Information

Type
Debates
Creative Commons
Creative Common License - CCCreative Common License - BYCreative Common License - NCCreative Common License - ND
This is an Open Access article, distributed under the terms of the Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives licence (https://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/4.0/), which permits non-commercial re-use, distribution, and reproduction in any medium, provided that no alterations are made and the original article is properly cited. The written permission of Cambridge University Press or the rights holder(s) must be obtained prior to any commercial use and/or adaptation of the article.
Copyright
© The Author(s), 2026. Published by Cambridge University Press on behalf of Latin American Studies Association

Este artículo nace de una frustración compartida por Mara Viveros Vigoya y Ricardo López-Pedreros ante las reacciones escépticas de numerosos científicos sociales frente a su interés por estudiar las clases medias en América Latina. Por diversas razones, que explicaremos más adelante, hemos enfrentado desafíos similares al explorar las distintas aristas de las clases medias y las formas de dominación social en América Latina, un tema que aún suele percibirse como “fuera de lugar” dentro de lo que se define como las realidades históricas de la región (Viveros Vigoya Reference Viveros Vigoya2021, Reference Viveros Vigoya2024; López-Pedreros Reference López Pedreros2019, Reference López-Pedreros2022). A pesar de la reciente publicación de una buena cantidad de trabajos críticos sobre las clases medias, los desafíos y debates persisten a la hora de integrar las clases medias en el estudio del poder y la dominación en América Latina (Adamovsky Reference Adamovsky2009; Barbosa Cruz Reference Barbosa Cruz2013; Barbosa y Sánchez Parra Reference Barbosa Cruz and Sánchez Parra2025; Barbosa Cruz et al. Reference Barbosa Cruz, López-Pedreros and Stern2022; Barr-Melej Reference Barr-Melej2001; Carassai Reference Carassai2014; Casals Araya Reference Casals Araya2023; Cosse Reference Cosse2014a, Reference Cosse2014b; Ceron-Anaya Reference Ceron-Anaya2019; Kooper Reference Kooper2022; López-Pedreros y Weinstein Reference López-Pedreros and Weinstein2012; O’Dougherty Reference O’Dougherty2002; Owensby Reference Owensby1999; Parker y Walker Reference Walker2013; Porter Reference Porter2018; Stern Reference Stern2021, Reference Stern2024; Queirolo Reference Queirolo2018; Sánchez Parra Reference Sánchez Parra2024; Sánchez Reference Sánchez2024; Parker Reference Parker1998; Visacovsky y Garguin Reference Visacovsky and Garguin2014; Walker Reference Walker2013). Mientras Mara estaba escribiendo su libro El oxímoron de las clases medias negras y Ricardo trabajaba en la traducción al español de su libro Makers of Democracy, inició entre nosotrxs una serie de intercambios sobre la formación histórica de las clases medias en Colombia y América Latina. Este diálogo que, aunque intermitente, ha perdurado por casi cinco años, ha incluido presentaciones públicas y la redacción de los prólogos para sus respectivas publicaciones. Recientemente, Laura Camila Castillo Montañez —autora de una tesis de maestría sobre las secretarias y la consolidación del sector de servicios en Colombia— participó puntualmente en este intercambio, aportando elementos valiosos al señalar los temas que compartimos, así como los contrastes y desacuerdos en nuestros argumentos sobre la formación de las clases medias a lo largo del siglo XX en Colombia (Castillo Montañez Reference Castillo and Camila2026).

Este texto se articula en torno a dos momentos principales. Por un lado, parte de un intercambio oral que, aunque inicialmente fue bastante espontáneo, con el tiempo se fue formalizando. Por otro, se nutre de un diálogo escrito que incorpora lecturas mutuas y evaluaciones de pares. Somos conscientes de que, tanto por las limitaciones de espacio como por la metodología adoptada, esta es una forma particular de producción de conocimiento. Más que construir un argumento demostrativo, propio de los artículos académicos, optamos por explorar con libertad los temas que emergieron de nuestra conversación, dándole al texto el carácter de un ensayo dialogado que abre nuevas vertientes de investigación sobre el tema. Esta propuesta es una invitación a historiar la formación de las clases medias desde un enfoque teórico y metodológico que considere la imbricación de múltiples y diversas formas de poder y dominación en las sociedades (neo) liberales. En nuestro caso, llevamos a cabo este ejercicio a través de una suerte de generosidad receptiva aplicada a nuestros respectivos trabajos (Coles Reference Coles1997; Scott Reference Scott2017). Lo hicimos con la convicción de que es posible cuestionar y resistir la producción de conocimiento como mercancía sujeta a la competencia. De esta manera, desafiamos las reglas del mercado que perpetúan la distinción jerárquica entre el sur y el norte global. En este proceso, hemos apostado por una traducción recíproca de nuestros conocimientos y experiencias, sin perder de vista las distintas condiciones materiales en que estos se producen. Esta práctica, sostenida en la escucha mutua, la reflexión dialógica y la escritura compartida, nos ha permitido no solo intercambiar ideas, sino también transformar nuestras propias perspectivas. Confiamos en que esta metodología se afiance como una forma legítima de producción de conocimiento, una que reconozca y valore estos procesos de transmutación y diálogo, desafiando así el individualismo metodológico dominante en la investigación académica.

De estos intercambios surge la estructura del texto que ahora presentamos. Partimos de la afirmación de que lo personal es político en la producción de conocimiento, para luego explorar una definición siempre transitoria y en disputa de las clases medias. A partir de allí avanzamos hacia cuestiones más específicas: por un lado, lo político y coyuntural (¿por qué y para qué estudiar las clases medias?); y, por otro, lo historiográfico y metodológico (¿cómo estudiar las clases medias en América Latina?). Para finalizar proponemos algunas líneas de investigación orientadas a ampliar la agenda investigativa de las clases medias en América Latina.

Lo personal es político

Pregunta conjunta: ¿qué motivó nuestro deseo de estudiar la formación histórica de las clases medias, en toda su complejidad y particularidades?

Mara Viveros Vigoya (MVV)

Mi interés por las clases medias negras en Colombia está profundamente ligado a mi historia personal. Fue precisamente la experiencia de crecer en una familia de clase media, siendo una mujer afromestiza en la ciudad de Cali, lo que me llevó a emprender este tipo de investigación. Desde niña, me sentí como una extraña en espacios que, en teoría, deberían haberme resultado familiares: mi vecindario, el aula de clase o incluso la casa de mis parientes maternos más cercanos. Además, al ser mi padre hijo único, no tuve tíos, tías, primos o primas por su lado de la familia. En todos estos espacios, casi nunca había alguien que se pareciera a mí, con mi color de piel, mi cabello y mi mezcla racial. A lo largo de mi niñez y adolescencia, viví muchas veces la sensación de estar fuera de lugar, sobre todo cuando otras personas, incluso cercanas, se sorprendían de mis habilidades en asuntos que no encajaban con los estereotipos: hablar francés con buen acento, interpretar piezas de música clásica en el violín o destacar en materias como filosofía y química. Me costó tiempo y trabajo personal liberarme del cerco que impone lo que Elsa Dorlin llama el dirty care, un cuidado tomado por quienes somos parte de un grupo minorizado, que consiste en eludir, tomar distancia, sonreír deferentemente y preocuparnos, de manera negativa, por lo que los demás pueden, quieren o harán con nosotrxs, autoinfligiéndonos una violencia al suprimir nuestra propia voz (Dorlin Reference Dorlin2020). Fue en un proceso de autocomprensión donde empecé a entender por qué mis padres, conscientes de mi contexto, me inculcaron la importancia de la educación y la buena disposición para el estudio. No se trataba solo de aprender, sino de forjar hábitos y de hacer del esfuerzo intelectual una disciplina que me permitiera enfrentar las barreras que el mundo me imponía. Mi padre y mi madre creían que esa era la mejor forma de evadir el destino que, a su juicio, esperaba a una niña afromestiza en una sociedad como la colombiana: la marginalización y la discriminación. Desde temprano fui consciente de cómo era percibida: “negra pero inteligente, de buenos modales y buen comportamiento”.Footnote 1 Esta etiqueta me fue impuesta como condición para ser aceptada, como si mi identidad tuviera que ser justificada por atributos ajenos a mi propia persona.

Mis padres jugaron un papel clave en mis orientaciones académicas. Mi padre, uno de los primeros médicos negros del norte del Cauca y congresista, fue un defensor de los derechos de lo que entonces se llamaba en Colombia “las negritudes”. Mi madre, una mujer blanco-mestiza, retomó sus estudios tras criar a seis hijos, se graduó como trabajadora social y se comprometió con el activismo en favor de los derechos de las mujeres. Gracias a sus influencias, pude comprender que mi experiencia como mujer negra de clase media, no se podía entender de manera unidimensional, sino como el fruto de la intersección de diversas identidades y luchas. Con el tiempo, estos recuerdos fueron resignificados cuando decidí embarcarme en el programa de investigación que ahora sustenta este trabajo. Al hacerlo, me propuse describir, analizar e interpretar la historia de las clases medias negras desde mi propio posicionamiento, alimentado por el pensamiento antirracista y los cuestionamientos de los feminismos negros, provenientes de contextos como el estadounidense, el brasileño y el caribeño.

Hoy, el enfoque interseccional me permite narrar mi experiencia y la de muchas otras mujeres y hombres negros que han habitado la intersección de identidades complejas. Este proceso ha sido tanto académico como profundamente personal, pues al dar voz a mi propia historia, reconozco cómo las luchas sociales y personales se entrelazan para generar conocimiento transformador. Desde mi posicionalidad como mujer negra, académica y feminista, he convertido la sensación persistente de estar fuera de lugar en un locus de enunciación desde el cual articular respuestas críticas a la dominación social.

Estudiar las clases medias negras en Colombia fue mi manera de saldar una deuda personal con aquellas personas que compartían, de algún modo, esa historia y experiencia silenciadas en un contexto donde la imagen predominante de los Negros era la de individuos pobres y sin acceso a la educación formal. Esta representación, que permeaba tanto la vida cotidiana como las aulas universitarias hasta la década del noventa, no reflejaba la realidad. La necesidad de ampliar las definiciones sobre lo que significa ser una persona negra en Colombia me llevó a realizar esta investigación, con el propósito de dar visibilidad a historias como la nuestra y abrir espacios en el ámbito académico y político para una comprensión más compleja, tanto de las clases medias como de las experiencias sociales de las personas afrodescendientes.Footnote 2 Al escuchar los relatos biográficos de mis entrevistados, reviví una sensación familiar de desazón: la “doble conciencia” descrita por W. E. B. Du Bois, esa experiencia de habitar dos mundos simultáneamente, el de las personas negras y el de las clases medias capitalinas. Sin embargo, esta (doble) conciencia me permitió desafiar el relato canónico sobre las clases medias y cuestionar la arraigada creencia de que el progreso y el desarrollo están exclusivamente vinculados a ciertos sectores sociales, predominantemente mestizos y masculinos. Al mismo tiempo, me permitió demostrar que el bienestar material que buscan las clases medias a través de la movilidad social no es patrimonio exclusivo de una única visión del mundo, sino que puede construirse desde concepciones alternativas del desarrollo económico, social y cultural, con un fuerte componente colectivo, como sucede con ciertos sectores medios de la población afrodescendiente en Colombia.

Ricardo López-Pedreros (RLP)

Hay tres momentos que materializaron el deseo investigativo por las clases medias. Durante mi pregrado, a mediados de los años noventa, al calor de una protesta estudiantil en la Universidad Nacional de Colombia, expresé cierta insatisfacción con las arengas políticas a lo cual un compañero de clase (social), no solo de curso —ahora colega y amigo— me respondió disgustado, que era evidente que se me “estaba saliendo la clase media”. Esta expresión me llevó a elaborar una pregunta central: ¿qué significaba poner en escena, o actuar como, una clase media?

Nací, crecí y me educaron como un hombre mestizo de clase media urbana en Bogotá en la segunda mitad del siglo XX. Y aunque estas realidades me permitieron ir a la universidad pública a estudiar historia, tales privilegios se mantuvieron en parte en el inconsciente. Como estudiante de una universidad pública, pensaba en términos de clase, pero las clases medias no eran parte de esta reflexión, eran más bien un tema tabú. Escribí una tesis de pregrado a propósito de los y las trabajadoras de una empresa de servicios entre los años setenta y noventa. Y aunque este tema surgió porque fui empleado del sector de servicios por varios años y mis compañeros de trabajo me manifestaban que eran parte de una “gran clase media”, solo logré conceptualizar las clases medias de manera tangencial. Pensaba en la trascendentalidad histórica y política que le asignábamos a la relación capital y trabajo. Estos empleados encarnaban una “falsa conciencia” pues —ahora puedo decirlo— algunos de mis más queridos maestros insistían en que las clases medias eran una quimera histórica para Colombia y América Latina. A pesar de lo formativos que fueron estos años, solo fui capaz de cuestionar algunos de los silencios del pasado y quedé parcialmente contento con el concepto de trabajadores de servicios, pero las clases medias las perdí de vista a pesar de, o precisamente por, vivir como hombre mestizo de clase media capitalina.

A finales de los noventa, mi compromiso político, en un contexto de violencia generalizada en Colombia, me obligó a abandonar el país: primero al Reino Unido, a estudiar inglés, y luego a Estados Unidos para cursar estudios de posgrado. Tales realidades fueron un producto material de ser parte de una clase media. Este fue un segundo momento. La experiencia de vivir en dos imperios me llevó a cuestionarme sobre mí mismo, a enfrentarme con otras formas de poder. En ese entonces, la categoría de clase parecía haber perdido relevancia en las discusiones académicas, pues la consolidación del capitalismo era declarada como “el fin de la historia” y como la manifestación de una supuesta superioridad frente a otros sistemas de organización política y económica. Si la noción de clase/lucha de clases se empezaba a ver como arcaica, la discusión sobre las clases medias se intensificaba en los discursos políticos y se percibía como un ejemplo de armonía social que había logrado una realidad supuestamente posracial.

Lo posracial era el lenguaje que se movilizaba para materializar un detallado proceso de racialización. Este es un tercer momento. Pasé de ser un hombre mestizo de clase media en Colombia, es decir supuestamente incoloro, a ser un latino inmigrante, un sudaka, y luego convertirme en un profesor de color.Footnote 3 Los ejemplos abundan, pero me limitaré a compartir uno. En mi universidad, jerarquizada como regional y de enseñanza, una colega en una reunión de departamento anotó en tono crítico y burlón: “Ricardo, usted, hombre, de verdad no es para nada exótico”. Tal comentario, trivial en primera instancia, captura aspectos importantes que me han llevado a estudiar las clases medias. ¿Qué significaba, siguiendo el lenguaje hegemónico de la academia estadounidense, ser no-exótico como profesor de color? ¿Debía entonces ser exótico y actuar como un hombre latino en un espacio académico para así corroborar una diferencia jerárquica?

Mi asignada falta de exoticidad tiene que ver con la manera como cuento historias de vida que me llevaron a la academia del imperio estadounidense. Y, por más intentos de ofrecer explicaciones más estructurales, cuando me convertí en un faculty of color, mis recuerdos personales se toman, o bien como algo peculiar, o bien como una confesión de algo tabú. En Colombia había crecido en un ambiente universitario, pues mi padre, profesor de historia en la Universidad Nacional, me había empapado con el mundo académico, sus incertidumbres políticas, sus jerarquías de género, sus fantasías de clase, sus silencios racializados. Con frecuencia, también menciono el papel de mi madre en mi trayectoria profesional, pues su crítica de la academia nunca me ha pasado desapercibida, y reivindico su trabajo en mi reproducción socioacadémica. Estos recuerdos parecen confundir. Y las respuestas a tales historias personales son selectivas porque no caben en un relato fundacional donde una percibida identidad latina o latinoamericana es vista como una experiencia desde afuera de la academia y desde abajo de una imaginada jerarquía social y regional, con específicos parámetros racializados y de género. En la academia, soy hijo de mi padre, pero nunca de mi madre, pues hay una división tajante de carácter transnacional entre academia/universidad y sociedad/vida personal. Mis experiencias de clase, género, raza y región con frecuencia se leen en un vector de autenticidad que me coloca en un lugar en el que no soy lo suficientemente diferente —o inferior— y que, por lo tanto, hace ruido con la necesidad de celebrar, incluso en términos críticos, una percibida distinción jerárquica que se asocia con una señalada subalternidad —es decir, lo exótico— vinculada con una imaginada región del mundo.

El reclamo de la falta de exotismo busca, además, mostrar dos aspectos más. Por un lado, un mandato que me obliga decir que como profesor soy superior a otros latinoamericanos, ellos sí considerados exóticos, y que representan auténticamente una otredad regional. Uno aparece como inteligente pero latino o latino pero inteligente, una inteligencia que limpia, al parecer, la parte exótica de una identidad latina, y ahora sí digno de la aceptación en una academia del norte global. Por el otro, implementa un silenciamiento de la crítica a las manifestaciones del poder. Si he logrado un estatus superior de clase media —lo no exótico— gracias al excepcional papel de la academia estadounidense, ¿no es mejor y más consecuente celebrar lo que supuestamente me ha permitido abandonar —o superar— una inferioridad racializada, una particularidad latinoamericana? Aquí he tomado inspiración para entenderme como sujeto de poder en Gilles Deleuze, quien decía “ser un traidor a su régimen, un traidor a su sexo, a su clase, ¿qué otras razones hay para escribir?” (Deleuze y Parnet Reference Deleuze and Parnet1987, 44). Pero también en Franz Fanon, quién invitaba a practicar una “dialéctica que [introdujera] la necesidad como punto de apoyo de [una] libertad [que] expulsa [al sujeto] de sí mismo” (Fanon Reference Fanon2009, 128).

Definición

Pregunta conjunta: ¿cómo definir las clases medias? ¿Qué definición podemos adoptar para que nuestro diálogo fluya?

Respuesta conjunta: es una de las preguntas más difíciles, pero esa dificultad es precisamente la que nos impulsa a proponer una definición transitoria (López-Pedreros Reference López-Pedreros2024, 1–22). Consideramos que es precisamente la ambigüedad de la noción de clase media lo que vuelve necesario situar y contextualizar cualquier análisis sobre ella. Se trata de una categoría proteiforme, que adquiere sentidos distintos según la coyuntura, el campo de análisis (económico, político, cultural, ético, epistemológico) y el contexto —en sus distintas escalas— en el que se invoque. Por eso, nos interesa mostrar cómo, a lo largo del tiempo, se ha ido vinculando con ideas como democracia, modernidad, blanqueamiento o masculinidad, sin perder de vista las tensiones que estas asociaciones generan. En este sentido, más que definir de manera unívoca a la clase media —tarea por demás imposible—, el reto que asumimos es seguirle la pista a sus desplazamientos y a la forma en que reproduce ciertos imaginarios elitistas, al tiempo que abre posibilidades de diversificación en términos de raza, género o sexualidad. Para el objetivo de esta conversa, entendemos entonces la formación de las clases medias como ensamblajes históricos, es decir, como procesos colectivos, contradictorios y heterogéneos (Guattari Reference Guattari1996).

Esta definición combina aspectos estructurales, realidades económicas, discursos y subjetividades. De manera más específica, integramos aspectos estructurales como la expansión del sector de servicios, acompañada por la apertura del sector financiero, que convierte la oficina en un lugar central para la consolidación de ciertos discursos sobre las clases medias en América Latina. También observamos procesos de desindustrialización, junto con el crecimiento de industrias tecnológicas y de información que han redefinido la relación entre capital y trabajo. Así mismo, consideramos que, como sugiere esta breve descripción, con la consolidación de una economía neoliberal, la transición de discursos sobre el mestizaje hacia otros definidos por el multiculturalismo ha desempeñado un papel crucial en la configuración de ideas sobre emprendimiento, inclusión, movilidad social y participación democrática en sociedades globalizadas. De igual manera, nos referimos a lo que se ha denominado capitalismo cognitivo, definido aquí como una política económica de producción jerárquica y distribución asimétrica de conocimiento e información, incluyendo en este marco las condiciones y realidades de los científicos sociales (Rindermann Reference Rindermann2018). Por otro lado, incorporamos en nuestra definición el papel subjetivo de quienes se autoidentifican como parte de las clases medias. Sin embargo, es importante advertir que la formación de las clases medias como realidad histórica no puede entenderse a partir de elementos aislados, sino como un ensamblaje en el que estos factores se entrelazan íntimamente para materializar las delimitaciones jerárquicas, materiales, figurativas e inconscientes de lo que significa ser parte de las clases medias en coyunturas históricas específicas, particularmente desde la década del noventa.

Lo político y lo coyuntural ¿por qué y para qué estudiar las clases medias ahora?

RLP: ¿Con qué continuamos, Mara? Aunque en primera instancia podría parecer que el estudio de las clases medias en América Latina es un tema reciente o poco explorado, en realidad ha sido, por el contrario, uno de los temas más discutidos a lo largo de dos siglos de historias republicanas en la región. Entonces, el tema de las clases medias no solo es vasto, sino de gran complejidad.

MVV: Empecemos por el presente, Ricardo, lo político y lo coyuntural.

RLP: ¿A quién le importan las clases medias?

Respuesta conjunta: a todes, se nos dice, porque su presencia es vista como un indicador de estabilidad económica, social y política. Nosotrxs diríamos: a quienes apostamos por una democracia inclusiva, desvinculada de su supuesto nexo obligatorio con el capitalismo. A quienes se preocupan por la igualdad y la han puesto en el centro de sus luchas sociales, precisamente porque una de las creencias políticas más arraigadas es que democracia y clase media son sinónimos. Vale la pena detenernos a examinar el origen de esta asociación tan naturalizada. La genealogía es extensa y compleja, como discutiremos más adelante. Aquí, sin embargo, ofreceremos una breve sinopsis de una vasta literatura, desde y sobre el neoliberalismo, que retrata a las clases medias como la encarnación de una auténtica democracia. Por un lado, podemos citar a Francis Fukuyama, quien en los años noventa proclamó el triunfo de las democracias liberales y argumentó que la consolidación de una sociedad de clase media era precisamente lo que le permitía afirmar el “fin de la historia”. Esta visión de la sociedad se percibía como incuestionable frente a las alternativas del “socialismo real”. Más recientemente, en el contexto de la “crisis” de la democracia occidental, Fukuyama ha reafirmado que la expansión de las clases medias es imprescindible para superarla (Fukuyama Reference Fukuyama2012, 60).

Por otro lado, desde la crisis económica de 2008, múltiples historias sobre la consolidación del capitalismo neoliberal sugieren, explícita o implícitamente, que el crecimiento de la desigualdad, la consolidación de una pequeña oligarquía global y la expansión de la pobreza derivan de la desaparición de las clases medias. Aunque esta perspectiva es crítica, muchos académicos sostienen que el neoliberalismo ha destruido a las clases medias. Así, si el problema es el crecimiento de la inequidad, la solución propuesta es ampliar las clases medias. La existencia y expansión de las clases medias es el vector tanto de la crítica como de la posible corrección —o superación— del neoliberalismo. Hay otra tendencia que sostiene que, ante la polarización social y la radicalización política, la solución es fortalecer el centro, identificado con las clases medias y la “cohesión social”.Footnote 4 Si el problema es el caos político, se sugiere que las clases medias tienen el potencial de promover la armonía entre distintos grupos sociales y superar la ideología. La apuesta política, al parecer, consiste en proteger a las clases medias como un factor clave para preservar democracias estables.

Lo interesante es que, desde orillas políticas radicalmente opuestas, se comparte una narrativa donde las clases medias aparecen como la clave y la medida de una futura y verdadera democracia. Salvo unas notables excepciones (Gago Reference Gago2015; Tinsman Reference Tinsman2014; Freeman Reference Freeman2014; Stillerman Reference Stillerman2023; O’Dougherty Reference O’Dougherty2002), este sigue siendo el relato dominante, especialmente en América Latina, donde el triunfo del neoliberalismo se entiende con frecuencia como el producto inevitable de terapias de choque impuestas por regímenes militares y diseñadas por economistas entrenados en los Estados Unidos (Klein Reference Klein2010; Vega Cantor Reference Vega Cantor2010; Grandin Reference Grandin2022). El neoliberalismo suele representarse como una imposición imperial, o, al menos, como una estrategia calculada y diseminada globalmente desde Europa y los Estados Unidos, ante la cual las sociedades latinoamericanas solo podían aceptar o rechazar. En estas narrativas, América Latina aparece como experimento, laboratorio, intento particular, que luego, cuando ocurre en el norte global, se asume como una norma universal. Lo particular es la inexistencia de las clases medias, y lo universal es la existencia de ellas. Ciertamente, en muchos análisis académicos el neoliberalismo ha sido criticado como una ideología capitalista y una economía política antidemocrática que solo beneficia a las élites financieras transnacionales. Tenemos, así, estudios que demuestran la consolidación de lo que el economista Thomas Piketty llama un “capitalismo patrimonial o rentista” y el filósofo Alan Badiou denomina un “capitalismo oligárquico”, en el que ha surgido un orden social —que suele concebirse como un todo unificado y homogéneo— cuya única finalidad sería concentrar la riqueza en los estratos más altos de la sociedad (Piketty Reference Piketty2017; Badiou Reference Badiou2016, 29).

Si bien estas explicaciones históricas son relevantes para desmontar las narrativas triunfalistas del neoliberalismo como proceso de democratización, también han consolidado un metarrelato transnacional del neoliberalismo en el que las élites aparecen como un sector enteramente a favor de la economía neoclásica, mientras que los grupos subalternos son retratados como unánimemente opuestos a esas economías políticas. Así, sin matices. Y es ante este metarrelato que se consolida otro. A inicios del siglo XXI, cuando la región consolidaba proyectos progresistas de izquierda, los estudiosos siguieron sin asignarle un papel a las clases medias precisamente porque ahora el pueblo y América Latina estaban en contra de los modelos neoliberales. Para algunos, la ola rosa consolidaba la lucha entre el pueblo y las oligarquías, las primeras antineoliberales, las segundas neoliberales, una lucha en la que las clases medias se habían visto forzadas a unirse a lo popular o a sumarse a la lucha de las élites contra los sectores populares. Entre las excepciones se encuentran Viveros Vigoya (Reference Viveros Vigoya2021, 422–441), Shakow (Reference Shakow2014, Reference Shakow2022), Rivera Cusicanqui (Reference Rivera Cusicanqui2018) y Junge et al. (Reference Junge, Mitchell, Klein and De Micheli2022). En concordancia con ello, se han creado relatos explicativos en los que las clases medias, aparecen como insignificantes en lo que se considera el verdadero análisis de las relaciones de poder en América Latina, ya sea en la consolidación de las sociedades neoliberales o en la formación de economías políticas alternativas en la región.

Y este es el contexto desde el cual, aquellos que nos interesamos en pensar críticamente sobre las clases medias, debemos hablar. Es un mandato. Aunque la pregunta no es nueva, este mandato nos interpela siempre de la siguiente manera: ¿son las clases medias democráticas, es decir, se junta al pueblo para rechazar el neoliberalismo, o anti-democráticas, en apoyo a las élites y su proyecto neoliberal? Esa interpelación tiene una profunda genealogía que simultáneamente nos limita —incluso nos chantajea— para responder con un sí o con un no. Tomemos, por ejemplo, a Christophe Guilluy, quien ha dicho que sin clases medias no hay sociedad y que vivimos en una época de “asociedad”. Según este autor, las democracias consideradas occidentales, universales y verdaderas están siendo atacadas desde adentro y han creado una “ruptura histórica entre el mundo de arriba y el de abajo”. En este contexto político, donde se da el “abandono de la categoría (que) abanderaba los valores del American y del European Way of Life: la clase media occidental. Esto implica también el abandono del bien común. A partir de ahora, no more society” (Guilluy Reference Guilluy2018, 12). En este marco interpretativo, la crítica a la formación de las clases medias se silencia precisamente porque esto significa abandonar “el bien común”.

Quizás aquí debamos hacer una pregunta que nos permita cuestionar tanto la pregunta como las posibles respuestas que este mandato impone: ¿cómo hemos llegado a esta coyuntura histórica en donde las clases medias y la democracia se asumen como indisociables? Esta es una tarea de investigación imprescindible. ¿Qué sujeto social se imagina en las discusiones políticas cuando se dice que las clases medias son antidemocráticas o cuando se celebran como fuentes incuestionables de democratización? ¿Cuál fue el proceso histórico que permitió pensar, como lo sugiere Guilluy, que clase media significa la posibilidad de que exista una sociedad?

Una aproximación interseccional e interdisciplinaria resulta clave en este esfuerzo, ya que las clases medias se presentan como la encarnación de una supuesta sociedad posclase, posraza, posideología y posconflicto —la verdadera democracia, la universalidad. Y no solo se trata de afirmar que la clase, la raza y el género importan, y que las clases medias sí existen en América Latina. Más bien, el reto es analizar cómo la noción de posraza, posclase y posideología está configurando una nueva versión de lo que significa vivir en democracias, de definir lo político y de jerarquizar a los sujetos de derechos. Y no es que la idea de la clase media despolitice lo público. No. Lo que hace es establecer un criterio de lo que se considera pulcro, deseable y correcto en la política. En ese proceso está creando un sujeto social acorde con la sociedad neoliberal: el emprendedor.

Es decir, el emprendedor se erige como el sujeto hegemónico que otorga legitimidad social y política a una clase media que, a su vez, busca un arraigo social en un modelo neoliberal autoproclamado como democrático. Históricamente, en América Latina, las clases medias han estado vinculadas al desarrollo profesional, a la consolidación de un Estado desarrollista y al sector de servicios, tanto en el ámbito público como en el privado. Sin embargo, desde los años noventa, con la consolidación de un Estado neoliberal extractivista, los profesionales y empleados, aunque estructuralmente formen parte de la clase media, ya no encarnan su representación hegemónica en el marco neoliberal. Para ser reconocidos como parte de esta nueva clase media, se debe realizar un trabajo político que los posicione como emprendedores. Esto no significa que estos sujetos políticos desaparezcan socialmente. La educación y el profesionalismo siguen siendo elementos importantes en la legitimación política y social del estatus económico, íntimamente vinculado con un Estado mixto (donde el capital privado asume tareas públicas). En el contexto neoliberal el emprendimiento ha pasado a ser la fuente central de legitimidad para la concentración de riqueza y la justificación de las jerarquías de clase. Se impone así una narrativa donde el esfuerzo individual, la superación personal, la creación de valor económico y la participación social a través del todopoderoso mercado se convierten en el ideal del éxito económico, reconocimiento político y valor social. Ahora bien, analizar de manera más crítica las propiedades de género o de raza de esa clase media implica socavar la percepción de neutralidad y pulcritud que se le otorgan; esa es la tarea que se nos presenta.

RLP: Pero habría entonces que preguntarse ¿por qué en momentos de crisis políticas y económicas una noción de clase media se vuelve el tema predilecto de discusión para el Estado y sus políticas sociales, el capital privado y su legitimación de un sistema capitalista, y los medios de comunicación y sus llamados a superar lo que se percibe como lucha de clases?

MVV: Me parece que parte de la respuesta tiene que ver con esta muy vieja y persistente asociación que se hace entre clase media y justo medio o equilibrio. La clase media es descrita como un grupo social de contención de los conflictos económico-culturales que trae la polarización de clases, y más aún en momentos de crisis políticas y económicas. En el contexto actual, bajo el paradigma económico neoliberal, la presencia de las clases medias legitima el énfasis que esta perspectiva pone en las capacidades individuales, el esfuerzo y el logro como fuerzas impulsoras del bienestar en un sistema autorregulado por el mercado. Si bien en períodos anteriores, el Estado desarrollista confería prestigio social y de clase a aquellos que trabajaban y representaban al Estado, en el contexto actual, es la competencia en el mercado la que otorga una legitimidad de clase. Aún más, la clase media sigue siendo la fórmula mágica de la democracia capitalista para resolver sus contradicciones internas y para mantener y fortalecer el sistema económico, político, social y cultural asociado a la democracia liberal. La existencia de unas clases medias se invoca para mostrar transformaciones en sociedades que han sido muy desiguales. Al vincular estas sociedades con las clases medias, el Estado y los medios de comunicación brindan la idea de que estos países están saliendo de la crisis, la pobreza y la premodernidad para insertarse en el relato de la modernidad democrática.

Por otra parte, a través de las clases medias se sigue apelando al imaginario colectivo existente sobre la democracia, entendido en términos de participación, igualdad y libertad (como conceptos abstractos), pese a que su materialización concreta se ve constantemente amenazada por los intereses de los sectores política y económicamente dominantes. Algo que se desprende del trabajo histórico y etnográfico que he realizado sobre el caso colombiano es, precisamente, que en el contexto actual la posibilidad de tener una vicepresidenta afrocolombiana se interpreta como un sacrificio de la universalidad de la democracia, asociada nuevamente con un desmarque de la clase media. De este modo, la participación de Francia Márquez en el gobierno tiende a ser definida menos como el resultado de su profesionalización y mérito individual, y más como el producto de un proceso de ideologización. En este marco, su rol como vicepresidenta suele presentarse como una anomalía o contradicción dentro de la lógica de la democracia neoliberal, en la que la política se concibe como un ejercicio técnico de administración y gestión, y no como una práctica ideológica; como una actividad profesional, desligada de procesos de activismo político; y como el fruto de esfuerzos individuales, más que como el resultado de luchas colectivas y reivindicaciones sociales.

Así, se legitima la noción de una clase media mestiza como la encarnación de la democracia posracial y, por lo tanto, como la única con derecho a gobernar y a dominar a quienes son percibidos como portadores de intereses particulares, carentes de profesionalismo, sin formación adecuada ni experiencia en asuntos públicos, y sin la pericia necesaria para la representación y conducción del Estado. En nombre de una democracia apolítica, profesional, moral, ética y meritocrática —encarnada en una clase media no marcada— se valida la división jerárquica entre quienes son definidos como gobernantes legítimos, entendidos como sujetos universales, representantes de toda Colombia, y quienes son considerados gobernantes ilegítimos, por representar supuestamente intereses particulares y, en consecuencia, carecer de derecho a gobernar en el marco de democracias genuinas.

RLP: Pero aquí también hay que enfatizar que la idea de equilibrio social y armonía racial que se asocia con la consolidación de una clase media se materializa como proceso de jerarquización. Es decir, la manera de legitimar sociedades jerarquizadas. Y cómo este proceso de jerarquización naturaliza el clasismo —clase media entre dos grupos sociales que viven en una jerarquía que distribuye derechos de dominación y gobierno— y su íntima relación con el racismo. O cómo el racismo se experimenta a través del clasismo. La noción misma de armonía —sus lenguajes y prácticas— son la metodología mediante la cual se definen lo que significa vivir en democracias determinadas por jerarquías. Entonces, la tarea no debería responder si las clases medias son más o menos democráticas, sino más bien pensar críticamente qué clase de democracia promueve la consolidación de unas clases medias.

Lo historiográfico-metodológico

¿Cómo estudiar las clases medias en América Latina?

MVV: ¿Cómo estudiar las clases medias en una región donde se asume que las clases medias no han existido como realidad social? ¿Cómo se han estudiado hasta ahora?

RLP: Siempre me ha llamado mucho la atención cómo muchos científicos sociales han escrito extensos libros para demostrar la inexistencia de las clases medias en América Latina. Después del amigo Foucault, uno puede decir que el conocimiento es poder y entonces es necesario preguntarnos cómo a través de la producción del conocimiento —en un campo transnacional— hemos naturalizado la inexistencia de las clases medias en América Latina como clase social con su propio proyecto político pues, se argumenta, cualquier proceso de politización que hayan podido experimentar, fue ante todo una realidad ajena —y exterior— a su propia formación de clase. En estas narrativas dominantes, las clases medias están supeditadas a representar, mediante el apoyo o el rechazo, aquello que se entiende como un proyecto político de otros grupos sociales (Adamovsky Reference Adamovsky2009; Gilbert Reference Gilbert2007; García Quesada Reference García Quesada2014; Archila Reference Archila2003, 42–422). Esto es lo que he llamado la hipótesis de la elisión (López-Pedreros Reference López-Pedreros2022). Por ejemplo, el influyente y celebrado trabajo del historiador Greg Grandin sobre las revoluciones en América Latina en el siglo XX parte de la argumentación de José Nun en los años setenta para naturalizar lo que se define como una “susceptibilidad al señorío” en los sectores medios de la región, que los impela a acoger la ideología de la oligarquía y “sus héroes, sus símbolos, su cultura y sus leyes” (Grandin Reference Grandin2010, 23–24). Por tanto, estos sectores “demasiado dependientes estructural e ideológicamente de la oligarquía” no han podido históricamente desarrollar una ideología universal —o lo que Nun denomina una “vocación hegemónica” de clase— para trascender el “modelo insostenible de exclusión nacionalista, restringido a instituciones políticas [y] al persistente clientelismo rural” (Grandin Reference Grandin2010, 23–24, 28, 29). En esto, los sectores medios nunca han logrado transformarse en una auténtica clase media —es decir, en fuerza homogénea, hegemónica, democrática, presumiblemente al estilo Occidente— debido a que están cooptados por un régimen oligárquico.

Por otro lado, los estudios recientes han partido de la premisa de que el tema de las clases medias es una pregunta reciente y hemos intentado llenar lo que consideramos un vacío historiográfico (Jiménez Reference Jiménez1999). Esto ha sido crucial. Pero también me parece importante estudiar aquellos discursos que definen lo que supuestamente América Latina no es —la formación de las clases medias como una quimera histórica o una ilusión política. Es crear la ausencia, la falta histórica, la imposibilidad política, para siempre comparar a América Latina con el norte global y ver que las clases medias no fueron tan europeas y/o tan estadounidenses. Para dar un solo ejemplo, en uno de los análisis pioneros de los trabajos recientes, Ezequiel Adamovsky, a partir de un aparato conceptual comparativo analiza las razones de la ausencia, o la formación histórica tardía, de una clase media en Argentina durante el siglo XIX y se contrasta con la experiencia de Francia e Inglaterra. En Francia, por ejemplo, desde finales del siglo XVIII existía una clase media real, clara y unificada; mientras que en Argentina ese proceso fue esporádico y circunstancial: la clase media estuvo débilmente arraigada y no creó una identidad social. Eso fue así por lo menos hasta la cuarta década del siglo XX. La ausencia se establece en función de un modelo, en este caso, el europeo. Se asume que en Europa hubo un proceso temprano, unificado y homogéneo, mientras que el de Argentina siempre se ha entendido como derivado y, por lo tanto, tardío y débil (Adamovsky Reference Adamovsky2009, Reference Adamovsky2014).

Entonces, para analizar las clases medias, es importante ver el trabajo epistemológico que ha creado la ausencia de las clases medias en América Latina como una realidad histórica y política. Y no es un aspecto menor, pues es en esa ausencia donde cuestiones de género, raza, clase y una imaginada jerarquización del mundo se consolidan para legitimar imperios y una visión particular de democracia. En los años cincuenta la política internacional de los Estados Unidos legitimó su apoyo a gobiernos dictatoriales argumentando que su objetivo final era crear una gran clase media para la región. Sin embargo, se afirmaba que las sociedades latinoamericanas no estaban preparadas para tal realidad social —supuestamente porque, entre muchas otras razones, existía mucha heterogeneidad racial, había una desviación cultural/social/étnica que creaba obstáculos para crear clases medias emprendedoras. Como resultado, la región estaba condenada al dualismo clasista que impedía una verdadera democracia. La promesa de lograr una democracia con una clase media al estilo norteamericano era lo que convertía los Estados Unidos en un imperio irresistible, pues llevaría a la región de dos clases en conflicto a una armoniosa de tres y con una homogeneidad racial.

Hay muchos ejemplos, pero quizás el mejor sea el estudio de John J. Johnson de finales de los años cincuenta, pues se le considera el “prócer” de los estudios de las clases medias, el que las “rescató” de una supuesta oscuridad histórica para darles un papel central en las historias de la modernidad de la región (Yeh Reference Yeh2012). Ciertas estructuras sociales y características culturales —lo que Johnson describía como homogeneidad racial, el rol de la sangre europea y Europa como fuerza civilizatoria— podrían desarrollar una clase media y, por extensión, consolidar una democracia adecuada. Sus estudios de caso, que incluían Uruguay, Argentina, Chile, México y Brasil, se presentaron para demostrar cómo aquellas sociedades democráticas donde existía una composición racial más homogénea permitían el desarrollo de una clase media. Estas sociedades se consideraban en una posición de superioridad jerárquica respecto a aquellas sociedades cuya composición racial ambigua o heterogénea tendía a retrasar o presentar obstáculos para la constitución de una clase media y para la consolidación de una democracia liberal.

Además, la idea de homogeneidad racial/cultural también desligaba el gobierno democrático de aquellas naciones y sociedades que se consideraban “racialmente diferentes”. Primero, porque tal disimilitud no permitiría la consolidación de una clase media homogénea, o al menos habría provocado un desarrollo tardío de los sectores medios y un desfase histórico respecto a una preponderancia cultural sobre lo económico. Y, segundo, porque el derecho a dominar podría potencialmente descansar en cualquiera de esos grupos racialmente heterogéneos de origen indígena, mestizo no europeo o afrodescendiente. En las décadas de los años cincuenta y sesenta, esta creencia pronto se convirtió en la explicación hegemónica de por qué existía una obligación, gracias a los programas de desarrollo como la Alianza para el Progreso, por parte de aquellas sociedades que se definían como poseedoras de robustas clases medias, de democratizar a aquellas otras que vivían en una antidemocracia de clases. Y ese era el proyecto imperialista (Johnson Reference Johnson1958).

MVV: La continua afirmación de la inexistencia de las clases medias en América Latina funciona como una reificación de un orden sociorracial que jerarquiza las sociedades de acuerdo con su nivel de desarrollo. Desde esta perspectiva, las sociedades latinoamericanas serían aprendices perpetuos de las sociedades europeas y estadounidenses: no formarían parte del nosotros occidental, sino que representarían la alteridad. Sin embargo, esta alteridad es concebida como redimible mediante el crecimiento y consolidación de unas clases medias occidentalizadas, que funcionarían como el puente entre el atraso y la modernidad. ¿Es posible, entonces, sustituir la idea de clase media europea y blanca por una noción de clase media que refleje la diversidad, heterogeneidad y abigarramiento que caracteriza a nuestras sociedades? Esta pregunta cobró especial relevancia a partir de la década del noventa, cuando varios países de la región empezaron a desplazar la narrativa nacional mestiza por un discurso de multiculturalidad. Sin embargo, desde una perspectiva conceptual, este cambio es difícil, ya que las virtudes morales y el sentido de progreso asociados a las clases medias han estado históricamente ligados a lo blanco y lo europeo. En este marco, las clases medias reales —tal como existen en América Latina— desafían esta asociación, al estar compuestas por sujetos racializados, cuyas trayectorias desbordan los ideales eurocéntricos que definen el progreso y la respetabilidad.

Mi estudio sobre las clases medias negras en Colombia evidencia precisamente esta tensión. A partir de los años treinta, un sector de personas racializadas como negras logró un acceso gradual a la educación formal. Este proceso abrió una grieta en la visión hegemónica de nación, al cuestionar un imaginario de país donde las personas negras no tenían un lugar pleno, al ser consideradas poblaciones marginales y prescindibles. La única vía de redención posible parecía ser su integración a la sociedad mayoritaria a través del blanqueamiento biológico y cultural promovido por la ideología del mestizaje. En este contexto, mi trabajo se centra en explorar la aparente contradicción de pertenecer a la clase media y ser una persona negra en la sociedad colombiana. Esta contradicción opera como un oxímoron dentro de un discurso hegemónico que vincula el surgimiento de las clases medias con los ideales de mestizaje y blanqueamiento. Así, las personas negras que logran ascender a la clase media se encuentran en una encrucijada: por un lado, enfrentan la presión de ajustarse a un modelo de éxito y respetabilidad definido desde parámetros blancos y mestizos; y, por otro lado, resisten la asimilación cultural y racial, reivindicando su pertenencia étnico-racial y desafiando los límites impuestos por un proyecto de nación que aún les niega centralidad y legitimidad.

RLP: ¿Cómo, al integrar una aproximación teórica y metodológica interseccional y situada, cambian las historias de las clases medias en América Latina?

MVV: Al asumir que las clases sociales se construyen a través del género y de la raza, se destaca su carácter multidimensional. Por ejemplo, aunque el análisis de las clases medias se refiere casi exclusivamente a hombres no marcados racialmente, la intersección entre masculinidad y racialización sigue siendo un área relativamente inexplorada en las prácticas de estas clases. Son escasos los estudios que analizan explícitamente la experiencia de clase como un elemento constitutivo de las masculinidades en la clase dominante. No sobra recordar que la masculinidad y su relación con el trabajo son elementos esenciales para la construcción de las clases medias en América Latina. La imagen ideal de los varones se ha forjado en gran parte en función de su posición en el ámbito laboral y del papel que asumen en sus hogares como proveedores principales. El trabajo ha sido central en la configuración de la identidad tanto del obrero fabril como del empleado de oficina, quienes se han erigido como representantes típicos de la clase trabajadora y de las clases medias, respectivamente.

La dicotomía entre quebradores y cumplidores, categorías que utilicé en un trabajo previo sobre la construcción de las identidades masculinas en diversos contextos regionales en Colombia refleja esta dinámica social (Viveros Vigoya Reference Viveros Vigoya2002). En la última década del siglo XX, diversos estudios sobre identidades masculinas, incluido el realizado por José Olavarría y Teresa Valdés en Chile, Norma Fuller en Perú, y el mío en Colombia abordaron la clase media como un grupo que encarnaba el cambio en las relaciones de género, vinculado a una relativa democratización de las relaciones entre hombres y mujeres y al cuestionamiento de los discursos vigentes sobre la masculinidad y la feminidad (Olavarría y Valdés Reference Olavarría and Valdés1997; Fuller Reference Fuller1998; Viveros Vigoya et al. Reference Viveros Vigoya, Olavarría and Fuller2001).

Estos estudios relacionaron estos cambios al aumento de la participación femenina en el mercado laboral. Sin embargo, también observaron que, lejos de liberar a las mujeres de su tradicional rol reproductor en la familia, su incorporación al ámbito laboral resultó en una carga adicional, conocida en ese entonces como la doble jornada. Es importante destacar que la integración laboral de las mujeres varía según su pertenencia étnico-racial. En el caso de las mujeres afrodescendientes, su subordinación de género no se basa únicamente en su exclusión del ámbito público, ya que históricamente han estado presentes en el mercado laboral, sino en roles asociados con la servidumbre. Esta subordinación está estrechamente relacionada con una marginalización étnico-racial, que las limita no solo a tareas tradicionalmente femeninas, sino a trabajos específicos asignados a las “mujeres negras”, como el servicio doméstico. Las clases medias no han sido, históricamente, un grupo social que cuestione de manera frontal los mandatos de la masculinidad; por el contrario, su consolidación como clase ha estado, en gran medida, vinculada al cumplimiento de estos mandatos y a la adopción de las normas de género promovidas por las clases dominantes. En ese sentido, el acceso y la permanencia en la clase media dependen tanto de la adaptación a un orden socio-racial jerarquizado, como de la reproducción de valores y símbolos de distinción, entre los que destaca la noción de “buena presencia”, cargada de evidentes connotaciones racistas y clasistas. Sin embargo, esta aparente estabilidad no es absoluta, coexiste con tensiones, fracturas y transformaciones, tanto en las relaciones de género como en las relaciones étnico-raciales.

Desde esta perspectiva, se vuelve necesario preguntarnos: ¿cómo escribir nuevas narrativas de la dominación en Colombia que incluyan a las clases medias no como un bloque homogéneo, sino reconociendo sus heterogeneidades internas, sus posiciones ambiguas y sus posibles aportes a la transformación social? ¿Cómo dar cuenta de sus complicidades con el orden racial y patriarcal, sin perder de vista las fisuras, los desbordes y las posibilidades de agencia crítica que emergen en su interior? Estas preguntas son clave para pensar las dinámicas contemporáneas de poder y las apuestas por una transformación democrática radical e incluyente. Y nos lleva a preguntarnos ¿cómo escribir nuevas narrativas de la dominación en Colombia incluyendo en ellas a las clases medias, pero visibilizando su heterogeneidad social interna?

RLP: Los análisis recientes han hecho un trabajo monumental al hacer visibles las clases medias en las historias de América Latina. Nuestro trabajo hace parte de ese esfuerzo. Pero creo que ahora corremos el riesgo de que nos aislemos de otras historiografías u otras problematizaciones históricas. La apuesta es dejar de pensar a las historias de las clases medias como un elemento decorativo en las múltiples luchas por el poder. Lo que he intentado mostrar con mi trabajo sobre las clases medias es precisamente conectarlas con las historias de las democracias. Para lograr esto, debemos historiar cómo una sociedad de tres clases sociales —en donde las clases medias desempeñan un papel importante— también ha consolidado unas formas de dominación de clase, género y raza que en muchos casos pasa como la manera adecuada de vivir en democracia —el sentido común de una versión dominante de democracia. Esto es una invitación a cuestionar las múltiples tecnologías de la dominación y sus diferentes formas de violencia. Es un modo de pensar las disimiles formas de clasismo y explotación de acuerdo con cada clase social, las múltiples formas de clasismo compartidas entre clases sociales, las variadas formas de racismo que se practican de acuerdo a los intereses e identidades de clase, así como las diversas formas racializadas de clasismo que, aunque con contenidos diferentes, se comparten en la sociedad. Las múltiples formas de jerarquías de género presentes como realidades de clase, pero que también son hegemónicas en todas ellas. Es un esfuerzo por preguntarnos cómo funcionan —y se legitiman— las heterogéneas y abigarradas hegemonías de dominación con sus prácticas clasistas y racistas, un sinnúmero de jerarquías de género y muchas formas de resistencia a esas formas de jerarquización social. Son varias las hegemonías de dominación que se entrelazan entre sí, pero sobre todo compiten por la supremacía en la definición de lo que se considera vivir de manera apropiada en sistemas de dominación y explotación —vivir en democracia. Escribir las historias de estas hegemonías es un desafío, ya que a menudo solo se reconoce una forma absoluta de dominación —la que se considera grotesca y vulgar—, aquella que acontece en un binomio social —entre pueblo y oligarquías, élites y subalternos, los de arriba y los de abajo (Britto y López-Pedreros Reference López-Pedreros2024). Aquellas formas que se encuentran fuera de esta categoría pareciera que no se pueden cuestionar, pues nos enfrascamos en una discusión sobre qué tipo de dominación es la que se necesita. Y es aquí donde ubico el estudio de la formación histórica de las clases medias. Este esfuerzo busca criticar las democracias (neo)liberales como formas o tecnologías de dominación particular que han logrado varias formas de legitimidad social y política, al punto que tales democracias liberales se nos presentan como la única opción de futuro, único horizonte político.

MVV: Pero aquí nos queda un punto flotando que propició todo este diálogo: ¿por qué el estudio de las clases medias produce cierto pudor —de clase, género y raza— entre algunos científicos sociales al punto que, al parecer, es preferible y prudente dejarlas como tema secundario en las historias de América Latina?

RLP: Siguiendo lo planteado anteriormente, ha existido todo un trabajo histórico e historiográfico para argumentar que las clases medias, políticamente hablando, son inexistentes. Me atrevería a decir que esto se ha traducido en un esfuerzo político considerable, desde la producción del conocimiento, para deslegitimar las clases medias como tema de estudio. Me parece importante proporcionar una genealogía de las clases medias como tema de investigación y producción de conocimiento, así sea de manera general. En los años sesenta, las teorías de la modernización promulgaban que, en comparación con Europa y Estados Unidos, las clases medias en América Latina no existían como realidad política. Era la ausencia de las clases medias lo que hacía de la región un lugar premoderno, antidemocrático y atrasado. En América Latina no había democracia, decían, porque esta región se caracterizaba por la existencia de dos clases sociales —oligarquías y pueblo— lo que la convertía en terreno de cultivo para la amenaza comunista. Lo interesante aquí es que muchos intelectuales en las Américas imaginaban a Estados Unidos y Europa con unas clases medias racialmente homogéneas, vistas como la manifestación de una armonía social y con un papel político que cuestionaba el papel de las élites. Y percibían aquellos lugares racialmente heterogéneos como incapaces de producir clases medias al estilo occidental, que a su vez se imaginaban blancas y/o racialmente homogéneas (Johnson Reference Johnson1958).

Para los años setenta vemos el surgimiento de la teoría de la dependencia, que planteaba que las condiciones de subdesarrollo no eran —como lo decían las teorías de la modernización— una realidad intrínseca a la región, sino más bien su papel dependiente de Europa y los Estados Unidos. Aquí hay dos argumentos para resaltar. Primero, la teoría de la dependencia, al igual que las teorías de la modernización, asignaban una existencia de clases medias en la región, pues ellas eran solo una realidad del mundo independiente, moderno y democrático, es decir Europa y Estados Unidos. La falta de unas verdaderas clases medias hacían de América Latina una región dependiente. Segundo, se planteaba la idea de una falsa conciencia o la falta de una vocación hegemónica de estas clases medias. Los elementos de raza reaparecen implícitamente al imaginar estas clases medias como una condición europea que falla en las condiciones latinoamericanas, pues no crea un proyecto que desafíe un nacionalismo oligárquico, y más bien lo reproducían (Nun Reference Nun1968; León de Leal Reference León de Leal1971; O’Donnell Reference O’Donnell1973; García Reference García1967; Cardoso y Faletto Reference Cardoso and Faletto1983).

Ya para los años ochenta, en un contexto de desencanto político con el socialismo real, vemos un cambio en las preguntas historiográficas para pensar a los grupos subalternos. Vemos la explosión de las historias sociales desde abajo y el surgimiento de teorías poscoloniales. Las clases medias como tema de trabajo empiezan a desaparecer de la discusión de las ciencias sociales, pues estudiarlas significaba “pecar” en contra del catequismo historiográfico por voces excluidas de las narrativas tradicionales y las historias oficiales. El sujeto de cambio social ya no se asociaba exclusivamente con el proletariado, pero aún se imaginaba como subalterno que ya no estaba definido únicamente por las realidades de clase. Sin embargo, este nuevo sujeto subalterno no incluía explícitamente a las clases medias o, en caso de hacerlo, las diluía dentro de la categoría de lo popular en el marco de una lucha por la hegemonía política y democrática (Laclau y Mouffe Reference Laclau and Mouffe1985).

Recientemente encontramos algunas versiones de las teorías decoloniales que movilizan algunos de los argumentos que acabo de describir. Las clases medias son una realidad social y política del norte global —Estados Unidos y Europa. Desde esta perspectiva, las clases medias reproducen la matriz colonial del poder, pues esta es una realidad de las élites oligárquicas en América Latina. Sin embargo, dado que estas clases medias se conciben como reproducciones del norte global, tienden a imaginarse a sí mismas como blancas, lo que a su vez refuerza la percepción de la inexistencia de clases medias indígenas o negras. Pensamos que la clase media, como idea o como práctica, es una imposición eurocéntrica. Y cuando vemos alguna manifestación de una realidad que podría calificarse como clase media, se lee como una versión tardía de una falsa conciencia que reproduce la toda poderosa matriz colonial de poder en oposición a lo que se percibe como una autenticidad latinoamericana. Recordemos lo que decía Aníbal (Quijano Reference Quijano2024) en los años noventa: que la clase, como categoría de análisis, era eurocéntrica y por lo tanto no recogía las realidades de América Latina. La tarea no es rehabilitar la noción de clase, sino pensar desde qué posición de clase social se puede afirmar que la clase no importa y cómo tal reclamo se vincula con ciertas ideas de género y raza. Walter Mignolo, el considerado representante de las teorías decoloniales en el norte global, concluye que las clases medias en América Latina viven en un “universo paralelo de significación” que no es necesariamente latinoamericano (Mignolo Reference Mignolo2021, 554).

Todos estos análisis, a pesar de estar en orillas distantes en la explicación de lo que es la región, contribuyen a la idea de que las clases medias en América Latina son una imposibilidad histórica. Y termino con dos preguntas: ¿desde qué posicionamiento de poder —de clase, género y raza— estos científicos sociales han argumentado que las clases medias no existen en América Latina? ¿Y quién se beneficia en la construcción de estos relatos fundacionales?

MVV: Aquí, Ricardo, es donde cabe precisar que el estudio sobre la formación de las clases medias negras en Colombia se enmarca en fenómenos históricos de larga data que han construido la idea de “lo negro” desde un espacio colonizado homogéneo. En sintonía con la genealogía aquí planteada, resulta fundamental reflexionar sobre las clases medias atendiendo a la relación entre enclasamiento, racialización y mestizaje, una tríada que desafía el discurso hegemónico que vincula automáticamente la pertenencia a la clase media con procesos de blanqueamiento. Esta perspectiva invita a comprender la dominación como el resultado de múltiples interacciones e intersecciones entre diversos ejes de desigualdad —como el género, la clase, la raza y la edad— que no solo estructuran las dinámicas sociales cotidianas, sino que también están profundamente incrustadas en los cimientos históricos y simbólicos de las sociedades latinoamericanas.

En el contexto colombiano, las clases medias han evolucionado dentro de un marco de jerarquización social que perpetúa las formas de dominación capitalista. En este sentido, surge la pregunta: ¿qué implica estudiar las clases medias latinoamericanas en la era del neoliberalismo multicultural? ¿Qué aportes ofrecen estos estudios al debate más amplio sobre las clases medias? Mi indagación histórica se extiende desde la década del treinta hasta la primera década del siglo XXI, explorando la experiencia concreta de ser una persona negra en Colombia, que accede a la educación universitaria y empieza a desarrollar su vida en ámbitos sociales que previamente le eran ajenos para cuestionar la aparente inmovilidad social de este grupo, a menudo encasillado dentro de las clases más pobres. Esta aproximación desafía los esencialismos de clase, etnicidad y raza, promoviendo una comprensión más compleja y matizada de las dinámicas sociales en América Latina.

Temas de investigación

RLP: Mara, ¿por qué no concluimos, mencionando algunas líneas de investigación que prolonguen esta reflexión?

MVV: 1) Considero que una de ellas es el papel que pueden desempeñar las clases medias en estos momentos de crisis, en los que se pone en cuestión un modelo de democracia que tradicionalmente ha contado con su respaldo. En particular, me pregunto qué posición y qué función pueden asumir, dentro de las clases medias, las mujeres, las disidencias sexuales y las poblaciones afrodescendientes e indígenas en estas coyunturas críticas. Todo esto, por supuesto, porque no podemos perder de vista que estas categorías —clase, género, raza y sexualidad— no son compartimentos estancos, sino que se solapan y se entrecruzan. ¿Pueden estos grupos articular un proyecto político tendiente a superar la crisis mediante la formación de coaliciones entre ellos en torno a demandas que busquen profundizar la democracia? A mi modo de ver, este proyecto político, orientado a combatir la desigualdad social sin fragmentarla, sino abordándola de manera caleidoscópica, podría alimentar la esperanza de construir la democracia que realmente necesitamos. Asimismo, podría fortalecer las bases para la realización de un buen vivir para todes, alejándose del enfoque individualista que ha caracterizado hasta ahora los procesos de movilidad social de las clases medias urbanas blancas y mestizas, que han estado más comprometidas históricamente con el proyecto de la modernidad.

2) Prolongando el punto anterior, otro aspecto clave es el papel de las nuevas clases medias en la coyuntura política colombiana y latinoamericana. Estas clases se encuentran en una encrucijada, desafiadas por el impulso de políticas progresistas que buscan transformar las relaciones de poder, el descontento ante la persistencia de desigualdades estructurales y el auge de gobiernos de derecha que capitalizan ese malestar. Los ajustes económicos, los recortes y la ofensiva contra derechos sociales y sexuales golpean directamente a amplios sectores medios, mientras discursos como el de Javier Milei, centrados en la “libertad individual”, o el de Nayib Bukele, basado en el “orden y la seguridad”, interpelan a algunos jóvenes de clase media —incluyendo los de sectores racializados y feminizados— que ven en ellos promesas de movilidad y estabilidad en medio de la incertidumbre. A la vez, la creciente presencia de sectores que se reconocen como indígenas y afrodescendientes dentro de las clases medias está transformando su identidad histórica. Paralelamente, nuevos actores políticos —jóvenes, mujeres, movimientos estudiantiles, feministas, ambientalistas y organizaciones de disidencias sexuales— aportan a las agendas de las clases medias progresistas perspectivas antipatriarcales, antirracistas, territoriales y antiextractivistas. Así, al interior de estas clases emergen también resistencias que, al visibilizar las intersecciones entre género, raza y clase, buscan articular respuestas colectivas que desborden el binarismo Estado/mercado. En este marco, ¿qué lugar ocupan las clases medias no blancas en las movilizaciones sociales recientes y cómo pueden incidir en la construcción de nuevas agendas políticas capaces de articular demandas de justicia social, racial, de género y ambiental?

3) El tercer tema puntualiza aún más el segundo y se refiere al papel que pueden desempeñar las clases medias racializadas en momentos políticos en los que gobiernos progresistas llegan al poder, especialmente en la construcción de un nosotros plural que amplíe y redefina tanto la ciudadanía como el sentido de pertenencia política. Estas clases medias racializadas —integradas por personas indígenas, afrodescendientes y de otros grupos históricamente marginados— que se reconocen como tales, ocupan una posición ambigua y estratégica en el complejo entramado social y político de los países latinoamericanos. Su ubicación intermedia, al mismo tiempo cercanas a las demandas de los movimientos sociales y con acceso a ciertos espacios institucionales, les ha permitido ser reconocidas como interlocutoras de los gobiernos progresistas. En algunos casos, incluso las ha llevado a ocupar cargos públicos relevantes, como ha ocurrido en Bolivia y Colombia. Esta nueva posición les ha permitido acceder a ciertos recursos materiales y a un reconocimiento social y político que antes les era negado. Sin embargo, esto no ha eliminado las formas de racialización y las exclusiones de las que han sido objeto, limitando su participación plena y efectiva en el debate político, así como su capacidad de proponer —y mucho menos de ejecutar— transformaciones de fondo. Esta doble condición —entre el reconocimiento y la exclusión— convierte a las clases medias racializadas en actores clave para posicionar la urgencia de un nuevo contrato social, sexual y racial que articule demandas de redistribución económica con exigencias de reconocimiento cultural y político. Su presencia y participación en estos gobiernos interpela las jerarquías de clase, raza y género que estructuran nuestras sociedades. Su potencial transformador radica en la posibilidad de potenciar una identidad colectiva basada en las experiencias compartidas de exclusión, y de traducir esa identidad en una conciencia política que impulse agendas de cambio. Sin embargo, este potencial no está exento de tensiones y riesgos. La creciente visibilidad de personas racializadas en espacios de poder no garantiza, por sí sola, una transformación estructural y sistémica. En muchos casos, esa incorporación ocurre bajo condiciones que reproducen el orden neoliberal, donde quienes logran ascender son presentados como figuras excepcionales, casos individuales de éxito, en lugar de ser reconocidos como representantes de procesos colectivos de transformación social. Cuando lo son, se ha intentado constantemente torpedear sus esfuerzos, deslegitimando sus posibilidades de gobernar mediante actos y comentarios racistas y sexistas que socavan sus opciones de llevar a cabo con éxito las tareas que se han propuesto.Footnote 5 Esto nos lleva a preguntarnos: ¿cómo lograr que la diversidad racial, étnica y de género sea un principio constitutivo de la democracia y no solo un recurso simbólico? ¿Cómo evitar que su participación termine reproduciendo las mismas dinámicas de exclusión que buscan transformar? ¿Qué condiciones son necesarias para que puedan consolidarse como sujetos políticos colectivos? Estas preguntas son fundamentales para repensar el papel de las clases medias racializadas en la disputa por el sentido y el futuro de la democracia en América Latina. Y aquí hay un riesgo latente: que el nosotros que se reeditó en las urnas con el proyecto de Gustavo Petro y Francia Márquez —como apuesta por transformar problemas estructurales— pueda diluirse o incluso retroceder. Pero también existe la posibilidad contraria: que ese nosotros se radicalice y amplíe, como quisiéramos pensar, impulsado por el deseo colectivo de un cambio más profundo.

RLP: 1) En un contexto donde las discusiones políticas sobre el conflicto armado —o el llamado posconflicto— en Colombia, y sobre lo que significa vivir en una sociedad pacífica, se asocian con la posibilidad de lograr una gran clase media, me resulta crucial preguntar: ¿cuál ha sido el papel histórico, político, económico y social, de las clases medias, como clase social, en el conflicto armado colombiano? Deberíamos reflexionar sobre cómo diversos sectores de clase media, en su heterogeneidad racial y de género, lejos de ser actores pasivos o aislados en la historia de las relaciones de poder, han jugado un papel fundamental en la producción de —y en resistencia a— las mismas jerarquías que legitiman múltiples formas de violencia infligidas a los grupos subalternos del campo y la ciudad, considerados como lo opuesto a una verdadera democracia universal y, por lo tanto, excluibles de ella. En este sentido creo que es necesario expandir el estudio de las relaciones entre élites y clases medias y no asumir que estas últimas son simplemente una caja de resonancia de unas élites todopoderosas. Tenemos mucho para pensar en qué medida las clases medias han producido, beneficiado y/o rechazado diferentes regímenes de dominación y explotación que han producido el conflicto político en Colombia.

2) La academia nos ha enseñado a pensar religiosamente en paradigmas y, cada vez con más intensidad, en la necesidad de llenar los nichos de un mercado historiográfico y así materializar una plusvalía cultural, subjetiva y económica. Es necesario historiar críticamente lo que uno podría llamar la economía de prestigio —políticas de asignación de becas, la posibilidad de encontrar trabajos en un mercado laboral cada vez más precario, la distinción de clase que asigna una institución universitaria para ser escuchado en el mercado de las ideas, el apoyo financiero para llevar a cabo una investigación—, que jerarquiza una distribución de los temas de investigación considerados importantes, secundarios, triviales, o irrelevantes. ¿Cuál es la relación histórica entre esta economía del prestigio y la formación de unas clases medias en América Latina? Y, ¿qué nos dice esta relación del papel de la academia en el arraigo social del neoliberalismo como fuente hegemónica de organización capitalista y proyecto de clase a nivel trasnacional?

3) Propongo, además, pensar la relación trabajo y clases medias. Como elaboramos anteriormente, uno de los elementos que ha logrado la hegemonía neoliberal es afirmar que ahora todos somos emprendedores, que hemos superado lo que se considera una amenaza social —la lucha de clases, la ideología de género y los programas de diversidad. Todo está marcado por la consolidación de un deseo por el consumo como manifestación de la felicidad, una realidad supuestamente posideológica. En el lenguaje neoliberal, se parte de la idea de que las clases obreras trabajan —pues son vistas como una fuente arcaica de realidades del siglo XX— y que las clases medias consumen, pues son la fuente del presente y el futuro de la democracia. La visión de liberación social y democratización política es abandonar una sociedad de clases obreras/trabajadoras para lograr una caracterizada por clases medias consumidoras. Me parece que es importante mirar la relación trabajo-clases medias para pensar las nuevas formas de explotación y lo que significa vivir en democracias. No puedo dejar de pensar en Baruch Spinoza cuando se preguntaba: ¿por qué la gente lucha para ser explotada como si fuera su proceso de liberación? ¿Cuál es la conexión entre trabajo como explotación laboral y percepciones de liberación? La idea del trabajo como emprendimiento personal naturaliza esa explotación al presentarla como una vía hacia la liberación. Hoy trabajamos más para alcanzar una libertad encarnada en la figura del individuo autónomo que, al ascender a la clase media, se imagina fuera de las coordenadas de raza, género y clase. Un sujeto supuestamente neutral, parte de una sociedad cohesionada, un emprendedor que trasciende el papel de trabajador en el marco de unas llamadas “verdaderas democracias”. En lugar de cuestionar las estructuras que sostienen la desigualdad, la lógica del capital humano nos invita a interiorizarlas y reproducirlas. Al asumirnos como pequeñas empresas de nosotros mismos, la promesa de ascenso social se vuelve una trampa: trabajamos más, nos endeudamos más y nos alejamos cada vez más de la posibilidad de una vida digna compartida. Esta visión de la clase media, que presenta la explotación como libertad, ha sido clave en la normalización de formas autoritarias de gobierno en América Latina, donde la democracia se vacía de contenido emancipador y se convierte en vehículo de dominación. ¿Cómo se ha hegemonizado esta visión de sociedad? En un contexto de liberización y autoritarismo, lo que uno puede ver es que la conexión entre emprendimiento, seguridad y libertad financiera adquiere legitimidad social y política a través de la posibilidad de lograr un estatus de clase media. De nuevo, una clase media naturaliza una democracia como la dictadura —o el autoritarismo— del capital.

Y en coautoría podemos decir que lo que tú y yo proponemos es desnaturalizar la figura de la clase media como único horizonte deseable, y desarmar los supuestos que sostienen la idea de que invertir en uno mismo —a costa de todo— es el camino hacia la libertad. Cuestionar esta racionalidad es también abrir la posibilidad de imaginar otras formas de democracia: una democracia radicalmente diferente, basada no en la competencia individual, sino en la interdependencia, la justicia social y la transformación colectiva.

Conclusión conjunta

En esta conversación hemos querido reivindicar la duda como una metodología legítima de producción de conocimiento. Sostenemos que los cuestionamientos, las discrepancias, los desacuerdos, la oralidad que ha acompañado la escritura de este artículo y la cercanía entre interlocutores en un plano de horizontalidad son parte fundamental de cómo se puede construir conocimiento. Tal vez hoy, más que nunca, sea necesario movilizar metodologías que sepan preguntar, que abracen la duda y que interpelen la obsesión —ahora reforzada por el auge de la inteligencia artificial— por respuestas inmediatas, definitivas e incuestionables. Escribimos en un contexto político en el que un enfoque interseccional para el estudio del poder es rechazado, desde el statu quo, por considerarse una metodología peligrosa por ser fragmentadora y centrarse en la política de las identidades. Al mismo tiempo, este enfoque ha sido marginado por ciertas perspectivas críticas que lo ven como cooptado por el sistema y, por tanto, políticamente estéril y en respuesta promueven, una vez más, un universalismo abstracto y ahistórico (Neiman Reference Neiman2023). Apostamos a materializar una aproximación interseccional que logre lo que Elsa Dorlin denomina una “fenomenología de la dominación” (Dorlin Reference Dorlin2021). Una perspectiva que no jerarquice las múltiples formas de explotación, sino que permita comprender tanto su mutua imbricación y su consubstancialidad como su arraigo histórico y social (Viveros Vigoya Reference Viveros Vigoya2023; Viveros Vigoya en preparación; López-Pedreros Reference López-Pedreros2022). Es en este esfuerzo donde invitamos a quien lee a conectar el análisis de las formas de dominación con el estudio histórico y antropológico de la formación de las clases medias en América Latina, y en particular en Colombia.

Este diálogo ha buscado desnaturalizar el vínculo que suele asumirse entre las clases medias y nociones como democracia, modernidad, igualdad, inclusión y paz. Al iniciar esta reflexión, nos referimos a una frustración compartida al presentar nuestros respectivos trabajos de investigación: las discusiones que surgían no se centraban tanto en nuestros argumentos como en la supuesta falta de importancia del tema. Nuestro malestar surgía porque se buscaba desestimar el objeto mismo de nuestras investigaciones. Esto nos llevó a preguntarnos en voz alta: ¿por qué y para qué estudiar las clases medias en América Latina? A medida que avanzaba nuestra conversación, emergió otra pregunta no menos inquietante: ¿por qué el estudio de las clases medias provoca cierto pudor —de clase, género y raza— entre algunos científicos sociales, al punto de que parece más prudente dejarlas como tema marginal en las historias de América Latina?

A partir del trabajo de escritura conjunta, las preguntas iniciales derivaron en una inquietud más amplia: ¿cómo se ha configurado históricamente la invisibilización de las clases medias como actores relevantes en el análisis del poder y la dominación, especialmente en América Latina? Lo que presentamos aquí es, sin duda, parte de un esfuerzo colectivo y parcial por desafiar las formas dominantes de entender a las clases medias. Queda mucho por hacer para construir narrativas que no solo las incorporen, sino que también den cuenta de su heterogeneidad interna, reconociendo sus complejidades y los múltiples factores que configuran sus vínculos con el poder y la explotación. Relatar esas historias abre la posibilidad de imaginar otras formas de relación social y de concebir la democracia desde claves distintas. Estamos convencidos que estas historias son cruciales para avanzar hacia una comprensión más crítica y transformadora de la sociedad colombiana y latinoamericana, entendiendo que las clases medias, juegan un papel fundamental en la redefinición de las luchas por la justicia social y por democracias más inclusivas en nuestra región.

Agradecimientos

Mara Viveros Vigoya agradece al Centre of Latin American Studies de la Universidad de Cambridge por la oportunidad y el tiempo brindados para la elaboración de este texto durante su estancia como Catedrática Simón Bolívar. Ricardo López Pedreros agradece a Leverhulme Trust y al Institute of the Americas, University College London por las discusiones que se dieron sobre las clases medias en América Latina.

Footnotes

Managing Editor: Carmen Martínez Novo

1 Utilizo el término negro como adjetivo y no como sustantivo, considerando que lo negro no existe en sí mismo, como una sustancia, sino como una cualidad relacional. Cuando hago referencia a lo negro o lo blanco como colectivos, utilizo las mayúsculas, y cuando deseo subrayar la distancia frente a este calificativo, las comillas.

2 El término afrodescendiente fue propuesto inicialmente por Sueli Carneiro en 1996, en el contexto de los debates del feminismo negro brasilero, y fue adoptado en el año 2001en el marco de la III Conferencia Mundial contra el Racismo, la Discriminación Racial, la Xenofobia y las Formas Conexas de Intolerancia, celebrada en Durban, Sudáfrica. Es una palabra con una connotación reivindicativa social, cultural y política, que busca generar cohesión y una identidad política común (Viveros Vigoya Reference Viveros Vigoya2021).

3 Movilizo el termino sudaka, siguiendo la banda musical Che Sudaka, para despojarlo de su connotación racista e impregnarlo de un significado donde sea posible pensar un mundo más allá de fronteras nacionales/imperiales/identitarias.

4 En Colombia Álvaro Uribe Vélez promueve las clases medias como ejemplo de la “cohesión social”.

5 La presión recibida por la vicepresidenta Francia Márquez para renunciar a su cargo como ministra de Igualdad y Equidad debe leerse como un acto que va más allá de un ataque personal. Subraya las profundas tensiones entre las promesas de transformación social de los gobiernos progresistas y la resistencia del orden político, económico y social que persiste en Colombia. Pero también pone de manifiesto los límites de los gobiernos progresistas y sus dificultades para implementar las medidas necesarias que permitan traducir en realidades sus proyectos de cambio social.

References

Referencias

Adamovsky, Ezequiel. 2009. Historia de la clase media Argentina: Apogeo y decadencia de una ilusión, 1919–2003. Planeta.Google Scholar
Adamovsky, Ezequiel. 2014. “‘Clase media’: Problemas de aplicabilidad historiográfica de una categoría”. En Clases medias: Nuevos enfoques desde la sociología, la historia y la antropología, editado por Ezequiel Adamovsky, Sergio Visacovsky y Patricia Vargas. Ariel.Google Scholar
Archila, Mauricio. 2003. Idas y venidas, vueltas y revueltas: Protestas sociales en Colombia, 1958–1990. Instituto Colombiano de Antropología e Historia.Google Scholar
Badiou, Alain. 2016. “Twenty-Four Notes in the Use of the Word ‘People’”. En What Is a People?, editado por Alain Badiou, Pierre Bourdieu, Judith Butler, Georges Didi-Huberman, Sadri Khiari y Jacques Rancière. Columbia University Press.Google Scholar
Barbosa Cruz, Mario. 2013. “Los empleados públicos, 1903–1931”. En Los trabajadores de la ciudad de México, 1860–1950. Textos en homenaje a Clara E. Lida, editado por Carlos Illades y Mario Barbosa Cruz. México: El Colegio de México-Universidad Autónoma-MetropolitanaGoogle Scholar
Barbosa Cruz, Mario, López-Pedreros, Ricardo y Stern, Claudia, eds. 2022. The Middle Classes in Latin America: Subjectivities, Practices, and Genealogies. Routledge.10.4324/9781003029311CrossRefGoogle Scholar
Barbosa Cruz, Mario, y Sánchez Parra, Cristina, eds. 2025. Inestables, virtuosas y aspiracionales: Clases medias en la Ciudad de México, 1850–1950. Universidad Autónoma Metropolitana.Google Scholar
Barr-Melej, Patrick. 2001. Reforming Chile: Culture, Politics, Nationalism and the Rise of the Middle Class. University of North Carolina Press.Google Scholar
Britto, Lina, y López-Pedreros, Ricardo. 2024. “Preface: Colombia Revisited”. En Histories of Perplexity: Colombia, 1970–2010s, editado por Lina Britto y Ricardo López-Pedreros. Routledge.Google Scholar
Carassai, Sebastián. 2014. The Argentine Silent Majority. Duke University Press.Google Scholar
Cardoso, Fernando, y Faletto, Enzo. 1983. Dependencia y desarrollo en América Latina: Ensayo de interpretación sociológica. México: Siglo Veintiuno Editores.Google Scholar
Casals Araya, Marcelo. 2023. Contrarrevolución, colaboracionismo y protesta: La clase media chilena y la dictadura militar. Fondo de Cultura Económica.Google Scholar
Castillo, Montañez, Camila, Laura. 2026. “Linda, eficiente y silenciosa: Historia y paradojas del oficio de secretaria en Bogotá, 1978–2000”. Tesis de maestría, Universidad del Rosario.Google Scholar
Ceron-Anaya, Hugo. 2019. Privilege at Play: Class, Race, Gender, and Golf in Mexico. Oxford University Press.10.1093/oso/9780190931605.001.0001CrossRefGoogle Scholar
Coles, Romand. 1997. Rethinking Generosity: Critical Theory and the Politics of Caritas. Cornell University Press.Google Scholar
Cosse, Isabella, ed. 2014a. “Clases medias, sociedad y política en la América Latina contemporánea”. Contemporánea, 5 (5): 13166.Google Scholar
Cosse, Isabella, ed. 2014b. Mafalda: Historia social y política. Fondo de Cultura Económica.Google Scholar
Deleuze, Gilles, y Parnet, Claire. 1987. Dialogues. Columbia University Press.Google Scholar
Dorlin, Elsa. 2020. Self-Defense: A Philosophy of Violence . Traducido por Kieran Aarons. Verso.Google Scholar
Dorlin, Elsa. 2021. “Beyond Intersectionality: For a Phenomenology of Domination”. Iride: Filosofia e Discussion Pubblica 34 (2): 679692.Google Scholar
Fanon, Frantz. 2009. Piel negra. Máscaras Blancas. Ediciones Akal.Google Scholar
Freeman, Carla. 2014. Entrepreneurial Selves: Neoliberal Respectability and the Making of a Caribbean Middle Class. Duke University Press.10.1215/9780822376002CrossRefGoogle Scholar
Fukuyama, Francis. 2012. “The Future of History: Can Liberal Democracy Survive the Decline of the Middle Class?”. Foreign Affairs. 91 (1): 5361.Google Scholar
Fuller, Norma. 1998. “Las clases medias en la teoría social”. En Las clases medias: Entre la pretensión y la incertidumbre, editado por Gonzalo Portocarrero. Sur-Oxfam.Google Scholar
Gago, Verónica. 2015. La razón neoliberal: Economías Barrocas y pragmática popular. Traficantes de Sueños.Google Scholar
García, Antonio. 1967. “Las clases medias y la frustración del Estado representativo en América Latina”. Cuadernos Americanos 1: 740.Google Scholar
García Quesada, George I. 2014. Formación de la clase media en Costa Rica: Economía, sociabilidades y discurso políticos (1890–1950). Arlekín.Google Scholar
Gilbert, Dennis L. 2007. Mexico’s Middle Class in the Neoliberal Era. University of Arizona Press.Google Scholar
Grandin, Greg. 2010. “Living in Revolutionary Time”. En A Century of Revolution: Insurgent and Counterinsurgent Violence During Latin America’s Cold War, editado por Greg Grandin y Gilbert Joseph. Duke University Press.10.2307/j.ctv1220mcjCrossRefGoogle Scholar
Grandin, Greg. 2022. Empire’s Workshop: Latin America, the United States, and the Rise of the New Imperialism. Metropolitan Books.Google Scholar
Guattari, Félix. 1996. Caosmosis. Manantial.Google Scholar
Guilluy, Christophe. 2018. No society: El fin de la clase media occidental. Taurus.Google Scholar
Jiménez, Michael. 1999. “The Elision of the Middle Classes and Beyond: History, Politics and Development Studies in Latin America’s ‘Short Twentieth Century’”. En Colonial Legacies: The Problem of Persistence in Latin American History, editado por Jeremy Adelman. Routledge.Google Scholar
Johnson, John J. 1958. Political Change in Latin America. Stanford University Press.Google Scholar
Junge, Benjamin, Mitchell, Sean, Klein, Charles y De Micheli, David. 2022. “What Happened to the ‘New Middle Class’? The 2016 BORP (Brazil’s Once-Rising Poor) Survey”. Latin American Research Review 57 (3): 573589. https://doi.org/10.1017/lar.2022.41.CrossRefGoogle Scholar
Klein, Naomi. 2010. The Shock Doctrine: The Rise of Disaster Capitalism. Henry Holt and Co.Google Scholar
Kooper, Moisés. 2022. Architectures of Hope: Infrastructural Citizenship and Class Mobility in Brazil’s Public Housing. University of Michigan Press.10.3998/mpub.12269561CrossRefGoogle Scholar
Laclau, Ernesto, y Mouffe, Chantal. 1985. Hegemony and Socialist Strategy: Towards a Radical Democratic Politics. Verso.Google Scholar
León de Leal, Magdalena. 1971. “Las clases medias y la dependencia externa en Colombia: Un esquema para su estudio”. Razón y Fábula 23: 5873.Google Scholar
López Pedreros, Ricardo. 2019. Makers of Democracy: A Transnational History of the Middle Classes in Colombia. Duke University Press.Google Scholar
López-Pedreros, Ricardo. 2022. La clase invisible: Género, clases medias y democracia en Bogotá. Universidad del Rosario/Editorial Crítica.Google Scholar
López-Pedreros, Ricardo. 2024. “For the First Time Ever”. En The Middle Classes in Latin America: Subjectivities, Practices, and Genealogies, editado por Mario Barbosa Cruz, Ricardo López-Pedreros y Claudia Stern. Routledge.Google Scholar
López-Pedreros, Ricardo, y Weinstein, Barbara, eds. 2012. The Making of the Middle Class: Toward a Transnational History. Duke University Press.10.1215/9780822394815CrossRefGoogle Scholar
Mignolo, Walter. 2021. The Politics of Decolonial Investigation. Duke University Press.Google Scholar
Neiman, Susan. 2023. Left Is Not Woke. Polity Press.Google Scholar
Nun, José. 1968. “A Latin American Phenomenon: The Middle-Class Military Coup”. En Latin American Reform or Revolution? A Reader, editado por James Petras and Maurice Zeitlin. Fawcett.Google Scholar
O’Donnell, Guillermo. 1973. Modernization and Bureaucratic-Authoritarianism. University of California Press.Google Scholar
O’Dougherty, Maureen. 2002. Consumption Intensified: The Politics of Middle-Class Daily Life in Brazil. Duke University Press.10.2307/j.ctv11hpnjkCrossRefGoogle Scholar
Olavarría, José, y Valdés, Teresa. Editores. 1997. Masculinidad/es: Poder y crisis. Isis Internacional.Google Scholar
Owensby, Brian. 1999. Intimate Ironies Modernity and the Making of Middle-Class Lives in Brazil. Stanford University Press.Google Scholar
Parker, David. 1998. The Idea of the Middle Class: White-Collar Workers and Peruvian Society, 1900–1950. Penn State University.Google Scholar
Parker, David, y Walker, Louise E., eds. 2013. Latin America’s Middle Class: Unsettled Debates and New Histories. Lexington Books.Google Scholar
Piketty, Thomas. 2017. Capital in the Twenty-First Century. Belknap Press.Google Scholar
Porter, Susie. 2018. From Angel to Office Worker: Middle-Class Identity and Female Consciousness in Mexico, 1890–1950. University of Nebraska Press.10.2307/j.ctvgd1v7CrossRefGoogle Scholar
Queirolo, Graciela. 2018. Mujeres en las oficinas: Trabajo, género y clase en el sector administrativo, Buenos Aires, 1910–1950. Biblos.Google Scholar
Quijano, Aníbal. 2024. Aníbal Quijano: Foundational Essays on the Coloniality of Power, editado por Walter Mignolo, Rita Laura Segato y Catherine E. Walsh. Duke University Press.10.1215/9781478059356CrossRefGoogle Scholar
Rindermann, Heiner. 2018. Cognitive Capitalism: Human Capital and the Wellbeing of Nations. Cambridge University Press.10.1017/9781107279339CrossRefGoogle Scholar
Rivera Cusicanqui, Silvia. 2018. Un mundo Chi’xi es possible: Ensayos desde un presente en crisis. Tinta Limón.Google Scholar
Sánchez, Sandra. 2024. The Battles for Belonging: Women Journalists, Political Culture, and the Paradoxes of Inclusion in Colombia, 1943–1970. Lexington Books.10.5040/9798216431862CrossRefGoogle Scholar
Sánchez Parra, Cristina. 2024. Novedad y tradición: Las tiendas por departamentos en la Ciudad de México y su influencia en la cultura del consumo, 1891–1915. UNAM.Google Scholar
Scott, David. 2017. Stuart Hall’s Voice: Intimations of an Ethics of Receptive Generosity. Duke University Press.Google Scholar
Shakow, Miriam. 2014. Along the Bolivian Highway: Social Mobility and Political Culture in a New Middle Class. University of Pennsylvania Press.10.9783/9780812209822CrossRefGoogle Scholar
Shakow, Miriam. 2022. “Equality or Hierarchy? Solidarity with Those Above or Below? Dilemmas of Gendered Self-Identification in a New Bolivian Middle Class”. En The Middle Classes in Latin America: Subjectivities, Practices, and Genealogies, editado por Mario Barbosa Cruz, Ricardo López-Pedreros y Claudia Stern. Routledge.Google Scholar
Stern, Claudia. 2021. Entre el cielo y el suelo: Las identidades elásticas de las clases medias (Santiago de Chile, 1932–1962). RiL editores.Google Scholar
Stern, Claudia. 2024. Cartas para Pepo: Intimidad, género y clase (Chile, siglo XX): Emociones y espacio en la vida del dibujante René Río Boettiger. Editorial Universidad del Rosario.Google Scholar
Stillerman, Joel. 2023. Identity Investments: Middle-Class Responses to Precarious Privilege in Neoliberal Chile. Stanford University Press.10.1515/9781503634411CrossRefGoogle Scholar
Tinsman, Heidi. 2014. Buying into the Regime: Grapes and Consumption in Cold War Chile and the United States. Duke University Press.10.2307/j.ctv125jn0rCrossRefGoogle Scholar
Vega Cantor, Renán. 2010. Los economistas neoliberales: Nuevos criminales de guerra; el genocidio económico y social del capitalismo contemporáneo. CEPA.Google Scholar
Visacovsky, Sergio, y Garguin, Enrique. Editores. 2014. Moralidades, economías e identidades de clase media. Antropofagia.Google Scholar
Viveros Vigoya, Mara. 2002. De quebradores y cumplidores: Sobre hombres, masculinidades y relaciones de Género en Colombia. CES, Universidad Nacional de Colombia.Google Scholar
Viveros Vigoya, Mara. 2021. El oxímoron de las clases medias negras: Movilidad social e interseccionalidad en Colombia. Editorial Universidad de Guadalajara.10.32870/9786075712772CrossRefGoogle Scholar
Viveros Vigoya, Mara Viveros. 2023. Interseccionalidad: Giro decolonial y comunitario. CLACSO y TNI Transnational Institute.Google Scholar
Viveros Vigoya, Mara, 2024. Breaking the Boundaries of the Colombian Socio-Racial Order: Black Middle Classes Through an Intersectional Lens. Lexington Books.Google Scholar
Viveros Vigoya, Mara. En preparación. “Masculinidad, blanquitud y autoritarismo”.Google Scholar
Viveros Vigoya, Mara, Olavarría, José y Fuller, Norma. 2001. Hombres e identidades de género: Investigaciones desde América Latina. Universidad Nacional de Colombia.Google Scholar
Walker, Louise. 2013. Waking from the Dream: Mexico’s Middle Classes after 1968. Stanford University Press.Google Scholar
Yeh, Rihan. 2012. “Middle-Class Public at the Mexico’s Northern Border”. En The Global Middle Classes: Theorizing Through Ethnography, editado por Rachel Heiman, Carla Freeman y Mark Liechty. SAR Press.Google Scholar